OJOS QUE NO VEN (11)
El dios cristiano (7)
DIOS ESPIRITU SANTO. En la mayoría de los pasajes bíblicos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, el ‘espíritu de Dios' es una fuerza operante que motiva a los humanos, en función santificadora. No hay un solo lugar en los sinópticos que designe de manera inequívoca al Espíritu Santo como persona de la Divinidad, a no ser en un texto tardío en que Jesús, ya resucitado, ordena a sus discípulos bautizar "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt. 28:19) . Es la primera mención explícita del misterio de la Trinidad, usual en las religiones orientales (como en el hinduismo) y ausente de los textos sagrados judíos, donde sólo se menciona el "espíritu de Yahvéh" como fuerza actuante, idea que se recoge en el Nuevo Testamento como fuerza sobrenatural que ayuda a los creyentes, y que gobierna la comunidad por medio de los apóstoles en el primer cristianismo (Act 1:8; 13:2; 15:28; 20:28). La efusión del Espíritu Santo en la primera Fiesta de Pentecostés (Act 1:8) fue la señal de que actuaba también como "fuerza santificante" (1 Cor 1:2) y como principio de vida eterna (Jn 3:5-8). El Espíritu Santo es, también, el "Espíritu de Cristo" para la cristología de Pablo (Rom 8:9). En las epístolas paulinas, el Espíritu Santo intercede por nosotros (Rom 8:26) y habita en los cristianos (1 Cor 3:16 y 14:25). Por el bautismo se recibe el Espíritu Santo, que convierte al nacido en miembro del ‘cuerpo' místico de Cristo (1 Cor 12:13). Para los cristianos protestantes, la primera obra del Espíritu en el hombre es, según la doctrina de Juan, convencerle del pecado (Jn 16:8-11). Sin esta convicción, nadie puede sentir la necesidad de un ‘salvador', pero este es un ‘don' que se recibe por la fe (Jn 7:39) y que hay que pedir (Lc 11:13).
La imagen del Dios-Espíritu es claramente mítica, ya que, o bien es una simple redundancia, o una emanación energética de Dios. Si ya es impensable una ‘persona' que sea solamente espíritu, mucho más lo es el concepto mismo de Espíritu Santo (o de Verdad, como dice Jesús), idéntico al Padre, y que ‘obedece' las órdenes del Hijo. Todo es tan demencial que la Teología cristiana no encuentra más salida que el acatamiento por la fe. Pero es que, sea Uno o sea Trino, tampoco Dios puede ser un Espíritu (por muy ‘puro' o ‘absoluto' que se le imagine), ya que, fuera del simbolismo, la existencia real de un espíritu incorpóreo es inconcebible, como afirma Bertrand Russell (Religión y Ciencia, FCE, 1951). Además del calificativo "Santo", y del "Espíritu de Verdad" (Jn 16:13), se encuentran en Pablo otros apelativos: "Espíritu de la Promesa", "Espíritu de adopción", "Espíritu de Cristo", "Espíritu del Señor", "Espíritu de Dios", simbolizado en ocasiones por el fuego, el agua, la nube, la luz, la paloma, que invade la mente y el corazón de algunos predestinados, como Juan el Bautista, "lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre" (Lc 1:15).
La misteriosa doctrina de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) que se incluye entre los dogmas del Cristianismo desde el Concilio de Nicea, fue formulada por primera vez en el siglo III d.C. por Tertuliano, a quien se atribuye el credo quia absurdum ("creo porque es absurdo") precisamente como defensa de lo indefendible, momento en el cual "la teología cristiana abandona definitivamente el terreno de la lógica y el sentido común". como afirma taxativamente un escritor italiano, catedrático de Lógica en la Universidad de Turín (Piergiorgio Odifreddi, Por qué no podemos ser cristianos, y menos aún católicos, RBA, 2008). Siendo ambos el mismo Dios, resulta patente que el Espíritu ha sido minusvalorado en competencia con el Hijo, tanto en la bibliografía como en la práctica. Quizás por una razón muy humana: al Hijo se le puede ver, mientras que el Espíritu es invisible, y necesita ser simbolizado por una paloma, para que el creyente lo ‘visualice'.
Según dice el Catecismo, "el misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana" (234). La fe apostólica relativa al Espíritu fue reafirmada en el segundo Concilio ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, al establecer que "creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre". Posteriormente, en el de Toledo, año 638, la Iglesia católica reconoció al Padre como "la fuente y el origen de toda la divinidad". Pero en el año 1438 el Concilio de Florencia se vio obligado a completar la fe, al sentenciar que: "El Espíritu Santo tiene su esencia y su ser a la vez del Padre y del Hijo, y procede eternamente tanto del Uno como del Otro, como de un solo Principio". ¿En qué quedamos? ¿No es Dios eterno? Entonces, ¿cómo puede tener ‘principio'? Por otra parte, ¿cómo es posible que María conciba a su hijo ‘por obra del Espíritu Santo'? ¿Es Dios al mismo tiempo hijo y padre? Otra duda. Según citas repetidas de Pablo, Jesús resucitó por la acción del Espíritu (Rm 6:4; 2 Co 13:4; Flp 3:10; Ef 1:19-22 y Hb 7:16). ¿Cómo se puede entender, entonces, que Jesús dijera: "Doy mi vida para recobrarla de nuevo...Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo"? (Jn 10:17-18) ¿Tenía ese poder, o necesitaba la cooperación del Espíritu?
Sin acudir a la tesis del politeísmo, la doctrina trinitaria resulta para cualquiera, incluídos los teólogos, un misterio insondable, del que nadie puede dar cuenta minuciosa, porque es absolutamente ajeno al raciocinio del que todos los humanos nos debemos enorgullecer, ya que si la fe es un ‘don' divino, mucho más y muy anterior lo es la razón, atributo específicamente humano, del que ningún ser vivo debe renegar como propio de su especie. De nuevo habrá que acudir a la psicología para explicar, en lo que cabe, la ‘incursión' de los espíritus, por muy santos que sean, en nuestra vida terrena. El cerebro tiene respuesta para todo. (Continuará).

