OJOS QUE NO VEN (118)
Jesús el Nazareno (4)
Una de las enseñanzas bíblicas más arraigadas en el pueblo judío era la próxima llegada del Mesías prometido, que habría de regir a Israel, tras el final de la dominación extranjera. En los primeros años de su tercer decenio de vida, Jesús tuvo noticia de que cerca de allí, a orillas del Jordán, un ‘hombre santo' anunciaba esa llegada y bautizaba en nombre del "Reino de Dios", que estaba ya muy próximo, predicando el arrepentimiento y el perdón de los pecados. Humillándose ante Juan, Jesús de Nazaret se sometió a su bautismo y al salir del agua tuvo una experiencia mística, imposible de conocer, pero que el Bautista explica como una ‘visión': "He visto al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se quedaba sobre él" (Jn 1:32). Una vez más, una alucinación o visión alucinatoria (y por tanto, carente de realidad) pone la base roqueña de una creencia trascendental. Proclamar esta ‘visión' era tanto como admitir que ese Jesús recién bautizado era el Mesías anunciado por los profetas. Pero sabiendo que la expectativa judía no identificaba a Jesús con el Mesías, ni al Mesías con Dios, idea incompatible con el monoteísmo judío, sino como su enviado, su ‘Hijo predilecto', sucesor en el trono de David a título de Rey. No lo identifica con Dios (Joseph Klausner, Jesús de Nazaret. Su vida, su época, sus enseñanzas, Paidós. 2006).
Contra la apreciación del gran biblista Geza Vermes, quien defiende que los títulos de Mesías y de Hijo de Dios le fueron aplicados por sus seguidores, podemos aceptar con otros estudiosos, como Schonfield, la absoluta sinceridad de Jesús al creerse el Mesías prometido. Aún más, que detrás de él había un activo "grupo secreto" con motivaciones políticas y aspiraciones religiosas, recogidas en un desaparecido "evangelio secreto de Marcos", con enseñanzas esotéricas. "La correcta comprensión de Jesús empieza por tomar conciencia de que él se identificaba a sí mismo con la realización de la esperanza mesiánica". Únicamente sobre esta base adquieren toda su inteligibilidad las tradiciones que rodean su figura.
No era ningún charlatán que tuviera la intención de engañar voluntaria y deliberadamente a su pueblo, o que supiera que presentarse como Mesías era un acto fraudulento. No existe la menor sospecha de fraude por su parte. Al contrario, nadie puede estar más seguro de su vocación que el propio Jesús, y ni siquiera la amenaza de una muerte inminente mediante la horrible tortura de la crucifixión logran hacerle negar su mesianismo" (Hugo J. Schonfield, El complot de Pascua, Martínez Roca, 1987). Esto refuerza el hecho de que el cristianismo posterior pusiese todo el empeño en ‘asumir' que Jesús de Nazaret era el Mesías anunciado en la Biblia. Mesías que, como sabemos, aún siguen esperando los judíos ortodoxos, porque ser el Mesías es una profunda convicción, pero falaz, del propio Jesús, prolongada en la doctrina cristiana, cuyos fundamentos son inestables, fruto de la imaginación en sus comienzos, y fraude reiterado en los apologetas del cristianismo posterior.
Bautizado ya, y emocionado por la experiencia mística, de la que salió convencido de ser ‘Hijo de Dios' (uno más en la historia) Jesús Nazareno guió sus pasos al desierto (¿Qumrán?), donde, como es sabido por los evangelios, hizo penitencia y ‘recibió' la visita de Satanás, dispuesto a que también se humillara ante él, sin conseguirlo (Mc 1:12-13). A continuación marchó a Galilea, donde escogió a los pescadores Simón y Andrés como sus primeros discípulos, comenzando su ‘vida pública' de predicador itinerante, con el mensaje bíblico (idéntico al de los esenios): "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1:14-17). Mateo y Lucas siguen a Marcos y dejan por escrito que Jesús recorrió los pueblos y aldeas de Galilea, Judea, Decápolis y Transjordania predicando en las sinagogas y curando a los enfermos, a los poseídos por el demonio, a los lunáticos y paralíticos. Más que sus palabras, sus hechos prodigiosos atraían a la muchedumbre, que le pedían más y más milagros.
Así durante todo el tiempo de su ‘vida pública', de poco más de un año, sin casa propia, alojándose y aceptando el sustento que le daban sus admiradores ("el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza", Mt 8:20), siempre acompañado por sus doce discípulos, que, según los teólogos, representaban a las doce tribus de Israel (Mc 3:16). Pero también sabemos que el número doce era mítico, repetido en las mitologías paganas (Horus, Buda, Dionisos, Mitra y otras divinidades solares), o incluso en la mitología celta (Doce son los caballeros del rey Arturo). Todos son simbolismos de los signos del Zodiaco y de los meses del año. También pudo ser un ‘invento' evangélico el dejar establecido que fueron doce los discípulos de Jesús.
A diferencia de Juan el Bautista, Jesús no bautizaba. Ni pretendía fundar una nueva religión, como se verá más adelante. Sólo predicaba el cambio de vida, porque el Reino de Dios estaba próximo (Mc. 1:15; Lc 10:9; Mc 11:9-10). Esta idea del Reino, conforme a las promesas de la Alianza, era el mensaje fundamental que ocupaba la actividad ‘misionera' de Jesús. Aunque nunca dijera explícitamente en qué consistía ese "Reino", todos entendían que aspiraba a la liberación político-religiosa del pueblo judío. El no cumplimiento de esta profecía, que sólo advirtieron las generaciones posteriores, ha distorsionado de tal manera el mensaje de Jesús, que el cristianismo paulino sustituye la idea de un reino material y temporal (exclusivo de la tierra de Israel) por la dominante después del reino celestial y eterno. Es una de las mistificaciones de la doctrina evangélica que marcan a perpetuidad la evolución de la nueva religión (ya no secta judía) cristiana.
Con la mirada fija en los próximos acontecimientos escatológicos (el final del mundo) Jesús proclama una ética de ‘imposible cumplimiento', como afirma Piñero, porque, de cumplirse, la humanidad "quedaría aniquilada", ya que predica la hostilidad contra los bienes materiales, la marginación del trabajo y la creatividad, y finalmente el poco aprecio de los vínculos familiares (Mc 3:31-35). Pregona la radicalidad más extrema: "Si alguno viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo" (Lc 14:26). El matrimonio y la familia no serán necesarios en el nuevo Reino: "los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen". No hay que respetar a los difuntos, ni honrar a los padres: "Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos" (Mt 8:21-22). Con otras palabras: ‘Esto se acaba'. Vivid sólo para conseguir un puesto en el "Reino", cerca de Dios. Como anota el profesor Piñero, "una comunidad estable no puede regirse por estas normas propugnada por Jesús. Ponerlas en práctica con todas sus consecuencias significaría el fin de cualquier sociedad organizada". Menos mal que los anacoretas, que hicieron caso de estos consejos, ni fueron muchos ni su influencia se dejó notar en las grandes masas de la sociedad.
"Desde la vuelta del Exilio (siglo V a.C.) -escribe Piñero- se había ido formando en Israel la concepción de que un reinado de Dios era incompatible con el hecho de que el pueblo elegido estuviera dominado por príncipes extranjeros" (Guía para entender el Nuevo Testamento, Trotta, 2007). Esta idea explica la sutil negativa de Jesús a pagar el tributo al César (Mc 11:17), y la reacción acusatoria de sus enemigos, ya que "anda amotinando a nuestra nación, oponiéndose a que se paguen tributos al César" (Lc 23:2). Los romanos vieron en él un peligro político para Roma y por eso lo ejecutaron como un rebelde (Mc 15:27). Sin embargo, la postura de Jesús no exigía una victoria militar, ni hizo nada por reclutar un ejército o plantar cara al poderío de Roma. Lo que no impide ver muestras de violencia en su conducta en determinadas ocasiones, como la expulsión de los mercaderes del Templo o la incitación a comprar una espada (Lc 22:36). En todo caso, el eje central y más atractivo del mensaje de Jesús, según Mateo (5:1-12) son las Bienaventuranzas y los ‘nuevos mandamientos' de la mansedumbre, de la reconciliación, la paz y el amor (Sermón de la Montaña, Mt 5:38-48), algo que se ha predicado como la seña de identidad de los cristianos, con escaso éxito, por cierto, durante veinte siglos.(Continuará).

