OJOS QUE NO VEN (104)
El dios bíblico (8)
El más reciente comentarista bíblico, sin más títulos para la exégesis que su racionalidad, su gran erudición y un gran acopio de amor a la verdad y al duro trabajo de la reflexión madura, es un español ya citado, escondido tras el seudónimo de MiltonAsh, nombre con el que dirige una página web en Internet (elhorror.net), y con el que va publicando, en varios tomos, La Biblia ante la Biblia, la Historia, la Ciencia y la Mitología (Libros en Red, 2005), es decir, breves comentarios a todos los versículos bíblicos, con apoyatura bibliográfica de los propios textos cristianos (Biblia de Jerusalén, Vulgata Latina, Biblia de Nácar-Colunga y la protestante de Reina-Valera, todas ellas con comentarios de "ilustres exégetas de la más pura ortodoxia"). Como era de esperar, comienza afirmando que "el estudio moderno de estos libros ha evidenciado diferencias de estilo, repeticiones y desorden en las narraciones, que impiden ver en el Pentateuco una obra que haya salido íntegra de la mano de un solo autor", algo ya reconocido por teólogos como Trebolle. De hecho, las últimas páginas del tomo I se dedican a las contradicciones halladas en el Pentateuco: en una primera lista llegan a 636 las contradicciones, desde el Génesis al Deuteronomio. Una segunda lista, de 28 entradas, se dedica a poner de manifiesto las contradicciones insalvables entre los textos bíblicos, la historia y los conocimientos razonables del homo sapiens sapiens.
Ejemplo de creencias irracionales son los primeros capítulos del Génesis, más propios de una mente infantil que de un adulto reflexivo. Los personajes bíblicos, salvo contadas excepciones, carecen de refrendo histórico, y buena parte de los hechos que cuenta son verdades ‘imaginadas'. Corroborado también por la ciencia filológica y arqueológica, el dios bíblico no es único y singular, privativo del pueblo hebreo, sino uno de tantos adorados por los pueblos de Oriente Medio, escogido y apropiado por Abraham, que lo transformó en el Yahvéh de la Biblia promotor del pacto con el pueblo de Israel. El presunto contenido espiritual es totalmente contrario a lo esperado, como lo es el dios imaginado: sanguinario, xenófobo, misógino, macabro, anticientífico, vengativo, ignorante y falso. También son falsas las profecías, formuladas cuando el suceso ya se había producido. La ‘alianza' de Yahvéh se hizo con personajes paganos, politeístas, como Abram. Moisés, personaje legendario, tampoco conocía a Yahvéh (Ex 18). Los padres de la nación hebrea son hijos del incesto, todos consanguíneos (Abraham y Sara eran hermanastros, de procedencia pagana; Isaac y Rebeca eran primos, y tío y sobrina; Jacob y Raquel eran tío y sobrina). En la Biblia es total el desprecio por la vida humana, ya que se predica constantemente la ‘guerra santa' para ocupar los territorios vecinos. También es notable, en medio de perversiones consentidas, la aversión al sexo, presentándolo como pecado, y a la mujer como inductora al pecado. Se legaliza la esclavitud, la pena de muerte, la poligamia, el adulterio.
En definitiva, la ‘palabra de dios' no es más que un fraude, un montaje de los sucesivos escribas, basado en historias ajenas, trasladadas oralmente de generación en generación. Ese Dios inventado, ‘escogido' entre otros dioses y promovido a la exaltación de Ser Supremo y Único, no conoce la palabra amor, tan predicada para todos los seres humanos, pero sólo aplicada a los ‘elegidos' de Yahvéh, en un contexto singular y escasamente representativo (Lv 19:18). El Dios-Creador de los hebreos es un dios parcial, que solamente piensa en ‘su' pueblo, y en los vecinos a los que se debe exterminar, desconociendo la propia existencia de otras tierras y otros hombres también criaturas suyas, si se ha de dar crédito a las palabras ‘inspiradas' del Génesis (Gn 12:3). No es posible resumir cuanto se comenta en los tomos de La Biblia ante la Biblia, la Historia, la Ciencia y la Mitología. Sólo cabe la recomendación de su lectura, el único estudio completo existente, "análisis crítico de toda la Biblia cristiana", como reza el subtítulo. No hay más que exégesis crítica, no laudatoria como suelen ser los comentarios de autores creyentes, es decir, irracionales, que se guían por su fe, no por su razón.
En su A History of Israel (1987), John Bright, citado por MiltonAsh, escribe que "No podemos atribuir a los patriarcas la fe del Israel posterior. Históricamente no es exacto afirmar que el Dios de los patriarcas fue Yahvéh. El ‘yahvismo' comienza con Moisés...Cualquiera que sea el origen del culto a Yahvéh, no se han encontrado todavía indicios de él antes de Moisés". Este legendario personaje (fuese quien fuese) escogió entre los existentes de la Mesopotamia bíblica un dios terrible, que se hiciese temer, para poder llevar a su pueblo a la conquista de Canaán. No necesitaba un dios amoroso, misericordioso, blando en definitiva. Yahvéh era un dios-demonio, responsable del exterminio de los enemigos, el único que podía servir para tal empeño conquistador. Responsable del Bien y del Mal, capaz de establecer un ‘pacto' con su pueblo, aunque fuese derramando la sangre de los suyos en la circuncisión. El propio Éxodo afirma que antes de Moisés los israelitas no conocían a Yahvéh (Ex 3:13-15), porque es un ‘dios quenita, no hebreo', al que adoraron después de salir de Egipto, según el profeta Oseas: "Pero yo, el Señor, tu dios desde Egipto" (Os 12:10) y "Yo te conocí en el desierto, en la tierra ardiente y seca" (Os 13:5-6).
Este es el dios bíblico, de corto pasado, ya que tiene sólo tres mil años (muchos menos que otros dioses más antiguos), pero de gran futuro, gracias al fanático judaísmo y a su primitiva ‘secta', el cristianismo. Un dios, cuyos fervientes servidores han sabido ‘instalar', sin apenas resistencia moral, su culto y adoración, en la conciencia de millones de personas, incapaces de reaccionar racionalmente ante tanto engaño. La ignorancia solamente podrá ser vencida por la ciencia, como se constata a principios del siglo XXI. Con este libro en la mano nadie podrá encontrar en sus páginas alimento de verdad, de bondad y de amor, para alimentar una mente racional. Pondré como ejemplo las recientes declaraciones de un joven pero reconocido director de cine, Alejandro Amenábar, que ha manifestado textualmente: "mi falta de fe se la debo a la Biblia". Basta leer ese ominoso conjunto de maldades inconfesables de un pretendido dios, que condenarían a un pobre humano, para que una mente sana reconozca su equivocación y vuelque su corazón a la verdad que, a día de hoy, solamente se puede encontrar en la Ciencia. (Continuará).

