OJOS QUE NO VEN (113)
El dios cristiano (9)
Así como el Antiguo Testamento tenía la finalidad de recordar al pueblo hebreo que existía un Dios (Yahvéh) que había pactado con ellos una ‘alianza' por la cual les prometía una vida eterna de felicidad si le reconocían y adoraban como el único dios, en el Nuevo Testamento, todos sus textos se encaminan a considerar que un judío del pueblo llano, sin reconocimientos académicos, políticos o religiosos, de nombre Jesús el Nazareno, era realmente el Hijo de Dios, el Mesías prometido por las Escrituras, el mismo Dios encarnado, ajusticiado como salvador y redentor de la humanidad (aunque al principio se pensaba sólo en el pueblo ‘elegido') que prometía a los suyos otra vida de felicidad perpetua, después de ésta, llena de miserias. En una sociedad tan convulsa como la Palestina del siglo I, sometida al poder de Roma, encontrarse con el ‘auténtico' Mesías, que los conduciría al Reino prometido, debió ser un acontecimiento tan emocionante como inesperado.(Gérard Bessière, Jesús, el Dios inesperado, Ediciones B, 1999). Podemos imaginar a las masas enfervorizadas de entonces, si vemos lo que ocurre hoy con los artistas y músicos de fama ¡que no necesitan hacer milagros!
Pero no todo es tan simple. Los cristianos aplican la palabra mesías a Jesús, como el ungido, que en griego se dice cristo, pero para los judíos son palabras sin sentido, ya que nunca lo han reconocido como el mesías bíblico, al que todavía están esperando. Cualquiera que se identifique como mesías debe reunir una serie de requisitos indispensables, que lo harán diferente de los demás. Uno de estos requisitos era el de "ser rey de Israel, un auténtico rey de un reino davídico legítimo, reconocido por el Sumo Sacerdote legal (que también haya sido ungido con un óleo especial), con aprobación de todos los judíos, con el Sanedrín al frente". Estas y otras afirmaciones del mayor interés se pueden encontrar en el libro de MiltonAsh Jesús, el falso mesías. La mentira de las profecías mesiánicas cumplidas por Jesús (Vision Libros, 2007). Así, la tesis principal demuestra con numerosos pasajes bíblicos que la mayoría de las profecías "fueron escritas después de que se produjese el acontecimiento que profetizan". El dios cristiano, por tanto, como el resto de los dioses, es hijo de la imaginación humana, aunque ‘humanizado' para darle emotividad a una idea falaz que pudiera conquistar el corazón de los más crédulos.
Como ha sucedido con otros tantos ‘dioses salvadores'. Porque, digámoslo claramente, la doctrina salvadora de Cristo es tan poco original como el propio "Salvador cristiano". Como tantos otros, Salvador Freixedo resume las curiosas y extrañas coincidencias entre el Jesús Nazareno y varios predecesores que también eran considerados por los suyos ‘hijos' de algún dios. (Parapsicología y Religión, Quintá, 1985). La fecha del nacimiento, 25 de diciembre, sabemos que es supuesta, la cual también se dice de Khrisna, Buda, Mitra, Horus, Osiris, Baco, Adonis y algunos más, por ser el día del solsticio de invierno. ¿Fue la fecha cristiana un plagio intencionado? Estos y otros ‘dioses' nacieron de una madre virgen, fecundada por algún dios supremo. En el nacimiento, fueron ‘visitados' por pastores o gentes humildes, pero también por sabios y reyes. El caso más notable es el de Mitra, el redentor persa, ‘mediador entre Dios y los hombres', que fue adorado por unos magos que le ofrecieron oro, incienso y mirra. Todo esto mucho antes del nacimiento de Jesús. (Habrá que añadir que la mejor escultura del dios Mitra, el ‘competidor' del dios cristiano, se encuentra en el Museo Vaticano)
Las semejanzas, sin embargo, se acumulan al tratarse de Khrisna (nacido unos 1.500 años a.C.) y de Buda (650 a.C.). Los tres, aunque nacidos en circunstancias humildes, eran legendarios descendientes de reyes. La vida de los tres, en su primera infancia, fue amenazada por los poderosos y tuvieron que huir. Los tres fueron de inteligencia precoz, capaces de disputar con los doctores del templo en su temprana pubertad. Los tres apoyaron su predicación con numerosos milagros. Los tres, ante el pasmo de las presentes, ascendieron a los cielos una vez cumplida su misión. Los tres volverán al final de los tiempos para ‘juzgar a vivos y muertos'. Los tres son considerados en sus respectivas Escrituras Sagradas el "principio y fin de todas las cosas" (Cristo es "Alfa y Omega"). En su doctrina, los tres predican la renuncia al mundo y sus vanidades. En el caso de Buda, también, como Jesús, fue tentado por el demonio, fue bautizado con agua y reconocido por el Santo Espíritu, se ‘transfiguró' en personaje resplandeciente en una montaña de Ceilán, recibió sobre sí los pecados del mundo, basó su doctrina en el amor a todos los semejantes y el eje central de su predicación fue "establecer un Reino de los cielos". (¿Cuántos cristianos conocen estas verdades históricas?).
En el caso de Khrisna, tuvo también un precursor llamado Rama, murió crucificado, fue atravesado por una flecha, y en ese momento "el sol se oscureció a mediodía y el cielo llovió fuego y cenizas", después de su muerte descendió a los infiernos, resucitó de su tumba, y en su predicación, como dios, ‘perdonaba los pecados'. Son demasiadas coincidencias para que nos preguntemos por la ‘realidad mesiánica y divina' de Jesús, cientos de años después de estos dos ‘precursores'. ¿No será todo una pura ‘invención' plagiada de lo sucedido con estos hombres extraordinarios, venerados en el hinduismo como dioses? Todos ellos, no obstante, son deudores de un mito muy anterior, el de Osiris, el dios-hombre de los misterios egipcios. "Al igual que Osiris-Dioniso, Jesucristo también es Dios encarnado y Dios de la resurrección. También promete a sus seguidores el renacimiento espiritual si participan en su divina pasión" (Timothy Freke y Meter Gandy, Los misterios de Jesús, Grijalbo, 2000). Esta afirmación está rematada por otra igualmente clara: "El cristianismo, como los misterios de Jesús, nació y se extendió por el mundo antiguo exactamente de la misma manera que antes hicieran los misterios de Mitra, los misterios de Dioniso, los de Atis, los de Serapis y los de los demás dioses-hombres mistéricos que mueren y resucitan".
El nombre que más debemos recordar, sin embargo, es el de Apolonio de Tiana, un turco de vida intachable, filósofo pitagórico, gran viajero y predicador, cuyas curaciones tenidas por milagrosas rivalizaban con las de Jesús, su estricto contemporáneo. La anécdota que le disparó a la fama fue, según lo cuenta Porfirio en su Vida de Pitágoras, que tras ser detenido, acudió a las plantas del emperador y después de pronunciar un discurso en su defensa, desapareció de su presencia, en un acto sorprendente de magia. Los papiros sobre su vida y sus hechos fueron destruidos por los seguidores de Cristo, pero se salvó de la quema La vida de Apollonius de Tyana, escrita por Flavio Filóstrato a comienzos del siglo III d.C. En ella, no solamente no se hace mención a la posible existencia de Jesús, o del cristianismo, sino que se presenta a Apolonio como "el maestro más grande aclamado en este primer siglo, reverenciado de un extremo a otro del Imperio". Aunque la Iglesia católica haya tenido tanto empeño en ocultarlo, lo cierto es que "ningún otro libro ha levantado tanta pasión y debate durante tanto tiempo...hasta nuestros días": un autor considera a Apolonio "el director espiritual de aquel primer siglo" (Xavier Musquera, El triunfo del paganismo, Espejo de Tinta, 2007). El dios cristiano, por consiguiente, ni es el primero ni es único, ni original. Es un mito, como los demás, debidamente aderezado por los evangelistas que, muchos años después de su muerte, dejaron por escrito lo que oyeron, lo que supusieron, lo que encajaba con la doctrina que se intentaba difundir. Lo demás, acaso inconscientemente, lo hicieron los traductores. (Continuará).

