OJOS QUE NO VEN (134)
Jesucristo (10)
Esta fractura con la doctrina cristiana es la culminación de veinte siglos de disputas teológicas. Desde sus comienzos, como sabemos, la ‘secta' judía fue elaborando textos y doctrinas hasta llegar al consenso suficiente para poder hablar de una "nueva religión", lo cual no ocurrió hasta la declaración formal del ‘canon' o lista de libros sagrados cristianos y de la ‘edición' del primer Catecismo (año 385) para la enseñanza de la doctrina, obra del capadocio Gregorio de Nisa (335-385), uno de los primeros Padres de la Iglesia. Nadie piense, por tanto, que lo enseñado por Jesucristo ha sido respetado siempre y en todo lugar como única ‘palabra de Dios'. Ni que sea un Dios Omnipotente y Sabio quien se deja manipular como un títere durante más de veinte siglos. La historia de ese supuesto ‘dios', de nombre Jesucristo, es la historia de la Iglesia cristiana, irreconocible ya desde sus comienzos ‘paulinos' para su ‘supuesto' fundador.
Porque el enfrentamiento no se ha limitado a batallas más o menos intelectuales. La sangre ha estado siempre presente en todas sus páginas. Unas veces perseguida, otras perseguidora. Consecuencia inevitable y trágica de un monoteísmo intransigente y de un proselitismo perseverante, basado en un argumento de caridad tan engañoso como arrogante. Quizás fueran de Jesús las palabras del Evangelio de Mateo: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes..."(Mt 28:19). Pero antes ya lo había señalado el ‘visionario' Pablo, asegurando que Dios "quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1Tm 2:4). Naturalmente, la ‘verdad' para Pablo son sus enseñanzas, ‘recibidas' directamente de Yahvéh. Nadie debe olvidar que los evangelios se escribieron muchos años después de las cartas de Pablo y que, más que reflejar los ‘dichos' exactos de Jesús, reflejan las vívidas y apasionadas sentencias de Pablo, el ‘auténtico' fundador del cristianismo, mejor, de las muy diversas Iglesias cristianas, como veremos. Pablo se valió del Jesús de la historia para ‘inventar' un dios, distinto pero no subordinado del bíblico Yahvéh, al que conocemos como Jesucristo.
Pero este ‘nuevo' dios no vino en son de paz. Como Pablo, sus amigos y seguidores sufrieron las iras y la trágica crueldad de los siempre victoriosos romanos, que los arrastraron al arenoso suelo del coliseo, sobre todo en el siglo III, para festín de fieras salvajes y jolgorio del populacho, ávido de emociones sangrientas. Hasta que un emperador, Constantino, consciente de que la unidad religiosa del Imperio era el mejor sostén para la unidad política, se inclinó por aceptar a ese dios ‘nuevo', de nombre Jesucristo, que con tanto éxito entre las masas hacía competencia a los antiguos dioses paganos. Cedió a sus pastores su propio palacio de Nicea y llegó a un acuerdo ‘positivo' para ambos. Pero las persecuciones no acabaron de un día para otro, ni las víctimas ni los verdugos fueron los mismos. Un giro sustancial que cambió la Historia.
De la noche a la mañana, los perseguidos se convirtieron en perseguidores, quizás con mayor saña, que se vio ejemplificada en la afrentosa muerte de la bella Hipatia de Alejandría, el ‘primer mártir pagano', asesinada por orden del obispo Cirilo, más tarde santo. Era una joven filósofa neoplatónica que tuvo la mala fortuna de caer en manos del más intransigente y feroz de los obispos, enemigo a muerte de los paganos. Acusada de bruja, su carruaje fue asaltado por los esbirros de Cirilo, que la condujeron a una iglesia y allí, "despojándola de sus vestidos, con fragmentos de cerámica la torturaron hasta matarla. Luego, desmembrada, la quemaron". Así lo narra su biógrafo y en forma novelada la han dado a conocer últimamente Olalla García (El jardín de Hipatia, Espasa, 2009), y Clelia Martínez Maza (Hipatia: la estremecedora historia de la última gran filósofa de la Antigüedad, La Esfera de los libros, 2009), años después del estudio de María Dzielska (Hipatia de Alejandría, Siruela, 2004), inmortalizada hoy en la película de Amenábar Ágora (2009). Ocurrió en el año 415 de nuestra Era.
Todavía faltaban doscientos años para que apareciera en el horizonte el árabe Mahoma que, en nombre de Alá (el propio Yahvéh, ya que reconocía la Biblia judía) se presentó a sí mismo como el ‘verdadero profeta' del dios único, enardeciendo a las resecas mentes del desierto con doctrinas impregnadas de fanatismo, que se oponían a la ‘verdadera religión' de Jesucristo. El choque fue inevitable. La sangre corrió a raudales por uno y otro bando, con las tremendas consecuencias que se narran en cualquiera de las historias de Occidente. Si los cristianos se escudaban en el poder político para progresar en su expansión geográfica, el proselitismo islámico fue espoleado por la agresiva intransigencia de quien se cree fiel creyente al mismo tiempo que guerrero de la causa más justa.
Contra la cruz, la media luna. Símbolos de una fe conquistada por la fuerza de las armas. El campo de batalla parece apaciguado, pero en tierras del Islam nunca se ha consentido ningún templo que no sea la mezquita, y en las iglesias cristianas todavía campea en retablos y pórticos la figura sanguinaria del apóstol Santiago enarbolando la espada para cortar las cabezas de los infieles mahometanos (la misma escena se repite en otros ‘santos' como Millán de la Cogolla). Es la triste historia de esa endiablada carrera de las religiones monoteístas que nunca han de conseguir la paz de la humanidad porque así lo deciden las ‘fuerzas sobrenaturales'. Es la eterna "Quimera de los dioses", fantasía que busca la trascendencia donde no hay más que misterio inabarcable. Pero ya se sabe: la frivolidad es hija de la comodidad y "no hay mejor ciego que el que no quiere ver". O, como dijo Cervantes, dibujando la cobardía humana: "Ojos que no ven, corazón que no quiebra". Para los ciegos cristianos su dios eterno se llama Jesucristo. (Continuará).

