OJOS QUE NO VEN (136)
La cristiandad (2)
Fue Pablo de Tarso, el fariseo converso, quien primero abrió el fuego contra los judíos, considerándolos culpables de la muerte de Jesucristo y negándoles su condición de ‘pueblo elegido'; según él, los verdaderos hijos de Israel eran ya los cristianos, sobre todo los de origen pagano (Gál 6:16). En los Hechos de los apóstoles quedan señalados una y otra vez como "traidores y asesinos". El Evangelio de Juan, que es el texto más antijudío de la Biblia, los presenta más de cincuenta veces como enemigos de Jesús. Ignacio, obispo de Antioquía de Siria, escribió, a comienzos del siglo II, varias epístolas contra los judíos. Se hicieron indignos de la divina Alianza, dice, "por sus prevaricaciones", por lo que Jerusalén e Israel estaban "condenados a desaparecer". Esto se escribía a mediados del siglo II. Son estremecedores los epítetos que les dedica san Justino, de la misma época, muy complacido por la destrucción de Jerusalén a manos de los romanos, lo que considera "castigo del cielo", refiriéndose a los judíos como "degenerados, idólatras, hijos de ramera y sacos de maldad".
La acusación de deicidio se fija a fines del siglo II, pero ya a comienzos del siglo III se van multiplicando los escritos Contra los judíos. San Cipriano, obispo de Cartago en 248, después de divorciarse de su mujer, predicaba que los judíos "tienen por padre al diablo". Tertuliano, Orígenes, Hipólito de Roma, Gregorio Niseno, san Atanasio, Eusebio de Cesarea, y otros teólogos del siglo III no perdonan las más sucias y denigrantes expresiones contra los hijos de Abraham, a pesar de que el cristianismo se había apropiado del Antiguo Testamento, olvidando para siempre el sagrado nombre de Yahvéh, algo insólito en la historia de las religiones. La ‘hija' había repudiado a sus progenitores. Este es el comienzo de la religión cristiana, en rebelión contra su propia madre.
San Efrén, en el siglo IV, fue uno de los más encarnizados enemigos de los judíos, y le siguieron otros Santos Padres, como san Juan Crisóstomo, quien, según Deschner, "difama a los judíos más gravemente que ninguno de sus predecesores"; san Jerónimo los aborrece de tal forma que se burla de ellos y les niega la posibilidad del arrepentimiento al final de los tiempos, cosa que incluso san Pablo les había concedido; san Hilario de Poitiers se negaba a comer en la misma mesa que los judíos. ¡Y todos ellos fueron santificados, pese a sus insultos y vejaciones, por la Iglesia posterior!
Pero el antijudaísmo no se limitaba a las opiniones particulares. Sin salir del siglo IV, el Sínodo de Elvira, (año 306), amenaza con la excomunión a quien se atreviera a saludarlos; el Sínodo de Antioquía (año 341) prohibió a los sacerdotes entrar en una sinagoga. Por edicto imperial del año 315 tanto el judío proselitista como el cristiano converso eran reos de muerte. En 388 se prohibieron los matrimonios mixtos, fueron expulsados del ejército romano y de los cargos públicos. Para entonces ya el cristianismo era la religión oficial del Imperio y todas estas normas han de ser achacadas a su malévolo influjo excluyente.
Con idéntica saña, la cristiandad primitiva abomina del politeísmo pagano, adjetivo que aparece en el siglo IV para designar a todos los no cristianos. Los mitos antiguos, basados en las vidas inmorales de los dioses greco-latinos, escandalizaban a los cristianos, quienes no creían en esas leyendas contadas por Homero, Hesíodo y Ovidio, pero sí en que el ‘invisible' Espíritu Santo pudiese dejar embarazada a una doncella judía sin comprometer su virginidad. ¡La misma hipocresía que se viene repitiendo desde entonces! La propaganda anti-pagana, como la anti-judía, destinada a personas de pocas luces, no se limitaba a la sensata manifestación de Tertuliano de que el mayor y más incomprensible de los pecados era la "adoración de múltiples dioses", sino a la difamación, apta sólo para mentes infantiles, de que "los paganos comían carne de cristianos para que éstos no pudiesen resucitar el Día del Juicio", como dejó escrito un pagano converso de Roma, un tal Tatiano, en su libro Discurso a los creyentes de Grecia (año 172).
Como era de esperar, institucionalmente, la "Gran Iglesia" reacciona también contra los paganos, rivales en la lucha religiosa. A comienzos del siglo IV, el citado Sínodo de Elvira promulgó una serie de disposiciones contra el culto a los ídolos, contra la magia, contra las costumbres paganas, contra el matrimonio mixto, contra los sacerdotes idólatras, todo lo cual implicaba la excomunión. Sin embargo, no eran éstos los más temibles y temidos enemigos. Los peores estaban ‘dentro de casa'. La palabra más usada, que acaban blandiendo unos cristianos contra otros es "hereje". Cada grupo o comunidad de seguidores de Jesucristo tenía su particular visión de la doctrina predicada por los teólogos y la defendía contra los demás, a los que acusaba de herejía. El mismo san Jerónimo, tan respetado entre los Doctores de la Iglesia, dejó escrito: "Ningún hereje es cristiano. Pero si no es cristiano, todo hereje es demonio".
Hemos de volver al estudio más completo, el de Antonio Piñero en su luminoso estudio sobre Los cristianismos derrotados (Edaf, 2007) que subtitula con una inquietante pregunta: ¿"Cuál fue el pensamiento de los primeros cristianos heterodoxos"? Porque, poco después de escritos los evangelios canónicos, las primeras comunidades cristianas estaban ya divididas doctrinalmente, como se puede comprobar en la edición de Daniel Ruiz Bueno Padres Apostólicos y Padres Apologistas griegos del siglo II (BAC, 1954) en textos que van desde el año 110 hasta el 180 d.C. aproximadamente. El escenario resultante es el de enfrentamientos y revueltas, agrias disputas y falta de unidad en la doctrina cristiana. ¿Cómo es posible que esto ocurriera al siglo escaso de la muerte de Jesús? ¿No había quedado claro su mensaje? me vuelvo a preguntar. Parece que no, a tenor de las múltiples corrientes de interpretación, que hacían inviable la unidad, aunque todos se enorgullecieran de ser discípulos de Cristo.
Eran tiempos en los que "se estaba creando la primera construcción dogmática del cristianismo, aún en fase formativa", según sentencia Piñero. Jesús no había dejado aclarado si el Padre y el Hijo eran un solo dios, por lo cual unos pensaban (docetistas) que el cuerpo de Jesús era una mera apariencia; otros (monarquianos) pensaban que el Padre se encarnó con el Hijo; había quienes defendían que Jesús era un hombre judío, "adoptado" por el Padre en forma metafórica (adopcionistas); que el Dios cristiano era único, una sola ‘persona', pero se manifestaba en tres formas diferentes; que la humanidad de Jesús fue asumida por la divinidad (modalistas).
Si para unos (ebionitas) la salvación exigía guardar íntegramente la ley de Moisés, incluida la circuncisión, los que pensaban en contrario eran malvados herejes, como Pablo, a quien consideraban el falso profeta por excelencia. El Apocalipsis de Juan dio origen también a divergencias notables entre los primeros cristianos, al enfrentarse al problema de la resurrección de los muertos y la gloria final, que unos veían inmediata (Justino, Ireneo, Hipólito), después del reinado de Jesús durante mil años (milenaristas) y otros no(Orígenes, Gregorio Nacianceno, Cirilo de Jerusalén). Esto explica las dificultades que tuvo el Apocalipsis para ser reconocido como libro sagrado.
El converso Marción fundó en Roma, en el año 140, una Iglesia cristiana (marcionitas) de raíces gnósticas, que presentaba a Yahvéh como un ser perverso, que pudo crear el mundo, pero no ser el Dios Supremo. Jesucristo sería la encarnación en este mundo del Dios Bueno, en oposición al Dios bíblico. Marción dio a su iglesia unas ‘Sagradas Escrituras', anterior a los libros canónicos, y se proclamó discípulo incondicional de Pablo de Tarso. Su influencia en Siria y Armenia perduró hasta el siglo V. Según los textos hallados en Nag Hammadi, hasta mediados del siglo XX no se ha podido conocer su doctrina, cristiana por supuesto, como las demás, que admitía una divinidad ‘compleja' (gnósticos), siendo Jesucristo la emanación de su Sabiduría y el ‘antiguo' Yhavéh un ‘demiurgo' secundario (Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi, Trotta, 2007).
Hoy también se admite la filiación cristiana de la religión de Mani, un profeta iraní del siglo III, el cual se presentaba como "verdadero apóstol de Jesucristo" y que expandió sus doctrinas ‘reveladas' desde Mesopotamia hasta la India y China (maniqueismo)". Afín a las ideas gnósticas son las predicadas por Simón el Mago, que logró convencer a muchos discípulos (simonianos) con sus ‘milagros', las de un tal Bardesanes (bardesianistas) y otros que daban rienda suelta a sus pasiones carnales, en orgías ‘espirituales' en las que tomaban el semen con sus manos y lo bebían afirmando que era ‘el cuerpo de Cristo' y lo mismo hacían con la sangre menstrual, ‘sangre de Cristo' (fibionitas).
Por el contrario, otros grupos exigían a los suyos un extremo ascetismo, renunciando a toda experiencia carnal (encratistas). La oposición radical entre espíritu y materia es la que aparece en algunos evangelios apócrifos, como el de Tomás o el de los Egipcios, que alimentan una vida ascética cuya finalidad es la eliminación de los sexos (M.W.Meyer, Las enseñanzas secretas de Jesús, Grijalbo, 1986). Para un sirio del siglo II, "el matrimonio y la procreación proceden de Satanás". No parece que tales palabras sean más que un consejo de perfección, pero lo cierto es que la ‘Gran Iglesia' consideró herética la continencia extrema. Estas y otras ideas explican la exclusión de los evangelios apócrifos de la doctrina oficial de la Iglesia, pero confirman el caos ideológico que vivieron los primeros cristianos, sin más asidero doctrinal que la tradición oral de los ‘dichos' de Jesús y las cartas de Pablo, que fueron los textos iniciales de la doctrina ‘oficial', aunque dirigidas a comunidades cristianas alejadas del mundo judío, que se negó, en su inmensa mayoría a reconocer a Jesús como el Mesías.
Era evidente que la unidad de los cristianos sólo se podía conseguir mediante el control jerárquico de la tradición, las escrituras, los cargos y la sucesión apostólica. Se tuvo que abrir, necesariamente, una brecha insalvable y profunda entre hermanos: ortodoxos y heterodoxos. Quien definiera la ‘ortodoxia' y la defendiera con éxito se haría con el poder eclesiástico (Continuará).

