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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

9 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (138)

 

La cristiandad (4)

 

Hitos importantes en la historia del cristianismo primitivo son las persecuciones que sufrieron desde el poder civil pagano, como ya se ha dicho,  con trágicos episodios que motivaron el martirio de muchos creyentes (la mayoría envueltos en leyendas piadosas) que sirvieron, por contraste, para avivar el fortalecimiento de la fe en Jesucristo, el dios por el que morían en el tormento o en coliseo ante fieras hambrientas. "Las investigaciones más serias y no refutadas por nadie calculan la cifra de víctimas cristianas, unas veces en 3.000, otras en 1.500 para el total de tres siglos de persecuciones" (Deschner) contra las enormes cantidades que cita la propaganda católica, ya que "la mayoría de las actas de los mártires son falsificaciones" basadas en las páginas de la primera Historia de la Iglesia, a comienzos del siglo IV, en las que el obispo de Cesarea, Eusebio, ofrece datos ‘inventados' y numerosas falsedades, con tal de glorificar al primer emperador que protegió a los cristianos, Constantino I, fundador de Constantinopla protector y mecenas de la Iglesia naciente. Así lo afirma el historiador J. Moreau en su obra Eusebio de Cesarea (1966).

Las mentiras del famoso obispo, fanático donde los haya,  son de tal calibre que, más que impresionar a sus lectores mueven a risa, si no fuera tan dramático su intento de criminalizar a los paganos. Según este falso historiador, a las víctimas cristianas los paganos les arrancaban las carnes a cuchilladas, les rompían las piernas, les cortaban las narices, orejas y manos, les clavaban agujas en las uñas, abrían profundas heridas con sus latigazos y las abrasaban con plomo derretido, las freían en parrillas a fuego lento, como a san Lorenzo. Decapitaban a mujeres y niños hasta un centenar cada día, aunque en otras ciudades fueron quemados vivos. Nadie puede creer semejantes bulos infantiles, amaños de la realidad para impresionar a los fieles.

La realidad histórica es que ningún emperador tuvo un empeño especial en perseguir a los cristianos, con tal de que le reconocieran como ‘dios'. Así ocurrió con Nerón en el año 64, y con sus sucesores Trajano y Marco Aurelio, aunque la virulencia en las persecuciones se avivó en las celebraciones del primer milenario de Roma, en el año 248. Por supuesto, no todos los perseguidos fueron ‘mártires', también hubo ‘traidores' que se acobardaban ante el suplicio y renegaban de la fe de Cristo. Otro historiador, Lactancio, abomina de los emperadores Decio (249-251), Valeriano (253-260), Diocleciano (284-305) y su yerno Galerio (305-311), en cuyo reinado "la hoguera, las crucifixiones y las fieras eran el pan de cada día".

Este último emperador, que murió de un pestilente cáncer genital, firmó poco antes de morir, el 30 de abril de 311, el llamado Edicto de tolerancia, por el que ponía fin a las persecuciones contra los cristianos y proclamaba que el cristianismo era una religión lícita, al parecer por influencia de su esposa Valeria. Había terminado, por obra del más abominable de los emperadores, la ‘noche oscura' de las catacumbas, y se iniciaba el esplendor de la victoria de Jesucristo sobre  los demás ‘dioses', aunque podemos comprender que todo un imperio no se muda de creencias de la noche a la mañana por un edicto imperial. Aunque soterrada, la lucha continuaba.

Antes del edicto había aparecido en escena  un guardaespaldas imperial, de nombre Constancio, nacido cerca de Sofía, que tras una rápida carrera ‘política', había sido promovido a césar en 293 y nombrado emperador de Occidente en 305. Casado con la emperatriz Teodora, había vivido en concubinato  con Elena, supuesta princesa británica, que en realidad era una tabernera de los Balcanes, que le dio un hijo, Constantino, del que se mofaban como "el hijo de la concubina". Esta futura santa, que era "autoritaria, intrigante y totalmente desprovista de escrúpulos", al decir de los historiadores, consiguió el destierro de Teodora, para asegurar el trono a su propio hijo, Constantino, quien logró que las tropas a su mando lo nombraran emperador a la muerte de su padre, el 25 de julio del año 306.

Como buen militar, se impuso a sus detractores mediante las sucesivas guerras, que le convirtieron en el "espanto del Rin". Un cronista oficial de Tréveris, donde estableció su sede, dejó escrito que diezmó a los brúcteros, robó sus ganados, incendió sus aldeas y lanzó a los prisioneros al circo para que fuesen pasto de las fieras. En 311 aplastó a los alamanos y a los francos, cuyos reyes, Ascarico y Merogasio, fueron despedazados por osos hambrientos. Fue tal el aplauso general que instituyó en Tréveris (en cuyo anfiteatro, el décimo en importancia de los 71 conocidos, cabían 20.000 personas) la fiesta anual de fieras contra hombres, conocida como los "juegos francos".

Además de Constantino, había en el Imperio romano otros tres emperadores: Majencio en Occidente (Italia y África), Maximino Daia en Oriente (Mesopotamia y Egipto) y Licinio (Retia y Panonia). Esta tetrarquía, instituida por Diocleciano para consolidar el gigantesco imperio, no duró mucho. Con la ‘ayuda' del dios de los cristianos, Constantino pudo derrotar a los otros tres. El primero, Majencio, cayó en la célebre batalla del Puente Milvio, cerca de Roma, en la primavera del año 312, celebrada por los historiadores de la Iglesia como el "nacimiento del imperio cristiano". Decapitado Majencio, toda su familia fue exterminada por orden de Constantino. Lo mismo le ocurrió a la del abatido Maximino Daia, que murió "devorado por un fuego invisible que le envió Dios", como dice Lactancio. En el verano de 324 Constantino se enfrentó con su cuñado Licinio, que fue derrotado a orillas del Bósforo. Según el cronista, "cuarenta mil cadáveres quedaron sobre el campo de batalla". Licinio fue estrangulado y sus seguidores perseguidos y exterminados. Después de diez años de guerras civiles, Constantino quedó como "caudillo del orbe entero", dueño absoluto del Imperio romano.

Estos apuntes sobre la Historia de Roma son necesarios para entender el futuro de toda la cristiandad, ya que con el emperador Constantino la religión cristiana pasa de ser perseguida, a religión oficial y dueña de su propio destino, muy diferente del que había vivido durante los tres siglos precedentes. Por fin, Jesucristo podía ser adorado como Dios, sin prohibiciones ni violencias. Todo lo contrario. La protección del poder civil sería un dulce almibarado que ya nunca querría perder. Como dice el autor que estudia este reinado, Alistair Kee: "Ahora la Iglesia dejó de participar en los padecimientos de Cristo y puso sus ojos en la gloria de Constantino" (Constantino contra Cristo, Martínez Roca, 1990). Pero a costa de olvidar la fidelidad al primero, cambiando radicalmente su postura gracias a las ‘golosinas' que recibía del segundo. Así continúa, progresivamente, hasta que en el siglo XI, el papa Gregorio VII manifiesta claramente la ‘vocación de poder' de la Iglesia cristiana, para mejor conseguir los "bienes espirituales". El apogeo se alcanza con Inocencio III (1198-1216) cuando la sociedad admite sin  reparos jurídicos, que "la fuente de todo Poder" proviene de Dios, y por tanto, "de su Iglesia" (Antonio Castro Zafra, Los círculos del Poder. Apparat Vaticano, Editorial Popular, 1987)

Pasadas varias generaciones de fieles cristianos, dispuestos incluso al martirio más horrible por defender su salvación eterna, la interpretación del mensaje evangélico varió considerablemente, ‘adaptándose' a las circunstancias, traicionando, en cierto modo, la memoria de sus mártires. El Jesús mesiánico, que rechazó el conformismo político del pueblo de Israel, sometido al poder de Roma, ya era presentado en los escritos de Pablo de forma muy diferente, recomendando a los corintios que no hicieran esfuerzos por salir de su condición de siervos (1Cor 7:22). Con mayor claridad lo dice en su epístola a los Romanos: "Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios...Quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino" (Ro, 13:1-2). Insiste en ello uno de sus discípulos, el autor de la primera carta de Pedro: "Por amor del Señor estad sujetos a toda institución humana, ya al emperador como soberano, ya a los gobernadores como delegados suyos...Tal es la voluntad de Dios" (1Pe 2: 13-15). Ante la decadencia del Imperio, la máxima  ‘autoridad', encarnada en el emperador, pasa en siglo XI a ser ostentada por el Papa de Roma. La historia es conmovedora y lamentable, pero cierta y de funestas consecuencias. El antagonismo ideológico es absoluto, pero la teología posterior ha minimizado su importancia, para cubrir las falacias teológicas de la Iglesia, que, desde Pablo y contra las enseñanzas de Jesús, siempre ha estado muy a gusto en la alianza ‘acomodaticia' entre el Trono y el Altar. (Continuará)

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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