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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

28 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (126)

 

Jesucristo (2)

 

A la luz de tan autorizados comentarios protestantes, en las antípodas de la teología católica, no puede quedar duda del abismo doctrinal en que vive inmerso el cristianismo de hoy, que encierra la semilla de su destrucción desde sus orígenes. La ‘invención' de Jesucristo, por muy bienintencionada que esté, no puede ocultar su fragilidad al tratarse de un fraude, que, a la larga, se alzará contra su misma existencia. Estos ‘inventores', llámense profetas, como en el Antiguo Testamento,  evangelistas o apóstoles, como en el Nuevo, no idearon nada original. Hay quien, como la egiptóloga Claude-Brigitte Carcenac, encuentra sus huellas en el Egipto faraónico (Jesús, 3.000 años antes de Cristo, Plaza-Janés, 1987), algo normal, ya que "una idea común a todos los sistemas teológicos establece que en la época prehistórica gobernó un dios" y los paralelismos se pueden encontrar con facilidad entre las doctrinas egipcias y las judías, "hasta el punto de que los rasgos divinos que los egipcios atribuían a los faraones, fueron aplicados por los israelitas al rey de Justicia que esperaban". Los aspectos más sobresalientes del nacimiento de Jesús, de la circuncisión (rito judío tomado de los egipcios), las ideas egipcias sobre la resurrección y la vida eterna, la filiación divina de los faraones, el descenso a los infiernos (tema extraño al judaísmo, pero presente entre los egipcios), la resurrección simbólica, todos son lugares comunes entre ambas doctrinas. Osiris, muerto y resucitado, es el antecedente más citado de la historia mistérica de Jesucristo.

Según el gran psicoanalista Carl Jung, discípulo de Freud, "Cristo no es tanto un hecho histórico como un hecho psicológico que tiende a ocurrir por sí mismo". La universalidad del mito se debe a que es un arquetipo de la psique profunda, impreso en el inconsciente colectivo, ente invisible y universal del que Jung se preguntaba si no sería lo mismo que la palabra Dios para los místicos. En su obra Los misterios de Jesús (Grijalbo, 1998), Timothy Freke y Meter Gandy, estudian las asombrosas coincidencias de la vida de Jesucristo con el mito básico de los dioses sacrificados. Todos ellos se presentan como el ‘Salvador' de los hombres; todos nacen de una ‘madre virgen', casi siempre en fecha única (el 25 de diciembre, solsticio de invierno); su nacimiento fue anunciado por una estrella: recibieron la visita de unos magos que les rindieron honores con los mismos presentes simbólicos: oro, incienso y mirra; fueron bautizados en un rito iniciático; realizaron el prodigio de convertir el agua en vino; asombraron por sus ‘milagros', curación de enfermos, calmar las aguas tempestuosas, multiplicación de los alimentos; tuvieron un grupo escogido de seguidores; fueron aclamados por la multitud como reyes; murieron asesinados o sacrificados y resucitaron al tercer día; sus discípulos celebran un ágape ritual de unión; y finalmente, esperan su vuelta ‘para juzgar a los hombres' y fundar una Edad de Oro de la Humanidad. Recomiendo la lectura de este libro de mitología comparada, que hará ‘abrir los ojos' a más de un crédulo supersticioso.

Existe, por tanto, un modelo básico que se repite en cada caso. La primera Sagrada Familia es egipcia (Osiris, Isis y Horus); la Inmaculada Concepción es una variante del mito de Isis y Osiris (Horus es procreado sin intervención del sexo); la primera Eucaristía fue la comunión de Osiris con pan y cerveza; el primer Dios Hijo, Salvador de los hombres  fue Osiris, fundido en un único ser con el Dios Padre (Ra). Naturalmente, también existen mensajes de originalidad en la doctrina de Jesucristo, que dejan en la mente de los oyentes o lectores una atractiva esperanza de felicidad, sobre todo cuando es retomada y ‘reinventada' por Pablo. La verdad es que nada sabemos con certeza sobre lo que Jesús de Nazaret dijo realmente, porque todas las frases que se le atribuyen, tanto en las fuentes canónicas como en las apócrifas, son reinterpretaciones y modificaciones, traducciones y copias interesadas. La "Buena Nueva" es el resultado final de una reelaboración constante de cuantos creyentes tuvieron en sus manos la posibilidad de ‘adornar', ‘explicitar' y ‘pulir' el mensaje inicial de Jesucristo. Un teólogo nada sospechoso, como Julio Trebolle, Director del Instituto de Ciencias de las Religiones de la Universidad Complutense, no tiene reparo en escribir que "Pablo hace una interpretación escatológica y cristológica del Antiguo Testamento...Acude a la Escritura para encontrar explicación al misterio que se ha revelado en Cristo...Más que citar o comentar textos, Pablo elabora una nueva formulación teológica de las antiguas tradiciones bíblicas...y establece el ‘modelo' de interpretación cristiana del Antiguo Testamento" (La Biblia judía y la Biblia cristiana, Trotta, 1993).

Lo mismo ocurre en los  textos posteriores, como el evangelio de Marcos, que "otorga autenticidad a lo que no es sino una impresionante ficción legendaria...que distorsionó radicalmente y adulteró tanto la figura como la andadura del Nazareno, al sustituir al Jesús de la historia por el Cristo de la fe" (Gonzalo Puente Ojea, El Evangelio de Marcos, Siglo XXI, 1992). Entre otras aclaraciones, el autor precisa que: "Lo distintivo de este género es que subordina y adapta el soporte historiográfico aducido, a un molde dogmático preciso. No se propone simplemente dar a conocer, como es lo propio de un historiador que controla sus fuentes, sino sólo dar a conocer ciertas cosas de cierta manera... las cuales altera en virtud de un trabajo de selección, adición, interpolación y redacción orientado en función de una interpretación teológica...no se trata, en rigor, de dar a conocer, sino de enseñar o inculcar una tesis teológica que se profesa como verdad revelada".  Con mucha más razón puede decirse lo mismo de los ‘escriptorios' medievales, todavía carentes de los escrúpulos científicos de los teólogos modernos. Aún así, quede constancia, por mi parte, de lo que he afirmado en otras ocasiones: La teología no puede ser una verdadera ciencia, ya que está sometida a una doctrina y carece de la necesaria libertad para exponer teorías contrarias, o simplemente diferentes.

La idea de un ‘hombre divino' resucitado no era tan extraña en un mundo tan ideologizado y supersticioso, que creía a pies juntillas en ‘otro' mundo invisible, con ángeles y demonios, viajes celestes y apariciones de seres sobrenaturales, donde los ‘milagros' estaban ‘a la orden del día', con santones curanderos y milagreros, como Apolonio de Tiana y Simón el Mago. Unos decían que Jesús resucitado podía atravesar las paredes (Lc 24:36-37), pero otros lo vieron comer (Jn 21:12). A pesar de las contradicciones, la fe era inconmovible: Gracias a la ‘resurrección', Jesús, el Hombre-mesías fracasado, iba a cumplir su misión, porque Dios-Padre lo había salvado de la muerte. Poco a poco, la actividad misionera de los discípulos ‘helenizados', expulsados de Jerusalén (Hch 8:1-2) consiguió extender la Buena Nueva por otras regiones: Samaría, Joppe, Lida, Cesarea, Fenicia, Chipre y finalmente Damasco y Antioquia, todas habitadas por hablantes de lengua griega. "Precisamente en una de estas comunidades judeo-helenísticas se produjo el cambio de nombre de la nueva secta judía: de "nazarenos" empezaron a ser llamados "cristianos" o "mesianistas" (Antonio Piñero, Guía para entender el Nuevo Testamento, Trotta, 2007).

Recuerda Piñero que este ‘extraño' proceso misionero de incorporación de gentiles a una Alianza propia del pueblo judío, estaba ya anunciada y proclamada por los profetas de Israel desde la época del exilio (Is 58:1-8; 60:3-7;66:18-24 y Miq 4). Para los cristianos gentiles Cristo era el mismo Apolo, y como a tal le rindieron culto. El papa Silvestre I, en el Concilio de Nicea (325 d.C.), ordenó cambiar algunos textos evangélicos para que el cristianismo fuera acepado por los romanos (como la abstinencia de carne y bebidas alcohólicas) por medio de ‘correctores' que acomodaran la doctrina al mundo pagano (Xavier Musquera, El triunfo del paganismo, Espejo de Tinta, 2007). "De este modo algunos, quizás muchos gentiles participarían también de la gloria futura del Israel mesiánico". Esta idea motriz es la que explica toda la labor de Pablo de Tarso, consagrado por entero a la predicación entre los gentiles. Nombre éste , Saulo (después Pablo) de Tarso, absolutamente imprescindible para el conocimiento cabal de la ‘nueva doctrina' que cambiaría el rumbo de la historia. (Continuará).

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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