OJOS QUE NO VEN (127)
Jesucristo (3)
Sobre la biografía del apóstol converso Pablo, san Pablo para los cristianos, no hace falta profundizar mucho, porque es bastante conocida. Sobre todo su condición de fariseo devoto, perseguidor de los primeros cristianos y después convertido en el más firme defensor de la creencia en Jesús Nazareno como verdadero Hijo de Dios, Salvador y Redentor del género humano. Tendría unos quince años más que Jesús, a quien no conoció personalmente (2Cor 5:16) y sabía de memoria las Escrituras. Según Piñero, la ‘conversión' (o ‘llamada' según sus palabras), tuvo lugar unos tres años después de la muerte de Jesús. Esa ‘visión' o ‘revelación', propia según los psicólogos, de una grave enfermedad epiléptica, lo transformó de tal forma que sus palabras y sus obras no sólo fueron determinantes para el futuro del cristianismo (Gál 1:13-14 y Hch 9:28-29), sino que sentaron las bases de una teología nueva, la que sustituye el mensaje de Jesús sobre la inminencia del Reino (judío) en un mensaje de salvación universal. Sustituye al "Hijo del Hombre" por "Hijo de Dios", y sobre todo por el título de "Señor", reservado antiguamente a Dios. "La salvación debía ser abierta, comenta Piñero, para todos, porque por ese tiempo era doctrina ética muy difundida por los estoicos la sustancial unidad e igualdad del género humano". Pablo evita los títulos de "Mesías", "Ungido" o simplemente "Cristo", para usar, como hemos visto, el de Señor y el combinado que ha prevalecido con los tiempos: Jesucristo.
El catedrático Antonio Piñero, tan buen conocedor de la época, expone una brillante idea para explicar la rápida y amplia difusión de las nuevas doctrinas paulinas en las tierras bañadas por el Mare Nostrum. Los paganos "temerosos de Dios", pero que no se habían circuncidado ni tenían intención de hacerlo, constituían el campo virgen de la actividad apostólica de Pablo, que tuvo que ingeniárselas para convencerlos. "Su esfuerzo, dice Piñero, puede compararse al de un buen vendedor que intenta colocar su producto en un mercado nada fácil...donde pululaban otros vendedores de ideas religiosas: seguidores de los Misterios, filósofos que buscaban adeptos para sus escuelas, predicadores ambulantes de religiones orientales, etc. A todos ellos opuso Pablo un mensaje denso pero simple a la vez: todo lo que aquellos prometían lo ofrecía Jesucristo mejor, más sencillo y...gratis". Todos buscaban la salvación futura, la inmortalidad, que es anhelo congénito de todo humano. Pero las religiones paganas exigían la "iniciación en los Misterios" de las diversas divinidades ‘salvadoras' (Isis, Deméter, Adonis, Mitra, Serapis...) y estos rituales eran muy costosos, a veces duraban meses (por ejemplo, en Eleusis) y había que pasar mucho tiempo fuera del hogar en casas de huéspedes, teniendo que pagar, además, los gastos del santuario. Pero llega Pablo y ofrece la salvación sin moverse de casa y gratis, con extrema facilidad. El éxito estaba asegurado.
Situándose en el polo opuesto del judaísmo, Pablo asegura que la Ley de Moisés no tiene ya ninguna eficacia salvadora. Jesucristo ha venido para sustituirla por la "ley del amor", la circuncisión por el bautismo, que perdona los pecados, y los ritos paganos por la eucaristía. El Salvador se ha encarnado y sacrificado para expiar todos los pecados, pasados, presentes y futuros: "Cristo murió por nuestros pecados" (1Cor 15:3). (¿Hay mayor comodidad?). La contrapartida es sencilla, para las almas simples: basta creer con ‘fe ciega' que Jesucristo es Dios, que nos ama y que nos llevará a la eterna felicidad si le somos fieles. Ya la "alianza" no es de obediencia sino de fe y de amor (Gál 2:15-21; 5:13-14; Rom 3:21-31). Este Salvador es de naturaleza sustancialmente divina (1Cor 2:8), Flp 2:6-9; Gál 4:4-6) que, aun siendo el Mesías, no completó su labor redentora hasta después de la resurrección. "La doctrina de la ‘justificación por la fe', dice Piñero, fue una gran revolución teológica en su tiempo".
A pesar de todo, Pablo no piensa que está fundando una nueva religión; pues sigue siendo fiel a la Escritura sagrada. Para él, el cristianismo es solamente una ‘renovación' del judaísmo bíblico. La Ley antigua cumplió su función hasta que vino Jesucristo, el Salvador, que nunca se propuso liquidar la antigua Ley. El cristianismo es el único judaísmo posible, pero, de hecho, a partir de la predicación de Pablo, y quizás sin él ser consciente de ello, aparece una ‘nueva religión'. Entonces, ¿quién es el fundador del cristianismo, Jesús o Pablo? Según Piñero, "no hubo, ni pudo haberlo, un único fundador", la doctrina ‘se fue haciendo' entre todos y duró varias generaciones. Aunque Pablo, desde luego, es el primer gran teólogo del cristianismo, porque antes de la cruz no hay cristianismo: Jesús no "pudo ser el fundador del cristianismo, ya que éste nace más tarde que él" (Piñero). Saulo-Pablo fue el hombre que "creó a Jesucristo", el "fundador" del cristianismo, con varios ‘secretos' en su haber, como su parentesco con el rey Herodes el Grande (nieto por parte de padre) y su participación en el martirio de Esteban y presuntamente en el más luctuoso recuerdo de la historia de Roma, ya que fue "el verdadero responsable del incendio de Roma, obra de cristianos fanáticos", que inculparon a Nerón (Robert Ambelain, El hombre que creó a Jesucristo. La vida secreta de san Pablo (Martínez Roca, 1985).
Además, la doctrina varía. La de Pablo supone un "corte radical" con la de Jesús. Para empezar, siguiendo en esto a Piñero, "Jesús se veía a sí mismo como un ser humano normal, aunque con una relación especialísima con Dios; Pablo, por el contrario, hace de Jesús un ser divino pre-existente... El personaje que comienza a poner los cimientos de la nueva religión es Pablo de Tarso y no Jesús de Nazaret". El estudio del entorno social y político, religioso y escatológico en el que se desarrollan los acontecimientos evangélicos hace concluir al insobornable catedrático que "una de las grandes tareas que tiene ante sí la teología del siglo XXI es encarar el problema del hiato entre lo que fue Jesús y lo que de él se dijo.
El ‘credo' de la Iglesia tiene poco que ver con el ‘credo' del Jesús histórico y eso debe ser explicado claramente en las clases de teología". Es un torpedo dialéctico en la línea de flotación de la Iglesia católica, que deberá afrontar en el futuro. Sobre todo si, como dicen algunos estudiosos, los Evangelios, sean canónicos o apócrifos, no cuentan toda la verdad. Existen, al parecer, otros evangelios ‘secretos', doctrinas misteriosas guardadas celosamente y hace poco desveladas y comentadas por la Gran Logia Suprema de los Rosacruces, que se creen los depositarios, a través de sucesivas sociedades secretas, de las ‘verdaderas' enseñanzas de Jesucristo (H. Spencer Lewis, Las doctrinas secretas de Jesús, 1979, y Martin W. Meyer, ed. Las enseñanzas secretas de Jesús, Crítica, 1986). Por lo visto, no es suficiente el enredo doctrinal de los textos ‘oficiales' del cristianismo y se necesitan algunos más para terminar de aniquilar en los humanos el deseo, nunca satisfecho, de saber con exactitud qué sentido tiene la vida y cuántas doctrinas ‘salvadoras' ha conocido la historia, en especial, la de Jesucristo-Pablo.
No obstante, el secretismo, que acompaña siempre al hombre intrigante, no se para en la mera salvaguardia de una doctrina de salvación. A lo largo de toda la historia del género humano han existido ‘sociedades secretas' que, relacionadas o no con el poder político, han pretendido no sólo suplantar sino casi siempre exterminar todo vestigio de los dioses y de las religiones, muy en especial las establecidas en Occidente sobre la fe y la moral del cristianismo. Pienso, por ejemplo, ahora tan de moda, en los Illuminati del siglo XVI o en el Priorato de Sión, tan relacionado con la descendencia carnal de Jesucristo (Luis Miguel Martínez Otero, El Priorato de Sión. Los que están detrás, Obelisco, 2004). Según otros autores, se trataría de una "religión secreta" que nació en el antiguo Egipto y que ha llegado hasta nuestros días, a través del gnosticismo, el hermetismo, el catarismo, la Orden de los Templarios, Illuminati, Francmasones y Rosacruces, a los que se deben responsabilizar de las grandes catástrofes sociales, que han intentado cambiar el rumbo de la historia (Robert Bauval y Graham Hancock Talismán, Martínez Roca, 2008). Para estos autores, el ‘sello' de estas ‘sociedades secretas' ha dejado su huella incluso en las grandes urbes como Washington, Nueva York, Filadelfia o París. La fantasía no tiene límites. (Continuará).

