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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

24 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (122)

 

Jesús el  Nazareno (8)

 

En realidad, sobre el lugar de la primera sepultura  sólo caben conjeturas. Los discípulos, que no se ocuparon del cadáver según los evangelios, nada sabían del lugar. "Al parecer, tampoco lo sabía la primera comunidad. Pues, a la vista del significado de las tumbas de los santos, se puede presuponer que, de haber conocido la tumba de Jesús, los primeros cristianos la habrían venerado y habrían conservado tradiciones sobre ella"  (Gerd Lüdemann y Alf Özen, La resurrección de Jesús, Trotta, 2001). Y sabemos que eso no ocurrió hasta pasados trescientos años. Por cierto, el turista que visita Jerusalén se encuentra con una sorpresa. Existen ‘dos' sepulcros. Uno, custodiado por católicos y ortodoxos, en una iglesia redonda, de 18 columnas bajo una cúpula. Otro al norte de la Puerta de Damasco, esculpido en la roca, detrás de la llamada ‘Colina de la Calavera', que visitan los protestantes desde finales del siglo XIX. Muerto o no, el cuerpo hubo de estar ‘yacente' en algún lugar de Jerusalén.

 La idea de un Jesús ‘redivivo', sea por ‘sustracción', por ‘sustitución' por ‘coma superficial' o incluso ‘por arte de magia', dio lugar a la rivalidad entre los citados lugares de Cachemira o el pequeño valle japonés de Shingo, donde podría haber terminado sus días el Jesús de la historia. Los restos, sin embargo, podrían haberse quedado en Jerusalén (aunque no en los sepulcros ‘oficiales'), si fueran ciertos los osarios descubiertos en el barrio de Talpiot, con inscripciones  relativas a una familia judía del siglo I, en las que aparecen nombres tan usuales como Jesús, María, Josef, Mateo, Judas, etc. "Si Jesús fue sepultado junto a sus familiares...significa que su muerte no fue violenta ni dramática", advierte con sorpresa John Parsons, su reciente descubridor, un arqueólogo del Departamento de Antigüedades de Israel. Sin embargo, las pruebas de ADN realizadas a los pequeños restos biológicos encontrados en los osarios demuestran que los presuntos miembros de esta familia no estaban emparentados entre sí. Por último, aún resiste a la investigación la teoría de que los restos mortales de Jesús fueron encontrados bajo el Templo de Jerusalén, por los caballeros Templarios, en el siglo XII (Lynn Picknett y Clive Prince, La revelación de los templarios, Martínez Roca, 199).  En todo caso, son demasiados sepulcros para un solo cadáver.

Uno de los comentaristas favorables a la idea del rapto por parte de los discípulos insinúa que el cuerpo muerto fue trasladado, "probablemente dentro de un saco, y con la cobertura de los cincuenta kilos de mirra y de áloes repartida alrededor del cuerpo para quitarle toda forma humana. Una carreta, forraje, dos personajes ...todo eso no tenía nada de sospechoso...Tomaron discretamente el camino de Samaria, donde Jesús había tenido siempre amigos...terminando en el pueblo de Sebasta pasado el mediodía" (Richard Ambelain, Jesús o el secreto mortal de los Temparios, Martínez Roca, 1982). En ese lugar de Samaria, citado por Isaías (10:28) y Samuel (I, 14:2) fue depositado, según este autor, el cuerpo de Jesús. Mucho más tarde, el emperador Juliano habría mandado abrir aquella tumba, quemar sus restos y dispersar sus cenizas al viento. Aunque la incineración de los restos humanos por orden del emperador (año 326) es cierta, para el investigador alemán Joachim Jeremías, que los restos fueran de Jesús "es pura leyenda".

No son las únicas hipótesis sobre la fortuna (¿) del cuerpo muerto del Nazareno. La cuestión verdaderamente importante para el cristiano es: ¿murió o no murió en la cruz? Últimamente está imponiéndose la teoría de que Jesús de Nazaret no murió en el patíbulo del Gólgota. Bien porque fuera ‘sustituido' por otro personaje, bien porque seguía vivo durante el descendimiento, recuperándose posteriormente, aunque pasando por la oscuridad del sepulcro. Para Robert Ambelain, "hay que admitir que fue Simón, llamado de Cirene, quien tomó su lugar en la cruz" (Los secretos del Gólgota, Martínez Roca, 1986). La hipótesis del autor es, desde luego, imaginativa, pero sin respaldo documental. Su condición de experto en ocultismo y sociedades secretas le hace aventurar la hipótesis de que Jesús pudo huir durante su traslado al patíbulo, en una revuelta de zelotes, liderada por Simón, que fue apresado por los romanos, "quienes inmediatamente después le crucificaron en lugar de Jesús". Pero el Nazareno fue preso poco después, en otra redada,  y culminada su crucifixión en el Monte de los Olivos. "De esos dos procesos se intentó realizar un solo relato, con el fin de ‘escamotear' la evasión", bastante enojosa en un ‘hijo de Dios', comenta. Entre ambas detenciones habrían transcurrido seis semanas. Tras la muerte, los legionarios romanos echaron el cadáver de Jesús a la ‘fossa infamia', la fosa común de los ajusticiados. (Richard Ambelain, Jesús o el secreto mortal de los templarios, Martínez Roca, 1982).  Un autor, Jon Crossan, que tuvo la genial idea de insinuar que el cuerpo muerto de Jesús fue devorado por perros salvajes, en ¿Quién asesinó a Jesús?, fue inmediatamente excomulgado por la Iglesia católica.

Aquí no termina la fabulación. Basándose en escritos de Hipólito de Tebas y de Josefo el Eclesiástico, Ambelain ‘resucita' la idea de que Jesús tenía un hermano gemelo, de antiquísima tradición en los evangelios apócrifos, que identifican con el apóstol Tomás Dídimo, que significa ‘gemelo'.  Dando por supuesto que el cuerpo de Jesús había sido arrojado a una fosa común, sin posibilidad de recuperación,  "para explicar las ‘apariciones' póstumas no nos queda ya más explicación que la de un compinche que hubiera hecho este papel, en este caso su hermano gemelo, cuya existencia, si no su papel, no puede ponerse en duda" (Los secretos del Gólgota, Martínez Roca, 1986). Para justificar la base de sus suposiciones, aclara en nota a pie de página que "El papa Gregorio I, llamado el Magno (santo), que reinó del año 590 al 604, fue quien mandó quemar los archivos del antiguo Imperio romano, sin duda por prudencia, ya que a través de ellos sabríamos mucho más sobre Jesús". Para mayor sorpresa del lector, añade que las Iglesias orientales, en los comienzos del cristianismo, veneraban a Pilato como benefactor del líder nazareno, a quien ayudó a huir,  ya que, tanto la copta como la griega santificaron a Pilato y a su mujer Claudia, basados en tradiciones no confirmadas. (Un paréntesis sarcástico: Pilato era un ¡santo sevillano! Pues habría nacido en Sevilla, donde vivía su padre Marco Poncio, a las órdenes de Agripa Marcelo. ¿Quizás en Itálica? ¡Qué pequeño es el mundo!).

En estos momentos llega mis oídos el Réquiem de  Mozart y pienso en ese lacerado judío cuyo cadáver ha sido traído y llevado sin contemplaciones, por unos y otros pretendidos investigadores, como pieza de trofeo, más por propia vanagloria que por deseo de encontrar la verdad. Acostumbrado desde la niñez a ver las imágenes doloridas del Nazareno y a rezarle ante su cuerpo magullado y crucificado, siento una lástima infinita , no por él, que ya no puede sufrir más, sino por mí y por los infinitos que, como yo, han creído ver a un Dios omnipotente en ese cuerpo doliente suspendido en un madero. ¡Qué ignominia para la razón! ¡Qué insensata credulidad! ¡Qué delirante superstición! Pero al mismo tiempo ¡cuántas emociones dominantes y avasalladoras en los que viven profundamente la fe en el crucificado! ¡Qué locuras en nombre de la cruz! ¡Qué sentimientos de bondad, altruismo y amor! ¡Qué derroche de caridad en su nombre! ¡Cuánto sacrificio con la mirada puesta en ese futuro feliz que nunca llegará! A todos nos empuja el deseo y la esperanza de la felicidad. Muchísimos la encuentran en la fe cristiana. Ya no es mi caso. Yo la encuentro ahora en la búsqueda de la verdad, sin despreciar las creencias ajenas. Cada cual es el artífice de su felicidad. (Continuará).

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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