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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

2 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (131)

 

Jesucristo (7)

 

 

La historia del cristianismo primitivo se ha de incardinar en la historia del pueblo judío a partir de la vida y muerte de ese personaje fascinante, divinizado por millones de seres humanos, llamado Jesús de Nazaret. Hay un antes y un después de su nacimiento, aunque las fechas estén trabucadas en unos pocos años. Lo cierto es que en Occidente contamos el tiempo ‘antes de Cristo' y ‘después de Cristo', sin que nadie se haya decidido a corregir los malos cálculos de Dionisio el Exiguo (Antonio Piñero, Israel y su mundo cuando nació Jesús, Laberinto, 2008). Pero ese mundo es singular, alterado por las luchas políticas y la incertidumbre del futuro. A partir del año 64, cuando Pablo es asesinado, el Imperio vivió momentos difíciles: el emperador Nerón se suicidó en el año 68 y en pocos meses le sucedieron tres nuevos emperadores. Mientras tanto, en Israel se exacerbó el nacionalismo: en el 66 estalló la primera Gran Revuelta contra Roma, que fue sometiendo poco a poco a las ciudades rebeldes, hasta acabar en el año 70 con la destrucción de Jerusalén y el incendio de su famoso Templo.

En consecuencia, el grupo de seguidores de Jesús hubo de huir al destierro, quizás a Transjordania, pero enfrentándose al dilema de seguir fieles a la sinagoga o escoger entre los reclamos, a veces contradictorios, de los ‘líderes' cristianos, a saber, Santiago, el hermano del Señor, Pedro o Pablo. Así lo ve Antonio Piñero en su Guía: "La primera reacción al Apóstol (Pablo) son los Evangelios sinópticos, que se apartan conscientemente del punto de vista paulino, que sólo consideraba la muerte y resurrección de Jesús como hechos pertinentes del cristianismo; a su vez, el Evangelio de Juan y su ‘escuela', las llamadas ‘epístolas johánicas', pueden considerarse una reacción a los Evangelios, una relectura crítica del material contenido en los Sinópticos y un apoyo a la doctrina paulina de la encarnación y del predominio de la ley del amor".

Pensando sin prejuicios, el Evangelio de Mateo propone una oposición radical y directa a Pablo y su doctrina sobre la justificación por la fe y la predicada derogación de la Ley de Moisés.  En definitiva, el apartamiento progresivo de la Sinagoga judía obligaba a la recapitulación y sistematización de la doctrina netamente ‘cristiana', basada en los escritos existentes de Pablo, pero también de los que muy pronto iban a aparecer con el nombre de "Evangelios", obras del final de un proceso de fijación de los ‘dichos' de Jesús,  las tradiciones orales, proceso que Piñero calcula en unos cuarenta años.

Cada uno de estos grupos produjo su propio ‘evangelio', aunque hubo otros muchos grupos marginados, también con ideas propias, aunque no quedasen reflejadas por escrito. Esta misma diversidad proclama su falacia. ¿Cómo es posible que todas esas ideas y textos pudieran defenderse como' inspirados por el espíritu Santo'? ¿Tan ruin y engañoso era ese Jesús resucitado, Mesías, Maestro, Señor y Dios para los suyos, que no dudaba en abandonarlos a la incertidumbre, al error y al desvarío en tantas corrientes  de pensamiento? ¿No hubiera sido más fácil y digno que el ‘Espíritu Santo', tan desocupado, ‘revelase' la única verdad, sin permitir tantas tergiversaciones? ¿Cómo predicar una sola fe con semejantes divergencias?  Asombra que sean los datos históricos, contrastados y verídicos, los que obliguen a escribir a un catedrático tan ecuánime como Antonio Piñero sobre Los cristianismos derrotados (Edad, 2007), es decir, que la doctrina vencedora se impuso a otras de la misma simiente, que fueron vencidas en combate intelectual y dialéctico. ¿Es así como el Dios de Amor se comporta con sus fieles y amados hijos? Lo veremos, ampliado, en el capítulo siguiente.

En las comunidades primitivas, ‘evangelio' era simplemente el ‘mensaje' doctrinal, las ‘buenas noticias' que se comunicaban entre sí, recordando las palabras de Jesús. A mediados del siglo II ya se usó como equivalente a ‘libro', ‘dichos y hechos de Jesús', que no se llegó a formalizar hasta el siglo V. El paso de la tradición oral a los primeros escritos duró muy pocos años, pero supuso la (inevitable) deformación del mensaje, en sus múltiples desviaciones. A la cultura rural de Palestina sucedió la urbana de los nuevos núcleos de fe en las grandes ciudades, como Antioquía, Éfeso, Corinto y Roma. A la cultura semítica de las primeras recopilaciones se superpuso la griega primero y la latina después. Además, los ‘dichos' de Jesús sufrieron los ‘retoques' o ‘reelaboraciones' de los escribas o ‘profetas' encargados de trasladar esos dichos al papel. Lo reconoce Piñero cuando dice que "hay que admitir que los ‘profetas' sí gozaban de la función de transportar o acomodar a su realidad presente las sentencias del Maestro. Es difícil aceptar que ellos ‘inventaran' dichos o hechos de Jesús absolutamente nuevos...pero a la vez es imposible negar que esos profetas, y los maestros cristianos no sólo conservaron la tradición de las enseñanzas de Jesús...sino que también la alteraron y reelaboraron, a veces profundamente" (Guía para entender el Nuevo Testamento).

El propio Piñero, en esta y otras obras, explica con sencillez y convicción histórica cómo se formó el canon o registro oficial de los textos sagrados del cristianismo, una vez que el ‘hereje' Marción fuese excomulgado de la Gran Iglesia en el año 144. Para entonces, la Iglesia de Roma era ya la principal de la cristiandad, constituida en su mayoría por paganos conversos incircuncisos, a los que aglutinaba el recuerdo de Pablo, el apóstol ‘mártir', el único que había dejado una notable herencia literaria y cuya lengua oficial era el griego, no el latín. El criterio de la ‘inspiración' divina para limitar a cuatro el número de evangelios admitidos oficialmente no es válido, por la sencilla razón de que se rechazaron otros muchos también considerados ‘inspirados' por el Espíritu Santo, y existen conocidas divergencias entre el de Juan y los sinópticos. El resultado final fue que "nunca, ni siquiera hoy día, han estado las diversas iglesias cristianas de acuerdo en afirmar cuáles son las obras que forman el canon del Nuevo Testamento", según Piñero, que califica de ‘bulo' la leyenda que considera ‘milagrosa' la selección de libros canónicos en el concilio de Nicea (325). Es más, asegura con firmeza que la Iglesia católica "no formuló una lista oficial de libros canónicos hasta el concilio de Trento, en el siglo XVI".  En consecuencia, "la historia del texto del Nuevo Testamento no da pie a un fundamentalismo de la letra, ni a una creencia en la inspiración palabra por palabra, sino que induce más bien al ‘relativismo'. Se trataba más del sentido que de la letra".  (Continuará).

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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