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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

6 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (135)

 

VII

La cristiandad (1)

 

La existencia de los dioses es tan quimérica como el unicornio. Un dios, sea el que fuere, ha de estar constituido por una serie de atributos que, además de la eternidad, le confieran la dignidad necesaria para ser aceptado por los seres razonantes como "Sumo Hacedor", adornado en grado superlativo por las cualidades que los humanos sean capaces de reconocer en sí mismos. No hay otra forma de imaginar al ‘Padre Creador' de todo cuanto existe. Ni otro modo de enfocar la vida sub specie aeternitatis (‘desde la perspectiva de la eternidad'). Es el supuesto idealista que ha dominado, desde Platón, las ideas culturales y religiosas que han conformado la vida espiritual de la Humanidad.

En su magna obra La esencia del cristianismo, el pensador Ludwig Feuerbach se enfrenta al idealismo para sustituirlo por una antropología materalista, proponiendo que el hombre es el que crea a Dios a su imagen y semejanza, como ya se admite por los pensadores no fanáticos. Es decir, el hombre analiza y selecciona sus propios valores más estimados para proyectarlos fuera de sí mismo, haciéndolos ‘trascendentes' para ‘fabricar' un ser extraordinario, capaz de hacer todo lo que él desea pero no puede. Estos atributos, objetivados en ese ser superior, forman la base de la creencia en la divinidad, que no es más que el hombre sublimado, elevado a la categoría ‘sobrenatural' con dominio absoluto sobre la naturaleza creada. Esta base filosófica del idealismo platónico (y después de Hegel) es, por tanto, una ‘elaboración' humana, de carácter cultural y social, pensada para ‘dignificar' al hombre, aunque de forma inconsciente,  que Feuerbach consiguió demoler con sus argumentos materialistas. Como dicen los autores de La construcción social de la realidad (1967) "este análisis teórico pone al descubierto un movimiento inconsciente en la construcción social de la realidad".

En este sentido, todos los dioses son ‘inventados', creados por la imaginación humana, tan idealista siempre, pero incapaz de analizar sus propias ‘invenciones' a fin de advertir cuánto de insostenible, a la luz de la propia razón,  hay en esos seres extraordinarios, nunca presentes a los sentidos, sino solamente ‘imaginados' por mentes visionarias, en sueños no contrastados ni contrastables, pero sí ‘vividos' intensamente por la autosugestión inconsciente. De esto tienen mucho que decir los psicólogos, aunque la resistencia de los ‘creyentes' sugestionados es más poderosa que cualquier reflexión en contrario. ¿Cómo convencer a los judíos de que su Yahvéh bíblico es tan despótico y cruel que no merece ni el amor ni la obediencia de su pueblo? ¿Cómo a los mahometanos de que las suras coránicas están reñidas con la razón y los derechos humanos? ¿Cómo a los cristianos de que Jesucristo crucificado es un piadoso fariseo judío, sin posibilidad  de ser la ‘encarnación' de la divinidad?

Considerar dioses creadores, seres poderosos y eternos a los miles de dioses que pueblan el panteón politeísta es una falsedad tan evidente que no merece mayor consideración. Quedan las tres religiones monoteístas, las únicas que podrían resistir una argumentación contraria, dado que, si existiera un ser divino, habría de ser, necesariamente, único en su poder creador y providente. Pero ninguna de ellas, aunque subsisten en el día de hoy, resisten las más suaves arremetidas de la razón humana, neutral y ponderada. Baste saber que las tres tienen sus fundamentos en la Biblia, esa sentina de horrores, explícitamente denunciados en libros como el reciente de MiltonAsh, La Biblia ante la Biblia, que deja al descubierto las innumerables contradicciones, incongruencias y falsedades, sucias traiciones, maldades políticas y crueldades incompatibles con cualquier poder ‘divino'. Llámese Yahvéh, llámese Alá (que son nombres de la misma divinidad), el dios perverso que aparece en todos los libros que componen la Biblia sagrada, no puede tener una existencia real, y si la tiene, no es merecedor de la obediencia, la veneración, y mucho menos el amor, de sus frágiles criaturas.

Mientras las tres religiones bíblicas se hacían culpables de odios insuperables y guerras sin fin, otras religiones no bíblicas, como el budismo, anterior al cristianismo, predicaba la tolerancia y permitía a los suyos practicar otras creencias, sin obligar a nadie a venerar al Buda, maestro de sabiduría. El Tíbet, habitado por temidos guerreros, se convirtió, bajo su influencia, en un pueblo pacífico. Por el contrario, la "guerra santa" ha dominado la doctrina monoteísta, tanto de judíos como de cristianos o de musulmanes, haciendo de las riberas del Mediterráneo un campo de batalla secular, cuya historia está irremisiblemente teñida de sangre.

Ya en el siglo XIII a.C. los hebreos asolaron las tierras de Canaán, exterminando, por orden de Yahvéh, cuanto encontraban a su paso, para dar cobijo al ‘pueblo elegido'. Siglos más tarde ocurría lo mismo con el paganismo, con el judaísmo y con el cristianismo, y después con los seguidores de Mahoma, siempre ampliando terrenos a golpe de espada.  Como no es mi propósito valorar la historia del Islam, o del pueblo judío,  me centraré en ese crucificado cuya imagen me acompaña desde la más temprana niñez, y en desmontar lo que siempre me han hecho creer como verdad indiscutible: que Jesucristo es el único Dios, al que debo amar y complacer. Aunque fuera por un motivo tan legítimo como egoísta: satisfacer, en otra vida, el intenso deseo de felicidad que mi cerebro marca como la  meta de mi existencia.

Las religiones monoteístas, al creer que su dios es único, forzosamente han de rivalizar entre sí, derribando primero de sus altares a cualquier otro dios que le pudiera hacer la competencia, como ocurrió con el Yahvéh mosaico entre los hebreos y con el Dios cristiano en el mundo pagano del Imperio. El paganismo no conoce nada similar al pacto entre Yahvéh y el ‘pueblo elegido'.  En el politeísmo ninguna divinidad puede pretender la exclusiva. Pero la intolerancia es una característica esencial del monoteísmo, porque el dios ‘único' siempre es celoso. El cristianismo naciente, al ser una ‘secta' del  judaísmo, convivió en sus primeros años con la sinagoga judía. Pero, al ir separándose de las enseñanzas rabínicas, concitó la ira y el rechazo de la religión ‘madre', que vio no sólo cómo les robaban a sus fieles, sino incluso se  apropiaban de sus Sagradas Escrituras, de sus costumbres y tradiciones.

Para resumir la historia eclesiástica de estos primeros siglos voy a seguir a un historiador alemán, Karlheinz Deschner, cuya magna obra ha sido traducida al español, en nueve volúmenes, con el título de Historia criminal del cristianismo  (Martínez Roca, 1990-95). Título que puede sorprender a muchos por asociar al cristianismo la idea de ‘criminalidad', opuesta radicalmente a la propaganda que las Iglesias cristianas han repartido entre sus fieles, presentándose como el dechado de toda pureza y perfección, tanto doctrinal como moral. Veremos que es todo lo contrario.

Sería ingenuo acudir a los miles de libros apologéticos del cristianismo, donde se repiten los criterios favorables a la fe, disimulando, ocultando o falsificando los datos que puedan existir en contrario. Es lógico que ningún escritor cristiano quiera poner de manifiesto la ‘cara oscura' de su fe, y que solamente se interese por el brillo de sus bellezas, que han de servir para atraer más prosélitos a su causa. Pero, en mi caso, he de buscar precisamente ese ‘lado oscuro', siempre oculto, para completar la verdadera historia de la cristiandad. Historia que comienza con el expolio y la persecución de la religión ‘madre' por sus ‘sectarios hijos'.  La mayor parte de la moral cristiana es judía, de la que también reciben los seguidores de Cristo costumbres y ceremonias, oraciones y ritos, la creencia en los espíritus del bien y del mal, la idea mesiánica y la creencia en el dios único, aunque Yahvéh queda prácticamente anulado por Jesucristo, su Hijo, "de la misma naturaleza que el Padre". Hasta las catacumbas cristianas seguían el modelo de los cementerios subterráneos de los judíos.

Ya no necesitaré la ayuda de libros científicos, ni de investigaciones psicológicas o neurológicas para establecer mis puntos de vista y fundamentar mis opiniones y creencias. Ahora tendré que ocuparme de la Historia. Sólo sus datos fidedignos, sus documentos contrastados, su acopio de materiales que respondan a la más severa metodología histórica, serán mi guía en esta última parte, consagrada enteramente a la Historia de la Iglesia cristiana, o mejor, a la cristiandad, el conjunto de las familias religiosas cuyo objeto de culto es Cristo, el Dios de todos los cristianos. No podré ser neutral, desde luego, como cualquier investigador que sea sincero consigo mismo. Pero procuraré esconder  lo mejor posible mis sentimientos y opiniones ante la descarnada realidad de los hechos. Algo imposible para los ‘historiadores apologetas' del cristianismo, que, casi siempre en lucha interior agotadora, han de compaginar las exigencias de su fe con la terca realidad de los hechos contrastados, que acusan de ‘criminal' a esa ideología religiosa que han de respaldar, contrariando a toda recta conciencia. (Continuará).

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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