OJOS QUE NO VEN (102)
El dios bíblico (6)
Cuando el rey David canta sus salmos a Yahvéh, lo hace recordando la historia de su pueblo, con alusiones al país de Egipto, de donde fueron expulsados: "Una viña de Egipto arrancaste/ expulsaste naciones para plantarla a ella/ le preparaste el suelo/ y echó raíces y llenó la tierra" (Sal 80: 9-10). Pero un poco más adelante es el propio dios bíblico el que menciona a Egipto, al hablarle así a su pueblo: "No haya en ti dios extranjero/ no te postres ante un dios extraño/ Yo, Yahvéh, soy tu dios /que te hice subir del país de Egipto" (Sal 81: 10-11). Nadie extraña este recordatorio, ya que, efectivamente, el pueblo hebreo había estado en Egipto, primero en tiempos de Abraham y su familia, emigrados a Egipto en tiempos de Hatshepsut, debido a una gran sequía y hambruna en su país, en el norte de Mesopotamia (Jarán), y siglos después como pueblo esclavizado, de donde salió capitaneado por Moisés, el interlocutor ‘egipcio' de Yahvéh.
Pero algunos historiadores han sacado agua del pozo bíblico, que ya se creía seco, sin mayores posibilidades de extraer una gota más de la realidad histórica. Aunque con antecedentes bibliográficos de seriedad académica, (Albert Sloman, El Libro de los muertos, 1979; Ahmed Osman, Moisés, Faraón de Egipto, Planeta, 1992; J. Assmann, Moses the Egyptian, Harvard University Press, 1997), la actual tesis del español Alexandre Herrero Pardo, Diplomado en Egiptología, tampoco ha sido tenida en cuenta entre los exégetas bíblicos, por la sencilla razón que, de ser cierta, sería preciso renovar completamente la historia de Israel. Su obra, publicada por el Museo Egipcio de Barcelona (1999), tiene un título tan impactante como los citados: Faraones de Egipto, Reyes de Israel, y un subtítulo aclaratorio: La identificación de los Patriarcas hebreos entre los nobles egipcios. La parte más sorprendente de la tesis, que sigue los pasos de los dos citados, sobre todo del primero, que ya había reconocido a Yuya como el Patriarca José (1988), no es otra que la de identificar al faraón ‘hereje' Aj-en-aton (Amenofis IV) con el bíblico Moisés, quien suprimió el politeísmo egipcio para dar culto al dios único, el Sol (Aton) durante los 17 años que le quedaban de vida en el trono. Pero la tesis va mucho más allá, suponiendo que la historia de los patriarcas hebreos se confunde con la de los mismísimos faraones y nobles egipcios desde que el futuro faraón Turmosis III, hijo de la reina Hatshepsut, se enamoró y se casó con Sara, la hermanastra (y esposa bíblica) de Abraham.
Al llegar la hora de la sucesión, Hatshepsut obligó a su hijo a desposarse con otra mujer, de sangre real, lo que no impidió que Tutmosis III tuviera un hijo con Sara, al que pusieron por nombre Isaac (significa en egipcio "la divinidad sonríe"). De esta paternidad no se hacen eco las Escrituras, aunque también es cierto que, fuera de la Biblia, no se mencionan en ningún sitio los nombres hebreos de Abraham, Isaac, Jacob, Moisés y demás patriarcas. La familia de Abraham, con Sara y el pequeño Isaac, fue expulsada por orden real a tierras de Canaán, donde Abraham se estableció con el favor del faraón como su Gobernador, cargo que ocupó el resto de su vida. Mientras tanto, Isaac se casó en Jarán con Rebeca, que le dio dos hijos gemelos, Edom y Jacob, quien heredó el derecho de primogenitura al trono de Egipto (con trampas, como saben los estudiosos de la Biblia) aunque le correspondía a su hermano. A éste, Edom, el faraón le nombró más tarde Gobernador de las tierras de Edom, entre el Mar Muerto y Arabia, cambiando su nombre por el de Esaú, lo mismo que hizo con Jacob, al nombrarle Gobernador de Jarán y cambiar su nombre por Israel (nombre egipcio que significa "Corazón de la Majestad de Ra") ya que por sus venas corría sangre real de Egipto. La primera mención de Isra-El aparece, muchos años más tarde, en una estela de la época de Merneptah, conservada en el Museo de El Cairo, y referida a su pueblo: "Isra-El ha sido destruida; su descendencia ya no es". Merneptah, como su padre Ramsés II, fue un perseguidor del pueblo hebreo.
En los años de Jacob, el faraón, que ya lo era su primo Amenofis II, siguió protegiendo a toda la familia de Abraham, lo mismo que su sucesor, Tutmosis IV, el cual reconoció a Jacob como su representante y Gobernador de Canaán y Fenicia, colonias egipcias. Su hijo predilecto, José, fue vendido por sus envidiosos hermanos, como también se relata en la Biblia, a un comerciante madianita quien, a su vez, lo vendió como esclavo a un capitán de la guardia real del faraón. Al descifrar satisfactoriamente los sueños enigmáticos de Tutmosis IV (recuérdense las siete vacas flacas y siete gordas de la Biblia), José se convirtió en servidor indispensable del faraón, quien le cambió el nombre por el de Yuya, le nombró Grande de Egipto y le fue otorgando diversos títulos hasta el número de cuarenta, que son los que quedaron registrados en su tumba. De esos años es un escarabeo conmemorativo en que se habla por primera vez de Atón, el "dios de las batallas que protege al Faraón". Es decir, que ese dios ya existía y su culto estaba vigente años antes de que Amenofis IV lo eligiera como "dios único", excluyendo a todos los demás, con la esperada rebelión del poderoso clero de Amón-Ra, que le obligó a él y a toda su familia y corte a instalarse en un nuevo palacio y ciudad, El-Amarna, entre cuyas ruinas se encontró el conocidísimo relieve de Aj-en-atón y su esposa (y hermana) Nefertiti, en acto de adoración al Sol radiante, Atón, el "Señor", nombre egipcio para el dios único.
Amenofis IV (1379-1362 a.C.) que cambió su nombre por Aj-en-aton, para hacer pública su ‘conversión' al dios único, queda, pues, identificado con Moisés, el patriarca bíblico, que tenía sangre real egipcia, por ser descendiente de Isaac. Su historia posterior resulta bastante enrevesada, puesto que no murió (contra lo que dicen los egiptólogos) sino que hubo de exiliarse a Horeb, en el Sinaí, donde recibió la ‘visita' de Dios, que le ordenó regresar a Egipto, para rescatar a su pueblo de la esclavitud (No se ha encontrado todavía el sepulcro con la momia de Aj-en-aton ni la de Moisés, que sería la misma según esta teoría). En la tumba egipcia de Ay se ha encontrado la primera oración al Dios único, que el autor de esta obra traduce y transcribe íntegra. La historia del pueblo de Israel es, por tanto, parte de la historia de Egipto, y la de sus patriarcas la historia de nobles y faraones del Nilo, historia que debía ser ocultada a los hebreos, como reconoce el profeta Ezequiel: "No debemos contar al pueblo toda la verdad acerca de las remotas historias de nuestros orígenes. Eliminaremos nuestra estrecha relación con Egipto y sus faraones". Los hebreos son los Ab-Ra, familia noble de Egipto, cuya historia se escindió al atravesar el Mar Rojo, para instalarse definitivamente en tierras de Canaán. Y el padre o patriarca de todos los hebreos era nada menos que el faraón Tutmosis III.
El nombre de Yahvéh es el mismo Yahw de los madianitas, un dios local que los hebreos huidos de Egipto unificaron con el nombre egipcio al unirse tras el éxodo con el pueblo de Madián, que habitaba en los alrededores de Sinaí. Yahvéh es citado por primera vez en la Biblia al relatar el ‘encuentro' del Sinaí con el dios ‘refulgente' en la zarza ardiendo, símbolo del Sol. Los hebreos anteriores a Moisés no se referían a Dios como Yahvéh, sino con la fórmula El Sadday, que viene a significar "Dios de la Montaña", y que sería uno de los apelativos divinos más antiguos de la Biblia, sin personificar. Por su parte, el Atón egipcio se transformó en Adonai, que se traduce por "mi Señor". Los antiguos masoretas, que fueron los que vocalizaron los textos hebreos, sólo escritos con las consonantes, añadieron a Yhwh las vocales de Adonai, dando lugar a un nombre ficticio, Yehowah, que nunca existió. Al preguntar Moisés a Yahvéh cómo debería llamarle su pueblo, éste contestó: "Yo soy el que soy" y añadió: "Así dirás a los israelitas: Yahwéh, el dios de vuestros padres, el dios de Abraham el dios de Isaac, el dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación". La discusión sobre esta respuesta aún no ha concluido (Jack Miles, Dios. Una biografía, Planeta, 1996). Pero los tres patriarcas citados tenían sangre real egipcia, y el propio Moisés era un destronado faraón de Egipto y su lengua nativa era el egipcio, la misma en la que Dios le hablaría, no en hebreo
Durante el destierro en Babilonia los textos antiguos hebreos fueron reescritos y quizás manipulados para eliminar el pasado en tierras del Nilo y establecer su propia identidad. El dios bíblico, nacido en el complicado panteón egipcio, salió victorioso en duras batallas, políticas y religiosas, a la zaga de un faraón ‘hereje', habló en lengua egipcia y sufrió, con su pueblo fiel, el destierro y la animosidad de propios y extraños. La identificación de Moisés con el faraón ‘hereje' explica muchas páginas de la historia, pero añade incredulidad y dudas razonables a la ya de por sí sangrienta, soberbia y horrorosa historia del pueblo ‘escogido', según se narra en ese abigarrado conjunto de libros ‘revelados' que conocemos como Biblia. Alexandre Herrero, buen conocedor de la historia de Egipto hace una excursión atrevida, siguiendo senderos trillados por otros académicos, por los orígenes de la religión hebrea, con los que se puede estar muy de acuerdo. Pero tiene dos fallos que, a mi ver, impiden el acuerdo completo. Uno es la forma novelada y coloquial que da a su, por otra parte, interesantísima investigación, basada en documentos fidedignos. Otro es la escasísima confrontación cronológica entre la historia de Egipto y la de Israel, que impide la aceptación plena de su tesis. Como él mismo confiesa: "Mis teorías si no son correctas, acabarán por desacreditarse a sí mismas". (Continuará).

