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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

22 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (121)

 

Jesús el Nazareno (7)

 

 Jesús, como se ha visto, no cuestionó nunca la identidad judía. Admitió todas las normas y observancias dictaminadas por la Ley mosaica. Fue un circunciso devoto que se sabía de memoria las Sagradas Escrituras y que se creía llamado por Dios (nunca se menciona a Yahvéh) a sacar a su pueblo del marasmo político y de la corrupción religiosa en que estaba sumido, proclamando que Dios y su Reinado absoluto estaban ya cerca. Utiliza para su predicación pasajes del Antiguo Testamento, dándoles nuevo sentido, pero sin romper con la tradición y el espíritu de la Ley.  Para Piñero, "Es sólo el cristianismo posterior a Jesús el interesado en presentar al maestro como superador de la Ley en un momento en el que las disputas entre judíos y el incipiente cristianismo eran muy tensas". Para el historiador S.G.F. Brandon (The Fall of Jerusalem and the Christian Church, 1951) no hay duda de que Jesús fue "ejecutado por sedición" ya que "era un miembro del grupo zelote, y fue crucificado entre dos terroristas zelotes. Incluso tuvo un discípulo denominado Simón el Zelote" (Lc 16:15). La teoría subversiva llega al extremo de admirar a Jesús, como lo hace el comunista español José Antonio Balbontín, por ser el "padre del comunismo".  El ideal de la revolución Francesa, -Libertad, Igualdad, Fraternidad-, concluye Balbontín en el libro citado, "parece inspirado en la esencia viva del Evangelio".

Hasta su muerte, la vida de Jesús de Nazaret podía pasar como la de otros muchos judíos de su época, visionarios idealistas y levantiscos patriotas, que se creían investidos de la legitimidad mesiánica para anunciar la proximidad del reino de Dios (Juan el Bautista). En esa época, el corazón de los judíos rechazaba no sólo la dominación romana, sino también la odiada dinastía herodiana, que tantos crímenes había cometido antes del siglo I. En el año 37 a.C. Herodes el Idumeo, al frente de un ejército romano, había conquistado Jerusalén y ejecutado a medio centenar de ancianos del Sanedrín. El último rey de los judíos, Antígono, murió decapitado. En su lugar, Herodes el Grande se proclamó rey, asesinó a su esposa (princesa judía) y a sus dos hijos y antes de morir dio orden de quemar vivos a unos fariseos por haber derribado el águila romana que había colocado en el muro del Templo. Arquelao, su sucesor, provocó miles de muertos en las honras fúnebres y crucificó a unos dos mil galileos por haber incendiado su palacio en Jericó. De hecho, Galilea fue un centro de la ‘resistencia', capitaneada por Judas de Galilea (Hch 5:37). La venganza político-religiosa era el alimento cotidiano de las gentes durante la infancia de Jesús, el ‘contexto histórico' en el que se desenvolvió la Sagrada Familia.

¿Finalizó la vida mortal de Jesús en el suplicio de la cruz? El ‘sedicioso' Rey de los judíos ¿era realmente el crucificado?   La respuesta depende, por supuesto, de la fe. A ningún seguidor de Cristo se le puede insinuar siquiera esta posibilidad. Si no murió, no pudo resucitar, y por tanto "vana es vuestra fe". Pero hay historiadores que, desde una óptica puramente histórica, insinúan que pudo no haber muerto en aquella circunstancia. Por ejemplo, Michael Baigent, quien imagina un ‘complot' de Pilato y un miembro del Sanedrín, José de Arimatea,  para simular la muerte mediante un fuerte analgésico, que le haría llegar vivo a la tumba, de la que saldría después de un tratamiento:"Jesús no había muerto, pero parece que precisaba tratamiento médico urgente". (Las cartas privadas de Jesús. Últimas investigaciones y documentos reveladores sobre la muerte de Cristo, Martínez Roca, 2007).  Es una tesis parecida a la de Schonfield en El complot de Pascua. Algún médico forense, como el español Miguel Lorente, en su libro Análisis forense de la crucifixión y resurrección de Jesucristo (Aguilar, 2006), defiende la tesis de que Jesús no murió en la cruz, sino que sufrió  un coma superficial o "muerte aparente".

En cualquier caso, cierto o simulado, los evangelistas no dicen en qué lugar estuvo exactamente el sepulcro, aunque "María Magdalena y María la de Josef se fijaban dónde era puesto" (Mc 15:47), excavado en la roca, cerrado con una piedra redonda. "Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarlo" (Mc 16:1). Misterio sobre misterio, que no aclaran los evangelistas. ¿Se puede "embalsamar" un cadáver de dos días?  Si era la Pascua, y el sábado era festivo, ¿dónde consiguieron esos aceites aromáticos? ¿Y cómo iban a tocar, contra las leyes judías, un cuerpo en proceso de descomposición? Además, ¿no sabían que Pilato había puesto guardias en el sepulcro? Demasiadas dudas para creer en la veracidad del relato, que parece inverosímil. Según Mateo (28:15) corrió la versión de que sus discípulos habían robado el cadáver. Fuese cierto o no el soborno de los guardias que relata el evangelista,  la realidad es que la noticia del ‘robo' del difunto por parte de los discípulos se corrió entre la gente, hasta el punto de que Magdalena se queja: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto" (Jn 20:2). La respuesta de Lucas es equívoca: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?" (Lc 24:6). No excluye el robo, la huída, ni la ‘supuesta' resurrección.

En ambos casos la importancia del Santo Sepulcro era entonces muy secundaria para los discípulos. Tampoco lo fue para los primeros cristianos, que no se preocuparon de él hasta el siglo VI, siendo así que el judaísmo profesa gran veneración por las tumbas de los patriarcas. "Paradójicamente, era necesario el duelo para que la resurrección no pareciese una ilusión de los sentidos, el fruto de la imaginación y la desesperación de quienes saben que su maestro ha muerto, pero no saben qué ha sido de él" (Gérard Mordillat y Jérôme Prieur, Jesús contra Jesús, Algar, 2002). Este mismo autor subraya, con sorpresa, que el evangelio de Marcos termina de forma abrupta, al referirse a las mujeres, que hallaron el sepulcro vacío: "y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo". ¿De qué o de quién? ¿De encontrarlo vacío? ¿Acaso del ángel, que les anunció "no está aquí, ha resucitado"? Mateo aclara que corrieron a contarlo "con miedo y gran gozo", porque aún vivía (28:8). La mención del sepulcro indica, desde luego, que allí estuvo depositado (¿por cuánto tiempo?) el cuerpo de Jesús.

Según Mateo, "José de Arimatea tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro nuevo" (27:59). También Marcos y Lucas dicen  que Arimatea compró una sábana y con ella envolvió el cuerpo. En cambio, Juan escribe que "lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar". Pero después agrega que, al llegar Simón Pedro "ve las vendas en el suelo y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte" (Jn 20:7). ¿Por qué esta descripción minuciosa? ¿Qué podía significar que el sudario estuviera doblado? ¿Por qué los demás evangelistas no mencionan las vendas? Todo favorece la explicación del ‘robo' del cuerpo -inconsciente o muerto- porque se necesitaban al menos dos personas para el traslado, y quizás una tercera, muy cuidadosa, para doblar el sudario. Las vendas, en cambio, manchadas de sangre, habían sido tiradas al suelo por ser impuras para un judío. La noche y la soledad favorecieron la operación Hay que precisar que, según la ley judía, un ajusticiado no podía compartir con otros cuerpos el sepulcro para no contaminarlos, como comenta la Biblia de Jerusalén para justificar la frase evangélica. (Continuará).

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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