OJOS QUE NO VEN (124)
Jesús el Nazareno (10)
Aunque se pudiera hallar alguna evidencia arqueológica sobre los restos de Jesús, queda en pie el ‘enigma' de la Magdalena. ¿Por qué esa saturación de imágenes de la santa en la iglesia de Rennes-le-Chateau? ¿Por qué los nombres de "Betania" y "Torre Magdala"? Son varias las leyendas medievales sobre la suerte que corrió María Magdalena después de la desaparición terrena de Jesús. La más antigua la sitúa en Éfeso (Turquía) en compañía de María, la madre de Jesús, que, para la Iglesia católica desde hace bien poco, ‘subió' en cuerpo y alma a los cielos, por privilegio de su Todopoderoso Hijo. La supuesta tumba de la Magdalena fue muy venerada en Éfeso a partir del siglo VI. El Patriarca de Jerusalén, Modesto, que murió en el año 634, afirma que allí estuvo y murió martirizada. Otra leyenda la muestra en desacuerdo con los apóstoles, quienes la abandonaron en una barca sin vela ni remos, condenada a morir ahogada, por ‘gnóstica' y ‘feminista'. Un milagro la salva y la hace desembarcar cerca de Marsella, al sur de la Galia romana, donde no sólo fue bien acogida sino que consiguió la santificación haciendo penitencia, como la suelen pintar casi todos los artistas, porque el arrepentimiento es básico en la moral de los cristianos.
Francia es el país que más reliquias conserva de María Magdalena, y donde se conserva su (pretendida) cabeza, que todos los años sacan en procesión en el pueblo marítimo de Les Santes Maries de la Mer, por suponer que fue allí donde desembarcó la santa, acompañada por Maxime, futuro obispo de Aix-en-Provence y por su hija Sara, la Kali (negra) hoy patrona de los gitanos, nacida en Alejandría, según san Gregorio de Tours, obispo de Vézelay en el siglo VI, en su obra De miraculis. Del padre de Sara no dice ni palabra. Lo cierto es que también en la capilla románica de la catedral de Vézelay se veneran los últimos restos (según dicen) de María Magdalena. Pero no hay que asombrarse. Las reliquias de los santos se multiplicaban en la Edad Media y eran motivo de rivalidades, más que supersticiosas, ingenuas y absurdas. Casi todas en Francia, donde el culto a la discípula amada de Jesús se evidencia en los iglesias puestas bajo su advocación, durante el siglo XI, en Verdún (1004), Bayeux (1027), Bellevault (1034), Le Mans (1040), Reims (1043) y Besançon (1049). Son bellísimas las vidrieras de la románica catedral de Chartres (siglo XII), una de las cuales refleja la leyenda del desembarco de la santa en Provence, su muerte y entierro presididos por el obispo Maximin.
En el siglo XIII eran cinco las tumbas que se disputaban los restos de la Magdalena, a los que hay que añadir los innumerables trozos pequeños de ‘dudosa' procedencia. Pero en Roma también se venera, en San Juan de Letrán, el (supuesto) cuerpo descabezado de la santa. Un dedo se exhibe en la catedral de Exeter (Gran Bretaña) y un mechón de su cabello en la catedral española de Oviedo (Juan Arias, La Magdalena. El ültimo tabú del cristianismo, Aguilar, 2005). No sería posible un culto tan extendido si no hubiera tenido una ‘especial' relación con Jesús de Nazaret. ¿Prostituta, como dijo de ella el papa Gregorio Magno en el siglo VI? ¿Virgen y mártir? ¿Esposa o amante de Jesús? ¿Quizás La novia olvidada (Zenit, 2007) como sugiere Margaret Starbird? Hay tantas apuestas que no sería sensato inclinarse por una, aunque persiste la tradición de ser la madre de una hija de Jesús, cabeza del linaje merovingio de Francia, descabellada tradición cuya llama se mantiene viva a través de los siglos. Su descendencia sería, según J.L. Gutiérrez, El legado de María Magdalena (2005).
El ‘secreto', sin embargo, aún no ha sido desvelado, aunque los investigadores se van acercando cada vez más, dando una explicación coherente a la insólita devoción de Francia por la Magdalena, especialmente en el sureño Languedoc. Hace escasos meses, el investigador británico Ben Hammot y el director de cine Bruce Burgess, dieron a conocer un revelador documental, con el título de Bloodline ("Línea de sangre"), en el que exponían los sensacionales hallazgos realizados en una gruta de Rennes-le-Chateau. Provistos de una cámara fotográfica adecuada hicieron fotos del contenido de esa cavidad: una gran cruz de madera, un saco con una estrella de David, pergaminos, cofres y cajas que contenían cálices y monedas, además de una tumba con restos de una mujer. Para Hammot, se trata de una cavidad usada por los templarios como escondite, antes de ser arrestados en 1307. En otro escondrijo (en el ‘Sillón del Diablo', en Rennes-le-Bains) se encontraron cuatro botellas verdes, en cuyo interior había varios documentos del siglo XIX, escritos por el propio abad Saunière, según confirmaron los análisis grafológicos pertinentes.
En otra oquedad, cercana al Château de Blanchefort, un baúl, datado en el siglo XV por la Universidad de Oxford, con una redoma de vidrio en cuyo interior se halló la más sorprendente confesión del abad: "La resurrección de Jesús es una broma; fue María Magdalena la que sacó su cuerpo de la tumba. Sus discípulos lo encubrieron con la mentira. Más tarde, el cuerpo de Jesús fue hallado por los templarios y escondido por tres veces. La tumba está aquí. Algunas partes de su cuerpo están a salvo...Los enemigos no son los herejes, sino la Iglesia de Roma. He abandonado mi falsa iglesia, he renunciado. He hecho lo que he hecho para preservar el secreto. En el futuro tal vez llegue el momento de revelarlo". Nada pongo ni quito de mi cosecha. Como lo leí lo transcribo. Estoy a la espera de la última ‘revelación'. La que cambiaría de un solo golpe la historia de la cristiandad. ¿Está aquí la tumba de la ‘familia sagrada', Jesús, Magdalena y Sara?
Porque la importancia es extrema si nos referimos a Jesús de Nazaret, a su relación sexual con la Magdalena y a su desconocida hija. No sólo para la religión cristiana, sino también para la historia política francesa. Prescindiendo de la fe en la resurrección, Jesús pudo haber muerto en Jerusalén, en el Extremo Oriente, en Egipto o en cualquier otro lugar, hasta hoy no localizado. Pudo haber acompañado a la Magdalena en su periplo por el Mediterráneo, con sus cenizas en una urna, o bien fallecer de muerte natural en Francia. En cualquier caso, Magdalena, según la leyenda, llegó embarazada a las costas de Marsella, llevando en sus entrañas el ‘fruto' de Jesús de Nazaret, una niña que, según la tradición, llegó a emparentar con la dinastía francesa de los merovingios. Su vientre sería, pues, el "Santo Grial", la "Sang- Real" que estaría destinada a ocupar el trono de Francia. Esta es la inverosímil tesis de la novela, y posterior película, de Dan Brown, El código da Vinci, que tanto ha dado que hablar en estos últimos años.
Aquí queda recogida porque es una salida más, sin duda, al secreto de la tumba y de la supuesta descendencia de Jesús. Que sería, por tanto, para Brown, el auténtico ‘secreto' de los Templarios, constructores de la mayoría de las basílicas dedicadas a la Magdalena, que después conservarían como propio algunas sociedades secretas, como la masonería o el Priorato de Sión. Por ello, afirman Picknett y Prince, "la clandestinidad herética del sur de Francia era y es, primordialmente, un culto a la Magdalena, que no a Jesús" (La revelación de los templarios, Martínez Roca, 1998). Para esta pareja de investigadores, la extrañeza del visitante de Rennes-le-Chateau se esfuma en cuanto comprendamos que Juan el Bautista era el "santo patrono tanto de los caballeros templarios como de los francmasones" y que "lejos de ser una obsesión personal, la devoción especial de Saunière por la Magdalena se revela efectivamente como parte de la Gran Herejía Europea".
Esta herejía enlazaría los nombres del Bautista y de la Magdalena: el primero como el principio, bautizando a Jesús, y la segunda, ungiéndolo con el aroma de nardo ("Alfa y Omega" del gnosticismo). Según este libro, Jesús vivió y aprendió en Egipto las artes de la magia, como veremos, y la Magdalena era "una sacerdotisa de Isis, que fue compañera sexual de Jesús". Lo predicado por Jesús no sería sino una reedición de la mitología egipcia. Los primeros caballeros templarios procedían todos del Languedoc francés, eran devotos de la Magdalena, y postularon por Europa el culto a Juan Bautista. El hallazgo del abad Saunière no haría sino confirmar que Rennes-le-Château era el centro de la ‘nueva espiritualidad' europea, contraria a la doctrina cristiana. La imaginación trabaja, pero es la ciencia la que tiene la última palabra, si fuese posible llegar a ella. (Continuará).

