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La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

4 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (133)

 

 

Jesucristo (9)

 

 

En el centro de toda controversia teológica entre cristianos está la figura mesiánica de Jesucristo. Desde los comienzos de la nueva religión, con la permanente ebullición de una doctrina que se fue haciendo a golpe de concilios, sínodos y disputas de ‘Santos Padres', el cristiano, por bien  intencionado que esté, se ha hecho siempre las mismas preguntas: ¿Al rezar a Dios, rezo a Jesucristo? ¿Es lo mismo uno que otro? ¿Tienen el mismo poder, la misma misericordia, me aman por igual? ¿Entonces, por qué dos nombres? ¿No existirá entre ellos alguna rivalidad? ¿Y el pobre Espíritu Santo, tan olvidado, es el mismo Dios que Jesucristo? Realmente, este Jesucristo que me predican, ¿es también mi Creador, igual que el Padre, el que todo lo ha hecho? ¿Tienen los tres las mismas cualidades eternas, el mismo amor a sus criaturas? Esto me parece  imposible, porque si Dios es eterno, ¿cómo pudo amar a unos seres que aún no había creado? Si la creación es un ‘acto en el tiempo' ¿cómo pueden coexistir tiempo y eternidad en un mismo Jesucristo? En verdad, estoy confundido.

Cuando el dominico Tomás de Aquino sentencia en su Suma Teológica que "Cristo no tuvo ni fe ni esperanza, pero su caridad era perfecta", está pensando en el Jesucristo de Pablo, no en el Jesús de la cruz. Estas palabras se podrían entender si se atribuyen a un ‘dios' que ‘vive' su divinidad, sin necesidad de esperanza, porque todo lo posee, ni fe porque para él todo es presente. Su biografía no puede ser, por tanto, ningún ejemplo para un cristiano que quiera seguir sus pasos. No se puede imitar ni su fe ni su esperanza, pero sí su caridad, "perfecta" según el teólogo medieval. Pero el aquinatense habla de "caridad", no de "amor", que sabemos son cosas muy diferentes (contra la idea, repetida por el papa Benedicto XVI en su encíclica Caritas in veritate). La primera es voluntaria y puede ser premiada; la segunda, como todo sentimiento, es involuntario y no se puede ‘ordenar', como hace el codicioso Yahvéh en la Biblia, o Jesús en los evangelios. Nada ni nadie, ni siquiera el supuesto Dios, puede ‘obligarme' a amar, porque no depende de mi voluntad.

Ya los escribas bíblicos dejaron escrito en el primer mandamiento del Decálogo que "no tendrás más Dios que a mí" (Dt 5:7) como la más importante obligación del creyente. Pero el cristianismo no dudó en cambiar el texto, con arrogante soberbia y con supina ignorancia filológica, por el que aprendí de niño en el catecismo: "Amarás a Dios sobre todas las cosas". Evidentemente, no es lo mismo. "La Iglesia ha sobrepasado con mucho la intención y la intensidad que el propio Dios reclamó para sí mediante sus supuestas palabras, ganando así, de forma intencionada o casual, un instrumento psicológico fundamental para poder controlar y culpabilizar a su grey con mayor eficacia", dice P.Rodríguez (Mentiras fundamentales de la Iglesia católica, Ediciones B, 1997). Pero hay que insistir en que, según la ciencia psicológica, la voluntad humana no tiene dominio sobre sus sentimientos, que son espontáneos e involuntarios, aunque a su origen inconsciente  pueda seguir la aceptación consciente.

El mismo Jesús, hombre devoto y conocedor de las Sagradas Escrituras, enseña la doctrina del amor a Dios y al prójimo, por la que ha sido reconocido mundialmente como el ‘revolucionario' por excelencia, más que político, religioso. La escena está en el Evangelio de Mateo (aunque no sé si estará manipulada): "Maestro, le preguntan, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley? Él  dijo (siguiendo a Moisés: "Amarás a Yahvéh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza", Dt 6:5): Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo, semejante a este, es: Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos penden toda la Ley y los Profetas" (Mt 22:36-40).

Diálogo de suma importancia en la configuración de la doctrina del Amor. (Hay que hacer notar que el evangelista manipula el texto bíblico, omitiendo el nombre de Yahvéh y sustituyendo 'fuerza' por ‘mente', cosa impensable en el experto y devoto judío Jesús de Nazaret)  Si de verdad fuera el Dios Omnisciente, Jesús no hubiera podido dar esta repuesta, puesto que sabría sin lugar a dudas, como cualquier neurocientífico de nuestros días, que el corazón no tiene nada que ver con el sentimiento amoroso: amamos con el cerebro. Ni siquiera el Creador puede obligarnos a amar, a pesar de lo que diga la Biblia. Yo no puedo amar a quien me proponga por un impulso voluntario, si no estoy "atraído" sentimentalmente por ese objeto. ¿Cómo amar lo que se odia, lo que nos repele, lo que rechazamos por fraudulento, por malvado, por infame o cruel? ¿Cómo puedo ‘amar' a Dios si no existe?

La voluntad puede ejercer presión y represión sobre el sentimiento amoroso. En un caso para favorecerlo, en otro para reprimirlo. Pero como el amor es libre y no se deja avasallar, el resultado sólo puede ser la hipocresía y el sufrimiento. Hipocresía, mentira, engaño, falsedad, cuando se aparenta vivir un amor inexistente, forzado por la voluntad. ¡Cuántas tragedias, en la vida y en la literatura, por estas imposiciones familiares, sociales o religiosas! La sugestión puede ser tan fuerte que, deseando mantener a toda costa el amor ficticio, se llega al más violento de los fanatismos, que desean dominar la mente propia o la ajena. Fanático es el que castiga su cuerpo en nombre de Dios, el que se intenta convencer de un amor que en realidad no siente, el padre que obliga a un amor no deseado, el creyente que desea imponer su fe a base de tortura y de miedo. Las ‘represiones' de la voluntad son infinitas, para ocultar la lucha interior entre un amor no sentido y otro que se oculta por miedo o vergüenza.

Si existe un Dios que quiere mi amor, antes deberá mostrarme su Infinita Bondad, atraerme no con palabras vanas, sino con hechos. Todo lo contrario de lo que la vida me ofrece. Las palabras vuelan, y si quedan escritas, pueden ser alteradas, manipuladas y acomodadas al pensamiento más interesado. Es lo que ha ocurrido con la "palabra de Dios", de todos los dioses, pasados y futuros. Para amar no me bastan las palabras. Con ellas se ha formado, a lo largo de los siglos, "la quimera de los dioses", siendo el Jesucristo de los cristianos, con su triste mirada desde la cruz, uno más entre los ‘quiméricos' dioses que cómodamente se instalan en la conciencia de los sumisos y crédulos creyentes.

Aunque parezca mentira, la filiación divina de Jesucristo no se aprobó hasta el Concilio de Calcedonia (año 451), al que asistieron 700 obispos.  Que Jesucristo fuese Dios dependió, por tanto, de una votación. Pero hay teólogos modernos que lo niegan: "Decir Jesucristo es Dios es una expresión equívoca, que ha dado lugar a malentendidos y desviaciones...Dios se manifiesta en algunos grandes personajes de la Historia de forma humanamente excepcional. Y nosotros, los cristianos, es así como debemos ver a Cristo. No se trata de hacer divino a un hombre, de divinizarle de tal modo que creamos que sea Dios mismo...eso es lo que debe significar para nosotros Cristo: un hombre por medio del cual se manifiestan los valores divinos...hemos de superar todas las afirmaciones teológicas usuales en la Iglesia acerca de Jesucristo" (Enrique Miret Magdalena, El nuevo rostro de Dios, Temas de Hoy, 1989). Un sacerdote católico, de la misma Asociación de teólogos Juan XXIII, José María Díez Alegría, al presentar el libro de Julio Lois, ideólogo de la llamada ‘Teología de la Liberación' en España, se pronunció de forma tajante: "Si Jesús volviera de incógnito a la Tierra, la Iglesia institucional le excomulgaría". Es evidente que la enseñanza de Pablo de Tarso ha fracasado. (Continuará).

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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