OJOS QUE NO VEN (130)
Jesucristo (6)
La obra de Pablo, completada después por Juan, consistió en la elaboración de una doctrina mística que permitiera parangonar la ‘nueva religión' con los ‘misterios paganos' que dominaban entonces en el Imperio Romano. Según Loisy, "el cristianismo es una economía de salvación totalmente análoga a los cultos de misterios a los cuales disputó la conquista del mundo pagano, y venció". Ya hemos visto por qué. Veremos ahora las similitudes y las diferencias, las dificultades y las consecuencias de ese éxito en la consolidación del cristianismo como la religión del Imperio. Pablo siguió siendo un judío, pero buscaba una ampliación del Israel bíblico con el ingreso de los gentiles, contra la opinión de los demás apóstoles. Murió en Roma en el año 64 d.C. pero sus discutidas tesis no murieron con él. Los paganos convertidos por él, y las comunidades por él fundadas en países extranjeros, mantuvieron la fe en la salvación por Jesucristo y dieron forma y vida al cristianismo como nueva religión.
El libro de la profesora universitaria Elena Muñiz Grijalvo, La cristianización de la religión pagana (Actas, 2008) nos introduce en el amplio campo de la investigación humanística sobre las sutiles relaciones doctrinales entre los incipientes cristianos y las diversas religiones paganas, que estudia en cuatro apartados: el sacrificio, la oración, los ritos funerarios y la conversión personal. "Podría decirse que la religiosidad pagana sobrevivió a la muerte del paganismo, integrada en el seno del cristianismo, a veces de manera irreconocible". El enfoque es, pues, el la "cristianización" de los ritos paganos, algo que hace con autoridad y buenos argumentos. Concluye diciendo que "la elaboración de estos cuatro fenómenos en las primeras comunidades cristianas supuso, al menos en parte, el éxito de la cristianización del sentimiento pagano".
En el Imperio Romano en el que se disputaban la primacía dioses extranjeros, como Isis o Mitra, la intención paulina de añadir un nuevo aspirante, también extraño a Roma, al que llamaba Jesucristo, tuvo que superar, como es lógico, muchos inconvenientes. La estrategia era de propaganda ("ningún elogio era excesivo para elevarlo por encima de los dioses de los panteones clásicos"), pero así como entre los paganos las imágenes de los dioses ocuparon siempre un lugar de preferencia, entre los cristianos de los tres primeros siglos se prohibieron todas, porque levantaban sospechas de magia. Tampoco se construyeron templos hasta el siglo III d.C. siguiendo las consignas de Pablo: "que los varones recen en cualquier lugar" (1Tim 2:8) o "el que es Señor de cielo y tierra no habita en templos construidos por hombres" (Hch 17:24). Sabemos que los primeros cristianos tenían sus reuniones en casas particulares de algún miembro de la comunidad.
La mayor originalidad de la doctrina cristiana respecto a las paganas fue, sin duda, la creencia firmemente asentada en la resurrección de la carne, algo que, a partir del siglo II d.C. se vivió como la ‘comunidad' de los muertos, con la creación de cementerios propios, donde aguardaran reunidos en la tumba los que fueron hermanos en la fe. La palabra ‘cementerio' equivale a ‘dormitorio', idea que enfrentó a la pagana ‘cremación' con la victoriosa ‘inhumación' cristiana. Pablo insistía, por su parte, en la resurrección como algo ‘nuevo', inexistente en el mundo terrenal, "cuando lo corruptible se revista de incorruptibilidad y lo mortal de inmortalidad" (1Cor 15:54).
El cambio de la mentalidad de ‘secta' judía propia de los primeros cristianos, pasó a ser la mentalidad de ‘iglesia' de Cristo en ese atormentado siglo II, cuando la nueva religión se siente ya como ‘comunitaria' y en alguna forma, ‘selecta', ya que, a pesar del necesario proselitismo para crecer, "se prohíbe el acceso a la ‘comunidad' a proxenetas y prostitutas, escultores y pintores de temas religiosos, actores, maestros de escuela, aurigas, gladiadores y sacerdotes. Se podía ser soldado pero no matar, magistrado sin gobernar, y estaba terminantemente prohibida la práctica de la magia" en el siglo III. (Elena Muñiz, La cristianización de la religiosidad pagana, Actas, 2008). Al siguiente siglo ya estaba consolidado el cristianismo ortodoxo, frente al paganismo y a los demás ‘cristianismo derrotados', como estudió Piñero (Los cristianismos derrotados. Edaf, 2007).
No puede hablarse, por tanto, de una deseada "derrota del paganismo", ya que lo que ocurrió, en realidad, fue una absorción, una asimilación, una reinterpretación cristiana de los ritos paganos, que fueron desapareciendo como tales para volver a la vida en el cristianismo. Esta idea es la que ha llevado a Xavier Musquera, investigador incansable, a proclamar El triunfo del paganismo (Espejo de Tinta, 2007). Como han demostrado hasta la saciedad los historiadores no comprometidos, el cristianismo, como sistema doctrinal, carece de originalidad, ya que ha tomado y ‘retocado' a su gusto cuanto ha creído conveniente para sus intereses, a lo largo de toda su convulsionada historia. Desde los ritos, ya estudiados, hasta los símbolos de las comunidades vecinas. Así, el báculo de los obispos, que ya era usado por los sacerdotes paganos; el anillo episcopal, que procede de los consagrados del dios Mitra; la tiara papal, que ya existía en la Babilonia del ‘culto solar'; el título papal de "Pontifex Maximus" que fue adoptado en el año 378 por el obispo de Roma; el obelisco, que preside la plaza ante la basílica de san Pedro, en Roma, aunque sea un expolio egipcio, es un símbolo fálico que alude a la leyenda de la diosa Isis, en memoria del falo perdido de Osiris. El mismo nombre del Vaticano no es sino la adopción del que los romanos daban a esa colina, donde los ‘magos', ‘adivinos' o ‘vates' adivinaban el futuro por unas cuantas monedas. Tanto se incardinó la nueva religión en las sociedades precedentes que consiguió hacerlas desaparecer ante la pujanza de su credo y la habilidad de sus sacerdotes.
Algo parecido cabe decir de la influencia de la filosofía griega, sobre todo de Platón, con su sistema ‘espiritualista', la defensa del alma individual y del mundo de las ideas, propagado por todo el Imperio mucho antes del nacimiento de Jesucristo. El ‘platonismo', como después el ‘neo-platonismo', han constituido la base de la doctrina cristiana sobre lo sobrenatural y la moralidad de las acciones, con una visión ‘idealista' de la vida que impregnará la predicación posterior de la Iglesia. (Continuará).

