OJOS QUE NO VEN (137)
La cristiandad (3)
Con la destrucción de Jerusalén en el año 70 por las legiones romanas, y la predicación apostólica, propiciada por la diáspora, en viajes conocidos sólo por los Hechos de los Apóstoles, el cristianismo se fue expandiendo por todo el Imperio, en cuya capital se constituyó en el siglo II una comunidad de creyentes en Cristo. En ella figura, según el cómputo legendario de la Iglesia católica, como primer obispo de Roma el apóstol Pedro, siendo Pablo el predicador de mayor influencia, con su Carta a los Romanos, del año 56, verdadero tratado teológico para afianzar en su fe a los cristianos de una iglesia (la romana) que él no había fundado, "porque vuestra fe se pregona en el mundo entero" (Ro 1:8). Pero el fundamento de la Sede Apostólica en Roma es muy frágil. En un libro de inexcusable lectura podemos leer que: "El apóstol Pedro es una buena muestra de hasta dónde puede llegar la imaginación de los teólogos para deducir lo que no consta en parte alguna, que él proyectara, ni mucho menos que llevara a cabo a lo largo de su vida: la puesta en marcha del Papado". (Antonio Castro Zafra, Los círculos del Poder. Apparat Vaticano, Editorial Popular, 1987).
Ni la palabra Iglesia ni la primacía de Pedro aparecen en los veintisiete libros del Nuevo Testamento, excepto en el evangelista Mateo, que es el único que reproduce las ‘supuestas' palabras de Jesús: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra construiré mi Iglesia" (Mt 16:18). Es extraño que nadie más dijera ni una sola palabra en asunto tan importante, ausencia que han aprovechado todos los opositores a la Silla de Pedro. Según el mismo autor "hasta mediados del siglo III no aparece un obispo de Roma (Esteban I, 254-257) que cite este texto de Mateo para imponer su doctrina sobre otros obispos". Entre los teólogos son muchos los que defienden que estas palabras son una interpolación tardía, para legitimar las aspiraciones del obispo de Roma, porque el Papado perpetuo no encaja en el contexto de la predicación de Jesús, que está determinada por la expectación del fin próximo (Hans Küng). En los primeros siglos las distintas sedes eran independientes entre sí y carecían de jurisdicción una sobre otra. Los historiadores más serios no encuentran razones científicas para asegurar que Pedro hubiese estado en Roma, y mucho menos que desde allí gobernase a la Iglesia de Cristo, tan desparramada por las orillas del Mediterráneo.
Cuando Pedro escapa de la cárcel de Jerusalén, los Hechos de los Apóstoles dicen simplemente que "se fue a otro lugar". Nadie habla de Roma, ni siquiera Pablo, que en el año 57 anuncia su visita a los romanos. "Pedro ha desaparecido tras el Concilio de Jerusalén de los libros del Nuevo Testamento", afirma Antonio Castro. Las dos "cartas" atribuidas a Pedro son espurias, lo mismo que la leyenda sobre el martirio y muerte de Pedro, cuyos restos reposarían, según la tradición, en el subsuelo vaticano, ‘descubiertos' milagrosamente en 1950, para confirmar la teoría del Primado. La misma incertidumbre afecta al martirio de san Pablo, cuyos restos, según fuentes del Vaticano, han sido hallados en el año 2006 en la basílica de San Pablo Extramuros de Roma. Pero no pasan de piadosas consideraciones, porque resulta imposible a estas alturas determinar con certeza la identidad de estos restos.
Pablo, el apóstol que no había convivido con Jesús, es el único que dejó algún escrito sobre la nueva religión, las conocidas epístolas, base doctrinal de los futuros evangelios. No obstante, existen otras "cartas", (cuya autoría apostólica ha sido discutida) una de Santiago, dos de Pedro y tres de Juan, , amén de otras de personajes conocidos pero no apostólicos, como Bernabé, Ignacio de Antioquía, Justino Mártir y otros obispos, que ejercieron influencia a la hora de la constitución de la doctrina ‘oficial' del cristianismo con sus Epístolas Pastorales, transmisoras del ‘depósito' de la fe, en las que "se ve claramente que la Iglesia se va preparando para una estancia de larga duración en el mundo", algo contrario al mensaje de Jesús. El concepto de Iglesia institucional es incompatible con la ‘inminencia' del Reino proclamada por Jesús.
Según dice Piñero, "el gobierno de las primeras comunidades paulinas no estaba estrictamente organizado según cargos eclesiásticos con funciones bien determinadas. Eran los maestros y profetas (al estilo judío) los que, en comunicación directa con el Espíritu, regían la comunidad". Pero, a finales del siglo I, ya estaban organizadas jerárquicamente, al modo imperial. Timoteo y Tito, dos discípulos de Pablo reciben el encargo y el carisma de predicar la fe de Cristo mediante la imposición de las manos (1Tim 4:14 y 2Tim 1:6). A pesar de lo cual, la abundancia de doctrinas dispares y hasta contradictorias en el seno de la naciente religión no propiciaban precisamente la unidad teológica, como ha estudiado J. Monserrat (La Sinagoga Cristiana, Muchnik, 1989).
Sin embargo, antes del año 200, según Piñero, la "Gran Iglesia" aparece ya consolidada y controlada por una jerarquía que se justifica como sucesora legítima de los seguidores inmediatos de Jesús. Esta jerarquía controla no sólo la elección de los cargos eclesiásticos, sino también el uso y la interpretación de las únicas Escrituras que tiene entonces el grupo cristiano, el Antiguo Testamento, y el conocido como "depósito de la fe", formado ya por tradición y consenso entre las iglesias más importantes de la cristiandad. Hay que apreciar en este párrafo la reveladora palabra del ‘consenso' para dictaminar, ‘democráticamente', cuál iba a ser en adelante el verdadero ‘depósito de la fe', que no se pudo determinar en su totalidad hasta siglos después de la existencia formal del cristianismo (pensemos que la infalibilidad pontificia es casi de nuestros días). Los obispos ("episcopo=vigilante"), elegidos inicialmente entre los fieles y clérigos para dirigir cada grupo eclesiástico, son, también a partir del siglo II, los introductores en las comunidades cristianas (como era regla común en la vida civil) de la simonía, esto es, la compra-venta de cargos, y del nepotismo, o la reserva de los mismos por ‘herencia familiar', vicios sociales que, no por acostumbrados y consentidos, harían menos daño a la cristiandad en siglos posteriores.
Por otra parte, hasta el año 180 no quedó establecido el ‘canon' de libros sagrados que sustituyeran al Antiguo Testamento, después de medio siglo de discusiones teológicas. "La formación del canon, tal como se solidificó en su enorme variedad, significa más un espaldarazo a la pluralidad de confesiones cristianas que una llamada a la unidad y a la homogeneidad", según Antonio Piñero (Orígenes del cristianismo El Almendro, 1991) quien en otro lugar sostiene su tesis: "El Nuevo Testamento fue una suerte de ‘cajón de sastre' de concepciones teológicas, fruto de un pacto entre diversas tendencias dentro de la Gran Iglesia en Roma y otras comunidades importantes. Por tanto, la teología del Nuevo Testamento es tan amplia y variada que deja un ancho campo para defender ideas teológicas opuestas y a veces contradictorias".
Aparto el libro de mi vista, porque no salgo de mi asombro. ¿Cómo ha permitido Jesucristo que su doctrina sea el fruto de un ‘pacto', elaborado por ‘consenso' entre unos cuantos teólogos visionarios, ‘iluminados por el Espíritu'? ¿Por qué eran ellos los verdaderos padres de la ortodoxia, y no los ‘herejes', combatidos con tanta vesania por Ireneo de Lyon, Hipólito de Roma, Eusebio de Cesarea, Epifanio de Salamina y tantos otros? Una vez más, como a lo largo de toda la Historia, se confirma que quien tiene la fuerza consigue la victoria. También ocurre en la Historia de las Religiones, pero se invalida así su pretendida ‘inspiración' divina. (Continuará)

