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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

4 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (103)

 

El dios bíblico (7)

 

Esta devota sumisión a la ‘palabra de Dios' escrita por los visionarios de otros tiempos, no se limita a su inicial destinatario, el pueblo judío, sino que se transmite intacta a ‘hijuelas' monoteístas, el cristianismo y el islamismo, con sus inevitables variantes. Todos la veneran como manantial de la ‘verdad' trascendente, por más que choque frontalmente con las advertencias en contrario del juicio razonable. La Iglesia Católica incluye textos ‘escogidos' de esa palabra ‘divina' en sus ritos litúrgicos, pero ignora aquellos textos que no le convienen.  Los protestantes, en todas sus ramificaciones, mantienen como base de su doctrina la ‘justificación por la fe' y el ‘sometimiento a los dictados de la Biblia'. Incluso en la atrasada África, la Biblia es objeto supremo de adoración para la Iglesia cristiana de Etiopía, que cuenta con seis millones de creyentes, y cuyos popes la llevan en procesión, como si se tratara del mismo Dios.

 Si causa sorpresa contemplar en las televisiones americanas la exaltada predicación de los numerosos ‘telepredicadores' que anuncian sus descabelladas doctrinas, no menos sorprendido resulta el huésped de cualquier hotel de los Estados Unidos de América cuando encuentra en la mesilla de noche de la habitación un ejemplar de la Biblia como reclamo publicitario. Una de esas ‘nuevas religiones' americanas, la Sociedad para la Investigación de la Creación, organización dirigente del movimiento creacionista, requiere a sus miembros firmar un documento que especifique su fe en las Sagradas Escrituras, del tenor siguiente: "La Biblia es la Palabra escrita de Dios, y porque creemos que toda ella es inspirada, todas sus afirmaciones son histórica y científicamente verdaderas en todos los autógrafos originales. Para el estudioso de la Naturaleza esto significa que el relato de los orígenes en el Génesis es una presentación factual de simples verdades históricas. Todos los tipos básicos de criaturas vivientes, incluyendo al hombre, fueron hechas directamente por actos creadores de Dios durante la Semana de la creación tal como se describe en el Génesis. Cualesquiera cambios biológicos que hayan ocurrido desde la Creación han constituido solamente cambios dentro de los tipos originales creados". No puede quedar más en evidencia la ceguera que produce la fe, al rechazar cuanto enseña la ciencia y aprueba la razón. Es el homo sapiens degenerado abrazando amorosamente la ignorancia.

Si, como decía Lutero, "quien quiera ser cristiano debe arrancarle los ojos a la razón", no cabe duda de que la autoridad del Antiguo Testamento queda invalidada cuando se abren bien los ojos de la razón. La ‘Palabra de Dios' que se predica en el culto cristiano, y por supuesto en el judío, no tiene nada que ver con esa otra ‘palabra' de la maldad ‘divina' escondida en la Biblia, cuya veracidad queda testimoniada documentalmente, pero que las sinagogas y las iglesias cristianas tienen a bien ocultar a sus fieles. La coherencia no es la virtud de los exégetas. Por eso no es de extrañar que un doctor en Sagrada Escritura haya escrito no hace mucho cosas como estas: "El Antiguo Testamento no debe ser norma absoluta de conducta para el cristiano, ni tampoco motivo de escándalo" o que "si existe algo evidente en la historia de Israel es la certeza de que Dios ama a su pueblo" (Conceptos fundamentales del cristianismo, Trotta, 1993, 34 y 37). ¿Puede aceptarse tal inconsecuencia, sobre todo, si se conoce a fondo la Escritura? La exégesis bíblica de todos los tiempos, comenzando por los Santos Padres, no es más que una secuencia de actos voluntaristas que intentan escamotear la verdad, ocultando cuanto pueda dañar la imagen prefabricada de un Yahvéh inexistente.

Ni exégesis ni hermenéutica. Ni biblistas ni teólogos. Nadie necesita intermediarios para leer un libro, por muy ‘revelado' que se suponga. Lo que la lectura de la Biblia está pidiendo a gritos a todo ser humano digno de tal nombre es una gran dosis de sentido común y de racionalidad, tanto si se  los considera libros históricos, como si se los lee como obras literarias o simbólicas. (En este último caso, si todo es metafórico, ¿de qué pecado, de qué salvación están hablando las Sagradas Escrituras?). Ni una interpretación psicoanalítica de la Biblia, como la de los judíos argentinos Daniel Schoffer y Elina Wechsler (La metáfora milenaria, Paidós, 1993) ni la sensacionalista propuesta de Harold Bloom, insinuando que la parte más antigua del Antiguo Testamento fue escrita por una mujer (El libro de J, Interzona, 1995), pueden distraernos de nuestra sustancial conclusión: Para ser ateo no es preciso ser marxista. Basta tener un juicio medianamente crítico y libertad de pensamiento. La verdad es incompatible con la superstición, con la mentira y con los mitos, ficciones novelescas con que están adornadas las páginas históricas de las Sagradas Escrituras. Así lo asegura Gary Greenberg, Presidente de la Sociedad Bíblica de Nueva York en su libro 101 mitos de la Biblia. Cómo crearon los escribas los relatos bíblicos (Ed. Océano, 2002).

Me detengo un momento en mis reflexiones y vuelvo a leer lo escrito, comprendiendo que mi pasión por la Verdad ha ahogado muchos sueños de infancia. Pero me siento en paz conmigo mismo. Ni he mentido ni pretendo engañar a ningún incauto. Me limito a exponer, sin prejuicios, lo que he podido encontrar en el Antiguo Testamento que hiera frontalmente mis sentimientos o mis principios éticos, sin distorsiones, ni sacando las frases fuera de contexto. Todas las citas, ‘Palabra de Dios' para los teólogos, están tomadas literalmente de la más actualizada edición castellana de la Biblia. De ellas deduzco una divinidad celosa, codiciosa, falible y cruel. Y me pregunto, sorprendido: ¿Cómo es posible que tales palabras hayan sido escamoteadas durante más de veinte siglos a la casi totalidad de los creyentes de tres religiones? Todavía más: ¿Cómo ha podido crecer la espiritualidad con el alimento envenenado de la mentira religiosa? Yo mismo, ¿cómo he podido vivir engañado tantos años? ¿Y mis amigos? ¿Y mis seres más queridos? ¿Cómo las diferentes confesiones religiosas han podido embaucar a tantos durante tanto tiempo?

No soy agresivo ni beligerante. A nadie quiero apartar de sus fuentes de felicidad, aunque considere que son engañosas. Pero no tengo más remedio que proclamar la verdad que se ha abierto camino en mis razonamientos, sin tapujos de falso pudor: Yahvéh, el Dios de la Biblia, el Dios de los judíos, cristianos y musulmanes, tal como aparece dibujado en el Antiguo Testamento, es una falsedad manifiesta, un ente de ficción, una leyenda piadosa,  un mito inventado hace treinta y tantos siglos. A mi razón no le satisfacen las interpretaciones que magnifican unas palabras, en detrimento de las más comprometidas, aunque sea con la excusa de una lectura 'simbólica' o ‘alegórica'. Además, según la cronología y la arqueología, muchos de los sucesos narrados en la Biblia, en los que el Dios bíblico habría participado, "simplemente no existieron, salvo quizá en la imaginación de sus autores" (R.L. Fox, La versión no autorizada. Verdad y ficción en la Biblia, Planeta, 1992).

Las falsedades, incongruencias y manipulaciones de la Biblia no tendrían mayor importancia si no fuera porque se trata de libros sagrados, que siguen influyendo, después de treinta y tantos siglos, en millones de personas, incautas y crédulas, ansiosas de agarrarse a un clavo ardiendo para ahogar sus dudas de intrascendencia, por el horror que les produce la vuelta irremisible a la nada de donde proceden. A este respecto, hemos de agradecer sus estudios críticos a los biblistas que se han atrevido, sobre todo desde el siglo XVIII, a dinamitar la creencia en la inerrancia de estos escritos, poniendo de manifiesto sus evidentes errores, y con mayor énfasis sus falsedades, interpolaciones y contradicciones, para  intentar curar la ceguera de sus lectores, enfermedad que calma la angustia y el miedo al más allá. Porque, como intitulo este libro, OJOS QUE NO VEN, CORAZÓN QUE NO QUIEBRA. (Continuará).

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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