OJOS QUE NO VEN (105)
El dios cristiano (1)
Para los cristianos, la Biblia se prolonga con los libros del Nuevo Testamento, cuyos primeros textos se redactan unos veinte años después de la muerte en Jerusalén de Jesús de Nazaret, el cual, perteneciendo por derecho propio al ‘pueblo elegido', es aceptado y aplaudido por algunos de los judíos de su época como el Mesías prometido a Israel en el Antiguo Testamento. Mesías que fue anunciado por los profetas como "el gran libertador del pueblo" (Jer 23:5), que "establecerá para siempre el trono y reino de David" (Is 9:5). Es decir, la comunidad cristiana fue, en sus comienzos, una rama o secta desgajada del judaísmo yahvista (J. Monserrat Torrents, La sinagoga cristiana. El gran conflicto religioso del siglo I ,Muchnick Edtores, 1989). Es Pablo de Tarso, que comienza a escribir sus famosas Cartas varios años antes del primer Evangelio, quien pone los cimientos de la nueva doctrina: Jesús de Nazaret no es solamente el previsto rey o mesías -fracasado- del pueblo judío, sino que es el Dios que ama y se sacrifica por ‘toda' la humanidad. Es el ‘dios cristiano'.
Presentando su vida y su enseñanza de una forma alegórica, Pablo extiende la idea de que "su reino" no es de este mundo, ya que, siendo Hijo de Yahvéh, se encarnó como hombre para redimir de sus culpas a toda la humanidad, no solamente al pueblo de Israel. Ampliaba así, consciente y fraudulentamente la noción exclusivista de ‘pueblo elegido', escribiendo a los gentiles: "Si vosotros sois de Cristo, ciertamente sois linaje de Abraham y herederos según la promesa" (Gál 3:29). Se había consumado la gran mixtificación: la palabra de Jesús también era ‘Palabra de Dios'. Y para predicarla y extenderla por todos los confines era necesario sustituir la teocracia judía por otra organización universal de sacerdotes, intermediarios ante la Divinidad. Pero si Yahvéh era una invención fantástica del Antiguo Testamento, el Jesús ‘divinizado' era tan ‘imaginado' como aquél. Su atrayente humanidad ha conmovido durante veinte siglos a los creyentes, que, embaucados por una ética sentimental, no han sabido captar el mensaje desengañado que transmiten los doloridos ojos del crucificado.
Ni siquiera la interpretación midráshica del obispo episcopaliano J. Shelby Spong (La resurrección ¿mito o realidad? Martínez Roca, 1996) permite salvar la ‘realidad' objetiva de la Biblia, mejor del Nuevo Testamento, donde se acumulan falsedades y errores, la mayor parte de las veces intencionados, con tal de ‘ajustar' la vida de Jesús a las profecías bíblicas. Estas son sus palabras: "Hemos analizado los propios textos bíblicos, y han demostrado ser poco fiables, si lo que andamos buscando son hechos objetivos". Pero, "hemos buscado y encontrado una nueva lente, la lente del midrash, con la que leer nuestros relatos sagrados". Completa el teólogo protestante aclarándonos que "el midrash era mitología vinculada a tradiciones religiosas y temas universales". Es decir, la Biblia no es propiamente historia real, sino relación novelada basada en tradiciones religiosas del pueblo hebreo.
La construcción de la nueva doctrina religiosa de salvación, estructurada en dogmas inamovibles, es obra de una Iglesia nada ‘divina' que, reunida en sucesivos Concilios y asambleas, ha venido anatematizando durante veinte siglos a quienes predicaban algo distinto a sus inventadas creencias. La historia de la Iglesia de Roma se puede reducir a la historia de las herejías que ha condenado, ya que el tronco original tuvo tantas ramificaciones como intérpretes de su palabra. Todo comenzó, como he dicho, cuando Pablo de Tarso, un judío epiléptico que no conoció al Jesús de Nazaret histórico, lo divinizó, proclamándolo el Redentor de la Humanidad, algo ajeno a la Biblia del ‘pueblo elegido' (Robert Ambelain, El hombre que creó a Jesucristo, Martínez Roca, 1985). Es, pues, una rebelión ideológica, de judíos contra judíos.
La doctrina paulina se construyó con materiales del Antiguo Testamento, que defendía una religión monoteísta, frente al politeísmo existente, lo mismo que el mundo greco-romano en el que hubo de crecer y desarrollarse el naciente cristianismo. Pero el hecho de reducir el panteón pagano a un solo dios no es garantía de veracidad. De un lado, porque el dios del Antiguo está trufado de maldades sin cuento, similares a los dioses paganos pero incompatibles con la santidad que se presumía para la nueva religión. El Nuevo, por su parte, aunque avanza en la moralidad de sus preceptos, no está exento de errores y contradicciones, además de aceptar como patrimonio doctrinal los libros bíblicos del pueblo judío. (No podía ser de otro modo, si todos ellos eran judíos y no pretendían suplantar sino perfeccionar la religión de Israel).
El mensaje de Jesús de Nazaret, transmitido en tantas recopilaciones como grupos de creyentes, quedó mutilado en los siglos posteriores a su muerte, por quienes decidieron mutilar de forma implacable los textos que hacían referencia a la vida y la obra de Jesús, ‘canonizando' como los únicos ‘revelados' a los tres evangelios sinópticos y al cuarto, de Juan, excluyendo otros sesenta relatos que no ‘casaban' con estos cuatro. Quedaron así, fuera del canon neotestamentario los llamados ‘apócrifos', que hoy día, por fortuna, podemos consultar (Aurelio de Santos Otero, Los evangelios apócrifos, BAC, 1956), aunque siguen siendo considerados ‘heterodoxos', dignos de estudio pero no de creencia, y en cierto modo heréticos, como los textos ‘gnósticos' (Elain Pagels, Los evangelios gnósticos, Crítica, 1982).
Por más que se esfuercen los teólogos católicos, mientras supediten su recto juicio a su fe, nunca podrán dar una interpretación creíble de los textos bíblicos como doctrina de salvación. Ni siquiera el Nuevo Testamento, en su conjunto, con sus emotivas páginas de amor y misericordia, puede ser más que un testimonio de fe que hace aguas por todas partes en cuanto se intenta estudiarlo desde un punto de vista histórico o científico. Si enorme es su interés cultural y sociológico, su interés religioso sólo tendrá validez íntima para los ya convencidos por la autosugestión de la fe. Para un científico, como afirma Antonio Piñero en su sintética Breve introducción al estudio del Nuevo Testamento (Ediciones Clásicas, 1994), "el NT redactado originalmente en lengua griega, forma parte del acervo de la literatura griega antigua, y puede y debe ser estudiado como una parte de ella". Desde luego, de sus páginas nadie podrá deducir, mediante exégesis racional, una posible o probable ‘revelación' de ninguna divinidad. Por eso naufragan en su empeño de hacer creíble el contenido ‘sagrado' de la Biblia los más distinguidos teólogos de nuestros días, aun cuando se apoyen mutuamente en el loable intento (Conceptos fundamentales del cristianismo, Trotta, 1993). Sus esfuerzos son tanto más patéticos cuanto más inútiles y bien intencionados.
Ya no es suficiente el anticlericalismo de nuestros antepasados para denunciar la falsedad de la religión cristiana. Es preciso ir más allá, olvidarse de los eclesiásticos y de su interesado magisterio moral, para proclamar a los cuatro vientos que los fundamentos doctrinales de la religión -de cualquiera religión- no se sostienen en pie a la luz de la razón. Desde Hobbes, Spinoza y la más crítica Ilustración europea, hay que estar libre de todo prejuicio teológico para enfocar el tema religioso. Aunque las nuevas tendencias de la exposición teológica se preocupen más de la Biblia como texto literario, que no literal, lo único que se consigue es soslayar el problema. Una mente libre, como la de Gonzalo Puente Ojea, (Ateísmo y religiosidad, Siglo XXI, 1997) ha de aceptar "la crítica radical que niega toda pretensión de verdad a la religión, a sus dioses y a los conceptos metafísicos en los que se apoya" (Continuará).

