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La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

11 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (140)

 

La cristiandad (6)

 

 

Bastan las indicaciones anteriores para entender que, durante el siglo IV, una ‘tendencia' del cristianismo, la que supo congraciarse con el emperador, consiguió, prácticamente, apoderarse de las riendas ‘espirituales' del Imperio romano, desbancando al paganismo olímpico y eliminando, con la ayuda del poder civil, a cuantos adversarios aparecían en su camino, aunque fuesen creyentes en el mismo Cristo. A éstos, sin mayores contemplaciones, los condenaba como "herejes" o "cismáticos", es decir, reos de alguna ‘disidencia' dogmática y enemigos, por tanto, del Imperio. Durante el reinado de Constantino la ‘Gran Iglesia' tuvo que hacer frente al cisma de Donato, aspirante al obispado de Cartago contra la voluntad de emperador. No obstante, en el norte de África el movimiento siguió vivo hasta el siglo VII, contabilizándose hasta 500 obispos donatistas.

Mayor importancia tuvo la doctrina predicada por Arrio, convencido de que el Hijo de Dios fue creado de la nada en un momento anterior a la creación del mundo, lo que equivale a decir que Jesucristo no era Dios, sino un  ser sobrenatural extraordinario y digno de culto. Acusado de blasfemia por otros obispos, fue excomulgado en el año 324 por el sínodo de Alejandría, con adversarios tan eminentes como Gelasio y Atanasio, aunque el obispo Gregorio Nacianceno admitía que el concilio, más que por asuntos doctrinales, se movía por el ‘ansia de dominio'. Alejandría, el lugar donde se tradujo al griego el Antiguo Testamento, era también la sede de la principal iglesia cristiana de Oriente, enfrentada a Roma, como después lo fue Bizancio o Constantinopla.

A pesar de los intentos de conciliación, Constantino no pudo zanjar las disputas y convocó, como se ha dicho, un concilio en Nicea, en el norte de Turquía (año 325), por consejo de Osio, obispo de Córdoba y enemigo de Arrio. El concilio se celebró en su propio palacio de verano, con asistencia de 250 obispos, cuyos gastos pagó ‘religiosamente' el emperador. La conclusión dogmática de este concilio, cuyos ecos perduran en la actualidad, se centra en la llamada "confesión de fe de Nicea", en la que se declara que "el Hijo es engendrado, no creado por el Padre", solución impuesta por Constantino, que prohibió toda discusión posterior, exigiendo el acatamiento de todos. "Desde entonces, afirma Deschner, "los emperadores y no los papas, fueron los que tomaron las decisiones acerca de la Iglesia".

Antes de Nicea nadie había dicho nada sobre la encarnación; la idea de un Hijo consustancial al Padre era desconocida en la Sagrada Escritura. Toda esta doctrina fue ‘consensuada' por los teólogos de Nicea. Arrio perdió y fue desterrado, pero sus seguidores consiguieron mantener vivo el fuego de la heterodoxia entre romanos, vándalos y godos durante los tres siglos siguientes. La doctrina aprobada en Nicea fue ‘retocada' en el concilio de Constantinopla (381), dando paso a la "Gran Apostasía" que avergüenza a los puristas, ya que con este credo el cristianismo desfigura sus orígenes con ideas y conceptos (sobre todo los ‘trinitarios') que el mismo Jesús encontraría incomprensibles.

Como se ve, los dogmas cristianos se han ido estableciendo a base de ‘concilios', es decir, de pactos y consensos entre obispos y teólogos, cada uno con sus propias posturas ideológicas ¿todas ellas inspiradas por el Espíritu Santo? ¿Esta ‘Persona' de la Santísima Trinidad es tan ignorante que no sabe cuál es la doctrina ‘verdadera', o tan cínica que pretende mantener a la cristiandad en continuas rencillas por una fe incierta, para forzar la unidad? Nada menos que dieciocho años necesitaron los padres conciliares del Concilio de Trento (1545-63) para ponerse de acuerdo en la recta doctrina (Contrarreforma) que había de hacer frente a la Reforma protestante. La bula de Paulo III que lo convocó (1542) reavivó el fuego de la Inquisición con estas palabras: "La misión de la Suprema Sagrada Congregación de la Inquisición Romana y Universal es conservar pura la fe católica manteniendo alejada cualquier herejía". Los ‘consensos' se convirtieron en estandartes de la única verdad, del pensamiento único y de la intransigencia, enemiga de la libertad. La historia recuerda cuánto sufrimiento costó ese ‘mantenimiento' inquisitorial, que cambió su nombre por el de Santo Oficio en 1908, y por el de Doctrina de la Fe en 1965.

Como hemos visto, el emperador Constantino, a pesar de sus deseos,  no consiguió la unidad doctrinal, pero su figura se consolidó como el "nuevo Salvador, que había logrado desplazar al Jesús histórico" (Kee). El arte bizantino de siglos posteriores presenta a Cristo sentado en un trono, como si fuera el emperador en su corte de Bizancio. Los valores evangélicos, por mucho que duela a los teólogos cristianos, fueron transformados en una doctrina ‘victoriosa' de opuesta axiología, que ha dominado a la cristiandad hasta nuestros días, haciéndola indigna de sus orígenes. Las disputas teológicas siguieron enconadas, tanto en Alejandría, como en Antioquía, capital de Siria y uno de los bastiones de la expansión del cristianismo por Oriente. Si Constantino buscaba la unidad religiosa se encontró la dispersión, aunque mantuvo con mano férrea la sumisión de la jerarquía católica.

Ambrosio, obispo de Milán (374-397) coincide con la vida del emperador Teodosio I (379-395), de estricta moralidad, que ordenaba quemar en público a los pederastas, y al que Ambrosio consiguió convencer para que declarase al catolicismo como única "religión legal" en el Imperio (380). A partir de entonces se recrudece la persecución implacable contra toda clase de herejes, no sólo los arrianos, sino también contra los seguidores de Prisciliano y en especial, contra los judíos, cuyas sinagogas fueron destruidas. Ambrosio bendijo la Basílica Ambrosiana de Milán y gracias a sus ‘visiones nocturnas' logró encontrar los restos de algunos ‘supuestos' mártires que pudieran ‘santificar' el templo, como los de Gervasio y Protasio, Agrícola y Vital, Nazario y Celso, personajes no conocidos hasta entonces.

Por la misma época, otro Padre de la Iglesia, Agustín de Hipona (354-430), después de una vida de crápula, convertido al cristianismo, y consagrado como obispo, arrecia contra los enemigos de la Iglesia, entre los que incluye no sólo a los herejes, sino también a los bárbaros godos, que estaban ya haciendo peligrar al mismo Imperio romano. Después de acusarle de "hipócrita", Deschner dice que "fue el iniciador del agustinismo político, arquetipo de todos los inquisidores ensangrentados de tantos siglos, de su crueldad, perfidia, mojigatería, y como precursor del horror, de las relaciones medievales entre Iglesia y Estado...Todos los esbirros y rufianes, príncipes y monjes, obispos y papas que en adelante cazarían, martirizarían y quemarían herejes, podían apoyarse en Agustín...que veía al ser humano devorado por una monstruosa deuda hereditaria, el pecado original". (Hipócritamente, Agustín defiende el mantenimiento de la prostitución para calmar la "violencia de las pasiones"). Al comienzo de su vida como obispo, ordenó la destrucción de los templos paganos y la aniquilación de todos sus cultos, bendijo la "guerra" santa contra los infieles y la sangre vertida por Dios. Como dice el jesuita Karl Rahner, para Agustín "Dios es todo, pero el hombre nada". (Continuará)

Tags: cristianismo

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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