OJOS QUE NO VEN (98)
El dios bíblico (2)
Resulta incomprensible que desde los más primitivos cristianos (exceptuando a Marción y a los gnósticos del siglo II) se haya aceptado sin más contrariedad la tesis del origen sagrado de la Biblia, pozo de sabiduría y bondad en unos casos, pero también sentina de maldad en otros. Es evidente que, en nuestros días, la infalibilidad y aun la historicidad de la Sagrada Escritura se ha derrumbado ante la verdad de tantos descubrimientos históricos y científicos que la desmienten. No es posible ya aceptar, si no es por la fe irracional, la condición de ‘palabra de Dios' con que se ha pretendido sacralizar popularmente un libro tan lleno de errores, falsedades, interpolaciones y desviaciones morales. Mayor asombro causa que tal aceptación la hayan mantenido, sin separar el grano de la paja, sabios teólogos y analistas de las tres religiones que aceptan la Biblia como fundamento de su religiosidad, sin mayor escrúpulo de conciencia. ¿Tal ceguera produce la fe, cualquiera que esta sea? ¿No habrá demanda posible contra el asesinato impune de la razón?
Basándome en mi propia experiencia religiosa, quiero levantar mi voz para denunciar el engaño y proclamar, con citas del Antiguo Testamento, que hay ‘otra' Biblia, no predicable, que también es considerada ‘palabra de Dios'. Ejemplos de inmoralidad incompatibles con la presumible santidad del Ser Supremo adorado por los creyentes. No soy el primero que lo hace, ni seré el último en sumarme a la minoría que, sin dejarse embaucar por seductoras y mentirosas palabras de consuelo, persigue con denuedo la verdad como supremo fin de los seres racionales. Por los datos existentes, y los estudios de los más imparciales, se pueden sacar unas conclusiones totalmente opuestas a las habitualmente aceptadas. Comenzando por el inicial paganismo del pueblo de Israel, ‘contaminado' por las idolátricas creencias de sus vecinos, en especial del pueblo egipcio (Richard.Ambelain, Los secretos de Israel, Martínez Roca, 1996).
Pero habrá que profundizar un poco más en el horror que destilan las páginas ‘históricas' de lectura obligada para el supuesto ‘pueblo elegido'. Entre otras muchas páginas ‘virtuales' de Internet que tratan el tema bíblico, resulta de especial interés, por la racionalidad valiente de su autor, la encabezada como elhorror.net, "site antibíblico de MiltonAsh", que trata a la Biblia como "el libro más espantoso jamás escrito, el gran fraude, engaño y mentira de Occidente". No es posible quedar indiferente a su lectura. Se cuentan por millares los comentaristas adversos a estos imaginados ‘libros sagrados', por lo que resulta imposible siquiera un resumen. Pero diré algo de lo que pienso y siento personalmente del contenido bíblico, tan leído (mal leído) y venerado (mal venerado) durante treinta siglos por los creyentes judíos, cristianos y musulmanes.
Al analizar la Biblia llegamos a la conclusión primera de que los personajes más representativos del Antiguo Testamento son grandes pecadores. He aquí algunos ejemplos: Adán, el padre del género humano según el relato bíblico, fue expulsado del paraíso por desobediencia y soberbia (Ge 3:23). Caín, su hijo, fue un cobarde fratricida (Ge 4:8). Abraham mintió al faraón y le entregó a su esposa Sarai, para recibir a cambio grandes mercedes (Ge 12:15-16) y poco después copuló con su sierva egipcia Agar, que parió a Ismael, despojado de su primogenitura por ser hijo de una esclava (Ge 16). Lot, el sobrino de Abraham, cometió incesto con sus dos hijas (Ge 19:30-38). Moisés, que liberó al pueblo hebreo de la esclavitud, asesinó a un egipcio y huyó de la justicia durante cuarenta años (Ex 2:11-15). Saúl, el primer rey de Israel, se suicidó con su propia espada (1 Sam 31:4-6). Su sucesor, el rey David, el héroe más admirado de la tradición judía, cabeza del linaje mesiánico, compró como esposa a Micol, hija de Saúl, por el precio de cien prepucios de filisteos (1 Sam 18:25-28) y ordenó asesinar a Urías para cometer adulterio con Betsabé, madre de Salomón (2 Sam 11:24-27). Amnón, hijo primogénito de David, cometió incesto con su hermana Tamar (2 Sam 13:1-22) y fue asesinado por su hermanastro Absalón (2 Sam 13:28-29). El rey Salomón, esposo de una princesa egipcia, que reinó sobre Israel durante cuarenta años (970-930 a.C.), fue un monarca iracundo, que ordenó la muerte de su hermanastro Adonías, y lujurioso, con más de mil mujeres en su harén, que le indujeron a la idolatría (1 Re 11:1-13). Los reyes Manasés y Amón fueron impíos, que dieron culto a la ‘consorte de Yahvéh' la diosa Aserá (Ex 18). El profeta Elías, preferido de Yahvéh, hizo degollar a casi medio millar de seguidores del dios Baal (1 Re 18:40). Por la maldición de otro profeta, Eliseo, dos osas descuartizaron a cuarenta y dos jóvenes que se habían burlado de su calvicie (2 Re 2:23-25). Para que no falte la casta sacerdotal, traeré finalmente el ejemplo del sacerdote Matatías, que degolló a un oficial extranjero en el mismo altar del sacrificio (1 Mac 2:24).
Como las citadas, casi todas las páginas del Antiguo Testamento están teñidas de maldad y de sangre. Y no es de extrañar, tratándose de la historia de un pueblo que, desde la esclavitud de Egipto, hubo de irse abriendo camino hacia la libertad y la independencia política en un mundo hostil, contra todo tipo de adversidades y enemigos: cananeos, filisteos, moabitas, hititas, amorreos, asirios, jebuseos y demás pueblos belicosos del Oriente medio. Estas circunstancias, unidas a la condición humana de los personajes, podrían hacernos disimular acciones depravadas que son compañía inseparable del asentamiento geográfico por la fuerza de la guerra. Pero es que la tan divinizada Biblia no es sólo la narración histórica de un pueblo nómada que compite con otros por la hegemonía y posesión de un territorio. Es algo más, completamente singular: la historia novelada de una colectividad que, para conseguir la unidad de tribus y caudillajes diversos, acude a la religión ‘inventando' un único Dios antropomorfo de su exclusiva propiedad, que, sin nada que lo justifique, y con su propia voz, sella un pacto de filiación con este pueblo de esclavos hebreos, al que se dirige como su ‘pueblo elegido'. Así, como enseña la historia, lo que al comienzo fue un grupo de mercenarios, alquilados al mejor postor en las fértiles tierras de Mesopotamia, y después unos hombres vencidos y tratados como esclavos por el faraón egipcio, llegaron a constituir, al cabo de algo más de un milenio, un pueblo cohesionado, servidor de un Dios único, Yahvéh, tan innombrable como inexistente, ‘imaginado' y forjado, con todos sus atributos, más humanos que divinos, por los sucesivos redactores de la Biblia.
Porque estos dirigentes hebreos tuvieron el acierto, más que ningún otro pueblo, de dejar constancia por escrito de todo lo realizado a través de los siglos para conseguir la unidad del culto y el sentimiento patriótico de ‘pueblo elegido' por Yahvéh. Este ‘supuesto' Dios les dio normas de vida, estableció una casta sacerdotal, la tribu de Leví, para que perpetuamente le sirviera en los actos del culto y fue renovando el ‘pacto' de protección, pese a las continuas infidelidades de los volubles israelitas. Prometió a Noé que no volvería a destruir el mundo con un nuevo diluvio (Ge 9:8-17). Bendijo al patriarca Abraham y a su posteridad (Ge 15:4-6). En el monte Sinaí, según un texto, y en el monte Horeb, según otro, entregó a Moisés las Tablas de la Ley, con diez mandamientos (Ex 20:2-17 y De 5:6-21). Aseguró a los hijos de Israel su bendición si observaban sus mandamientos (De 14:13,23). Al rey David le prometió un trono eterno (Sal 89:20-30). Para mantener el privilegio de ‘pueblo elegido', los israelitas debían vivir sin mezclarse con los demás pueblos, a fin de evitar la contaminación de la idolatría, el más grave pecado a los ojos de Yahvéh (Le 20:23) y las costumbres inmorales, que se presentan siempre como inseparables del culto a otra divinidad (Jos 23:7,12 y 1 Re.11:2). Pese a las transgresiones, Yahvéh se congratulaba de poder contar en la Tierra con un ‘pueblo santo' que le rindiera adoración (De 4:34 y 14:2).
Transmitidas estas ideas de padres a hijos, generación tras generación, a la vez que iban aumentando los ‘libros sagrados', iba progresando el sentimiento de pueblo ‘aparte', con un grado notable de xenofobia, robustecido cuando las victorias fueron sustituidas por las derrotas y la independencia por el sometimiento a la tiranía de otros pueblos. Fue entonces cuando los profetas anunciaron la aparición futura de un Mesías que, como rey de Israel, les devolvería la perdida grandeza de la monarquía davídica. Como garante de tal promesa, la ‘Palabra de Dios', siempre dispuesta, en boca de los profetas, a alimentar la esperanza en la restauración del Reino. Eso sí, a cambio de la fidelidad más absoluta a los mandatos divinos, es decir, a la casta sacerdotal que los inventó. Lo que no tuvieron estos ‘inventores' fue la originalidad necesaria para ‘fabricar' un dios nuevo, distinto de los múltiples que adoraban sus vecinos idólatras. Un verdadero Ser Supremo, con los atributos de Infinitud, Eternidad y Omnipotencia que se pueden derivar fácilmente de su condición de Autor de todo lo creado, sin posibilidad, no sólo de hacer el Mal, sino de permitirlo, con una moral hecha a imagen y semejanza de sus mezquinas criaturas. A decir verdad, para el lector del Antiguo Testamento, la figura antropomórfica de Yahvéh no se diferencia gran cosa ni de los dioses ni de los soberanos mortales de su entorno. Es una creación ingenuamente humana, puesta al servicio de un fin utilitario, como es la unidad nacional, por medios inconfesables y dictatoriales. Al fin y al cabo, muchos reyes y ejércitos han manipulado también el nombre de Dios para justificar los baños de sangre. Con un Dios único por bandera y el fanatismo creyente como arma de combate, el pueblo judío se asentó en Canáan, aborreció los cultos idólatras y fue creciendo con el sentimiento de ‘pueblo elegido', sin querer percatarse de la condición ‘demasiado humana' del dios que regía sus destinos y que, por último, los llevaría a la destrucción y a la diáspora. (Continuará).

