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La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

31 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (129)

 

Jesucristo (5)

 

Jesús el Nazareno nunca pudo pensar en sí mismo como el Dios que habría de ser adorado durante más de veinte siglos por millones de fieles creyentes en su divinidad como la Segunta Persona de un Dios trinitario, idea herética para el judaísmo que profesaba. Ni en la posibilidad de perdonar los pecados de nadie, ni en fundar ninguna Iglesia (palabra, por cierto, que no aparece en los evangelios), ni en ser el Sumo Sacerdote de ningún rito nuevo (recordemos que los ‘sumos sacerdotes' lo enviaron al patíbulo). Ni nunca oyó la palabra mágica, inventada por Pablo: Jesucristo. Lo que sí fue creciendo en su mente, una vez bautizado, era la convicción de ser el Mesías esperado por los hombres de Israel. Sin esta creencia no se podrá entender ni la entrada triunfal en Jerusalén ni la crucifixión, ni su posición política, que no se puede separar de su mesianismo religioso. Jesús creía firmemente que su generación sería la última (Mc 13:30), idea incompatible con la adscripción a una organización de larga andadura, porque el "Reino de Dios" estaba ya cerca.  

Se vio a sí mismo como ‘mensajero' de Yahvéh. "Sólo siete textos, asegura Piñero en su Guía, afirman que Jesús es Hijo de Dios, pero en ninguno habla de sí mismo". Es más, con modestia, enseña que "sólo Dios es bueno" (Mc 10:18). Tampoco es él, en su supuesta condición de Hijo de Dios, quien reparte los lugares en el Reino, sino el Padre (Mc 10:40), a quien invoca en diez ocasiones, y a quien se entrega con una confianza absoluta, la misma que pide a quienes le escuchan. El apóstol Pedro, llamado a la jefatura de la Iglesia, expone en su primer discurso a los judíos: "Tenga por cierto toda la Casa de Israel que Dios ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado" (Hch 2:32-36).

No son las palabras que se dirían si realmente Pedro tuviera conciencia de estar hablando del mismo Dios-Yahvéh, Creador y Omnipotente dueño de todo lo creado. El proceso de ‘reinterpretación' de la figura humana de Jesús para transformarla, por medio de la ‘resurrección', en la divina de Jesucristo, es obra indudable de Pablo, como es sabido. Pero este proceso no es pacífico ni sencillo, como también sabemos. La cierta escisión de los primeros cristianos en "hebreos" y "helenistas", según la nomenclatura de Antonio Piñero, dividió la fe entre quienes querían seguir fieles al judaísmo esencial de Jesús y quienes, adoctrinados por Pablo, eran gentiles, que veían a Jesús con ojos muy distintos. Entre estos se hallaba el diácono Esteban, que cuestionaba la validez de la Ley de Moisés como vía exclusiva de salvación y dudaban de la necesidad de un templo para rezar.

El linchamiento de Esteban se enmarca en la primera gran persecución contra los cristianos por parte de las autoridades de Jerusalén (Hch 7:56). "Esteban, lleno de gracia y de poder, reza el texto sagrado, realizaba entre el pueblo grandes prodigios y señales" (Hch 6:8). Es decir, era un discípulo del ‘mago' Jesús Nazareno, que obraba supuestos ‘milagros' y hablaba a las masas con autoridad. Ante el Sumo Sacerdote "miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios" (de nuevo, un ‘visionario'). Así lo dijo, y "entonces, gritando fuertemente se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una sobre él; le echaron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle...Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo" (Hch 7:55-58). Para que no quedara ninguna duda, el escriba denuncia que "Saulo aprobaba su muerte" (Hch 8:1). "Entretanto Saulo hacía estragos en la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía en la cárcel" (Hch 8:3).  Por tanto, el primer mártir de Cristo, sin lugar a dudas, lo fue por mano de Pablo,  el despiadado criminal y después converso, ‘fundador' y primer teólogo de la nueva religión cimentada sobre el recuerdo de Jesucristo.

Pablo, según Piñero, intenta lograr la "cuadratura del círculo": respetar la Ley de Moisés, por un lado, como predicaba Jesús, y por otro su tesis radical de que la Ley no importa, ya que lo único que justifica la salvación es la fe (Gál 3:17-22). La segunda gran aportación de Pablo a la doctrina cristiana fue la transformación del mensaje de Jesús sobre la inminencia del Reino (sólo para los judíos observantes) en un mensaje de salvación universal. La tercera es la divinización absoluta de Cristo, como Hijo de Dios Padre, pre-existente como él: "Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos todos nosotros" (1Cor 8:6). No está de más repetir estas ideas, ya que son consustanciales con la historia del cristianismo.

Como lo son, en distinta medida, las del evangelista Juan, que tanto se diferencia de Pablo y de los otros tres evangelios sinópticos. Su evangelio, escrito medio siglo después de las cartas de Pablo, está empapado de la doctrina gnóstica, que vuela muy alto sin apegarse a lo terreno, en una filosofía de carácter místico, para la cual Jesús ya no es el  hombre divinizado sino el Logos, o Palabra de Dios. Como dice Piñero, "El autor del cuarto evangelio, como más conspicuo representante de una escuela teológica diferente, se vio obligado a difundir una visión modificada de la vida y obra de Jesús, ‘corrigiendo' así el punto de vista más superficial, más corpóreo de la tradición sinóptica" (Orígenes del cristianismo. Antecedentes y primeros pasos, El Almendro, 1991). En la época de este evangelio, la nueva institución estaba ya bastante organizada, aunque, al no existir ninguna instancia superior que controlase la doctrina, la variedad era la nota dominante en la dispersión, a veces incluso con enormes contradicciones (José Monserrat Torrens, La Sinagoga cristiana, Muchnick, 1989). El ‘consenso' no llegará hasta la definitiva formación del "canon" sagrado del cristianismo, es decir, el ‘expurgo' de la Escritura.

"El giro paulino, dice Puente Ojea en el citado libro, transmutaría radicalmente todas las categorías que el propio Nazareno -hasta donde las dejan filtrar los sinópticos- empleó y difundió antes de su involuntario sacrificio pascual". Las palabras de Pablo lo transforman todo, es decir, lo desvirtúan a causa de la manipulación. El primer relato en que se habla de la resurrección de Jesús lo hace Pablo, sin mencionar a la Magdalena y demás mujeres: "Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras...fue sepultado...resucitó al tercer día, según las Escrituras...se apareció a Cefas, luego a los doce...y después de todos, como a un aborto, se me apareció a mí".

Esta declaración paulina, cínicamente modesta, esconde lo que Puente Ojea llama "falacia conativa" (se cree lo que se desea creer, porque se supone que el deseo de algo implica la existencia real de ese algo), puesto que las ‘visiones' no tienen nada que ver con la ‘resurrección' del cuerpo, ni lo que digan las Escrituras puede ser ‘causa' de lo sucedido, sino vaticinia ex eventu, profecías forjadas tras los hechos". El cambio de mentalidad ha de comenzar por el hecho inevitable de la muerte, vista antes como término de la vida y después de Cristo como continuación sin final. Pero fue Pablo quien "estableció la singular visión de la discontinuidad de la muerte como ‘transformación' del cuerpo" (James P. Carse, Muerte y existencia, FCE, 1967).

Lo que Pablo defiende es una nueva religión, desvinculada del mesianismo judío, con una divinización que Jesús nunca hubiera aprobado, dado su estricto ideario monoteísta. A la idea ‘revolucionaria' político-religiosa del Nazareno sucede una idea ‘conservadora' del orden social. El Jesús de Pedro, de Santiago, de Juan, no tiene gran parecido con el Jesucristo de Pablo.  Ahora bien, "cuando pasamos del Evangelio de Jesús al de Pablo, lo primero que nos llama la atención es que el Dios del Apóstol no se contenta con recordar a Israel su sentimiento de fidelidad; él mismo elige soberanamente a los suyos y los elige en todas partes" (Alfred Loisy, Los misterios paganos y el misterio cristiano, Paidós, 1990). El Dios de Pablo es misericordioso con quien le parece bien, "se muestra duro con quien quiere" (Rom 9:18), ya no es el de la primera comunidad, el de los primeros discípulos. Para Pablo, el verdadero Cristo es el Cristo espiritual, aquel que, muerto en la cruz, resucitó como espíritu, quien cumple el mismo papel de los ‘dioses sufrientes' en los cultos paganos. Cuando Pablo habla del Cristo crucificado no habla del hombre que sufre, sino del redentor divino, que se entrega por los pecados del mundo (del pasado, del presente y del futuro). Algo que nunca dijo Jesús. (Continuará).

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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