Publicidad:
La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

10 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (139)

 

La cristiandad (5)

 

Volviendo al siglo IV, en que se produjo, por obra del emperador Constantino, el giro más impensado en la historia de la cristiandad, se han de enfocar y estudiar con mayor precisión los datos históricos que nos permitan entender semejante evolución, tan radical como inesperada. Lo cuenta, a su empalagosa manera, el mendaz historiador Eusebio, obispo de Cesarea y biógrafo de Costantino (Vita Constantini), al que proclama "primer emperador cristiano", sin hacer mención de su cruel y malvado comportamiento, anterior y posterior a su elección como dueño del Imperio.

Deseoso de una victoria definitiva sobre Majencio, Constantino le confesó que había tenido durante el sueño una visión (¡otro visionario!); "una cruz luminosa en los cielos, por encima del sol poniente, llevando una inscripción: Conquista por esto" (es conocido que la versión ‘manipulada' dice Con este signo vencerás, en latín In hoc signo vinces). Frente al estandarte pagano de Majencio, Constantino decidió portar otro de signo contrario: un lábaro que hizo grabar en los escudos de sus soldados con dos letras griegas cruzadas, una ro y una kappa, anagrama de la palabra Cristo, que fue asumido como símbolo en el siglo XX por la Acción Católica.  Aunque, según el erudito Norman Baynes, en su obra Constantine the Great, la parta alta y redondeada del lábaro representa al sol (el ‘Sol Invictus' pagano, al que Constantino nunca dejó de venerar) en su alianza con el Dios de las cristianos.

Entusiasmado por su victoria, que creyó ser debida a la protección de ese Dios desconocido, con ese lábaro se enfrentó y venció a todos sus enemigos. (No la cruz, como se dice interesadamente, sino el lábaro, que Constantino adoptó como símbolo de su victorioso reinado). Y se mostró agradecido con esa religión que le había procurado la victoria, que era, en realidad, lo único que le interesaba, ya que, sin ser cristiano,  se sirvió del cristianismo para intentar conseguir, tras la victoria, la unidad del Imperio. Cosa harto difícil, ya que las creencias, como es lógico, no se pueden modificar de la noche a la mañana, por ningún edicto ni amenaza legal de la autoridad. La verdad histórica es que Constantino, a raíz de sus victorias, comenzó a favorecer a las comunidades cristianas, otorgando a sus prelados, obispos y sacerdotes,  unos privilegios que les valían reconocimiento oficial, poder eclesiástico y riquezas antes desconocidas, al ser considerados como ‘dignatarios imperiales', con derecho al reparto gratuito de trigo y a usar el correo imperial.

En el año 321 las iglesias fueron autorizadas a recibir herencias, derecho negado a los templos paganos. "Esta costumbre, señala Deschner, se convirtió en una especie de epidemia durante la Edad Media, apoderándose la Iglesia de una tercera parte de la extensión de toda Europa". Constantino también concedió a los obispos atribuciones judiciales para sentenciar en los procesos eclesiásticos y para liberar a los esclavos. Se construyeron muchas iglesias cristianas sobre las ruinas de los templos paganos, entre ellas las siete basílicas romanas, se devolvieron las propiedades confiscadas y se donaron al clero grandes propiedades en Italia, África, Siria, Egipto, Creta y las Galias. Sólo la Iglesia Romana recibió de Constantino más de una tonelada de oro y casi diez toneladas de plata, para decorar la llamada Basílica Constantiniana. Pasar de las catacumbas y las persecuciones a la protección imperial debió suponer para aquellos  fieles un verdadero ‘milagro'. Hay que reconocer, con Alistair Klee, catedrático en Glasgow de Historia de las Religiones, que "proteger a la Iglesia en vez de perseguirla fue una sabia decisión política".

Con ser tantos los beneficios conseguidos, el de mayor trascendencia para la cristiandad fue el que la ‘leyenda' atribuye a la madre del emperador, la futura santa Elena, que fue premiada en su fervoroso intento arqueológico con el ‘descubrimiento' de la cruz en la que Jesús había sido crucificado, en una oscura cueva bajo el monte Calvario, que ordenó registrar, gracias a una visión nocturna (¡otra!). Sobre ella Constantino ordenó edificar la actual basílica del Santo Sepulcro, después de proclamar a los cuatro vientos el hallazgo de la cruz, que pronto fue transformada en miles de trocitos, inapreciables reliquias que lograron aumentar en forma considerable tanto las arcas de la Iglesia como la fidelidad de los ingenuos, al menos tanto como Elena. Porque fueron tres las cruces halladas y para verificar cuál era la que estuvo en contacto con la sangre de Jesús, "el obispo Macario la pudo identificar haciendo que una mujer enferma tocara las tres cruces; la que sanó a la mujer era la auténtica cruz de Cristo". Los historiadores se estremecen ante tanta credulidad, sobre todo después de saber la escasa sensibilidad del emperador, que no suspendió las crucifixiones de los criminales al conocer dicha noticia. (Desde luego, Constantino no era cristiano, ya que sólo se bautizó unos días antes de morir, ¡por un obispo arriano!).

El emperador Constantino, en definitiva, ha pasado a la historia como un cristiano ideal, pese a sus crímenes, gran benefactor y ‘gloria' de la Iglesia, vencedor del paganismo y fundador de la Europa cristiana, prolongada en siglos posteriores por devotos emperadores como Teodosio y Carlomagno, y por el Sacro Imperio Romano-Germánico. A él se deben los primeros grandes templos de la cristiandad, tanto en Roma como en Jerusalén y en ‘su' ciudad, Constantinopla. Su ejemplo sirvió para que algunos creyentes adinerados contribuyeran a la magnificencia de las iglesias construidas desde entonces, como la recién descubierta al norte de Israel, de comienzos del siglo IV, con ricos mosaicos en el suelo, que la arqueología presenta como la primera iglesia cristiana. Precisamente en el centro del templo hay un círculo en el que figuran dos peces, símbolo del zodíaco, pero también de los primitivos cristianos, según el Diccionario de símbolos y mitos, de J.A. Pérez-Rioja (Tecnos, 1971).  

Constantino logró tener a su servicio una Iglesia obediente, lisonjera y agradecida, que atendía a sus peticiones, le reverenciaba como a su señor natural y le permitía convocar concilios y decidir en cuestiones de fe como el pontifex maximus. Aunque la historia de la Iglesia no puede limitarse a la de su jerarquía y sus lazos con el poder civil, la limitación del espacio obliga a concentrarla en la Sede Apostólica y en la vida de sus papas, espejo de toda la cristiandad, con el que se identifican todos los católicos. Aunque las esperadas  virtudes no se correspondan con la realidad y enmascaren muchas veces una vida licenciosa, de apariencia santa.

Esta Iglesia sumisa, que había perdido independencia en pago a su servilismo, admitió el título de Vicario de Cristo para el emperador antes de que lo usaran los mismos papas. Un ‘vicario' cruel, guerrero implacable, que no tenía escrúpulos  en asesinar a cuantos se oponían a sus designios, contra la mansedumbre y el amor predicados por Jesucristo. Pero las acusaciones de la historia van mucho más allá. Su crueldad no era sólo contra sus enemigos políticos. En el año 310 hizo ahorcar a su suegro, el emperador Maximiano y a sus cuñados Licinio y Basiano; en 326 hizo asesinar a Crispo, uno de sus hijos habido en concubinato con Minerva, poco antes de casarse con Fausta, emperatriz a la que hizo ahogar en su propio baño, donando todas sus propiedades en el barrio de Letrán al papa de los cristianos, donde se erigió la Basílica Constantiniana, en cuyo pórtico su estatua colosal recuerda cuánto le debe el mundo cristiano. Porque la Iglesia ‘triunfante' ha preferido siempre olvidar los crímenes y pecados de sus benefactores. En especial los de Constantino, gracias al cual, la Iglesia de Cristo llegó a ser un poder más en la Tierra, con aspiración a ser el mayor en todas las sociedades y culturas.

La ‘protección' imperial se continúa con los sucesivos emperadores y se aumenta con Carlomagno, que, a cambio, exigió en el año 824, que los Papas debieran aguardar la confirmación imperial antes de ser consagrados. "No deja de ser curioso, escribe Antonio Castro Zafra, que hayan sido los propios pontífices quienes, con su peligrosa invención de un Imperium Romanum Christianum, entregaran a los monarcas una serie de derechos que luego habrán de rescatar no sólo por la fuerza de los anatemas y las excomuniones, sino también por la violencia y la guerra. Es, sin embargo, el precio que hubieron de satisfacer para recibir a cambio un reino de este mundo" (Los círculos del Poder). Al nivel de los emperadores, los Papas podían ya disputarles cara a cara el ansiado poder temporal, al que nunca han renunciado. (Continuará).

 

servido por Francisco sin comentarios compártelo

sin comentarios · Escribe aquí tu comentario

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de Francisco

La bitácora de Vandalio

Madrid, España
ver perfil »
contacto »
Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
Estadisticas y contadores web gratis
Estadisticas Gratis

Fotos

Francisco Aguilar Piñal todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera