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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

12 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (141)

 

La cristiandad (7)

 

Naturalmente, no todos los cristianos estaban de acuerdo con la nueva situación de ‘colaboración política' con el poder del Estado y nacen los anacoretas del desierto, retirados del mundo naciente de ‘funcionarios eclesiásticos' sumisos con el poder y ajenos al  mensaje de Jesucristo. Al sur de Egipto, el monje Pancomio funda el primer cenobio cristiano, en el siglo IV, para vivir una vida de recogimiento y oración que tendrá gran acogida en la historia de la Iglesia, primero en los monacatos y retiros de ascetas, y después en las múltiples comunidades de frailes ‘predicadores' (dominicos), ‘mendicantes' (franciscanos, conventuales y capuchinos) o ‘de clausura' (benedictinos, cistercienses, cluniacenses, etc.) con sus respectivas comunidades femeninas, de gran influencia en la cristiandad medieval. Posteriormente, otras órdenes o congregaciones religiosas han entendido el seguimiento de Cristo como la entrega incondicional a las necesidades de la Santa Sede. Así el español Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús (1546) o el también español José María Escrivá, fundador del Opus Dei (1928), ambas ‘obras de Dios' detestadas por los hombres, por su hipocresía y arrogancia, que nada tienen que ver con el monacato medieval.

A pesar de tanto esfuerzo ‘militante', la Historia de la Cristiandad enseña que tampoco la Iglesia de Jesucristo logró la unidad doctrinal, tan deseosamente buscada, por la sencilla razón de que la ‘verdad' no puede imponerse ni por la coacción ni por la espada. En sus dos mil años de existencia ha conocido cismas y divisiones en las creencias, pero también en la jerarquía, ambiciosa de poder, en permanente rivalidad con la soberanía civil, y entre sus propios miembros eclesiásticos. La Historia de la Iglesia no se puede entender sin esta tensión, muchas veces sangrienta, entre ‘ortodoxia' y ‘heterodoxia', entre bondad y ambición. Todos cristianos, pero el más fuerte denigrando al disidente, acusado de ‘hereje', indigno de la gloria de Cristo. La Historia de la Iglesia es, por tanto, en gran parte, la historia de las herejías, porque las ha habido a centenares, como se puede comprobar en la Enciclopedia de los herejes y las herejías  (Robin Book, 1998).

La verdad religiosa, en frase que se atribuye a Oscar Wilde, "es sencillamente la opinión que ha sobrevivido". Frase que da a pie a Michael Arnheim para afirmar, como conclusión de sus estudios, que "sólo en este sentido puede decirse que el cristianismo es verdadero. El único problema es que esta definición de la verdad lo acerca peligrosamente a lo que sólo puede llamarse de una manera: la gran mentira" (¿Es verdadero el cristianismo? Crítica, 1985). Sin ser tan explícito, Antonio Piñero concluye su estudio sobre Los cristianismos derrotados diciendo con autoridad que "Hoy se cuentan, como mínimo, unas quinientas confesiones cristianas de cierta envergadura. Parece empresa titánica e imposible luchar contra esa variedad, pues la diversidad polimórfica pertenece a la esencia misma del cristianismo desde su nacimiento". ¿No reconoce con estas palabras que el Dios cristiano es una ‘quimera' irreal, producto de muy distintas imaginaciones ‘visionarias', nombre mítico, sin más respaldo real que la estadística de fieles creyentes?

Como todas las instituciones integradas por seres humanos, la Iglesia católica habrá tenido miembros de sana moral y otros de moral desviada o incluso criminal, pero a los fieles no se les debe ocultar la ‘verdadera' historia de la institución, por más que la intención sea la de ofrecerles una visión modélica, de la que puedan sentirse orgullosos, aunque la realidad sea muy distinta. Ejemplaridad histórica que se ha de hacer visible en sus máximos dirigentes, llamados a dirigir la grey por caminos de salvación. Y aquí es donde encontramos, a veces, la miseria espiritual más absoluta, que muchos cristianos ignoran, pero que  todos tenemos derecho a conocer, lo mismo que la historia civil del mundo en que vivimos, aunque sea un caos de pueblos fanáticos y soberbios, de doble moral, entregados siempre al saqueo, a la destrucción y al asesinato por un trozo de tierra, pero sobre todo por un ápice más de poder, la ambición que ha sido la ‘marca' indeleble del paso del hombre por la Tierra.

Historia humana también la de cuantas religiones, aun en los rincones más inhóspitos, se han ‘inventado' algunos ‘visionarios' humanos, movidos por sus alucinaciones, que han intentado dominar las conciencias de los demás por el temor, la astucia, la intimidación, las falsas promesas o el señuelo de la eterna felicidad. Historia innoble la del cristianismo, que cambia de rumbo en el siglo IV, cuando la religión de Jesucristo ‘toca' el poder y se lanza a una loca carrera de dominación propia y exterminio del adversario, con anatemas, condenas y amenazas, incluso con derramamiento de sangre, baldón que se procura ocultar a los fieles, con piadosas consideraciones sobre el cambio de tiempos y costumbres. Nada más indigno que la inicua obsesión de ocultar el pasado para magnificar el presente.

Todo fiel cristiano tiene derecho a conocer la historia ‘verdadera' de la institución a la que pertenece Ha de saber, por ejemplo, que entre 1450 y 1750, al menos cien mil mujeres y hombres fueron ejecutados en Europa y América, acusados de brujería y pacto diabólico, acusación falta de pruebas, porque se sustenta en difamaciones y confesiones arrancadas mediante la tortura. Ha de saber que los últimos caballeros de la Orden del Temple, devotos cristianos a las órdenes de la Santa Sede, fueron torturados y quemados vivos en el siglo XIV por orden   papal. Ha de saber que durante más de siete siglos la conocida como ‘Santa Inquisición' no tuvo más empeño que ‘defender la fe' persiguiendo, condenando y ajusticiando a miles de seres humanos que habían usado su derecho primario a ejercitar su razón y exponer sus ideas, fuesen judaizantes, protestantes, conversos, brujas, sodomitas  o simplemente científicos alejados de la doctrina ‘oficial' de la Iglesia.

Ejemplos dignos de recuerdo son: Arnaldo de Brescia, monje agustino que fue ahorcado, quemado y sus cenizas arrojadas al río Tíber en el año 1155. Los albigenses y cátaros, que avergonzaban a la Sede Romana por su espiritualidad y pureza de costumbres, fueron condenados a muerte en el año 1199 por el papa Inocencio III, acusados de ‘herejes'. Murieron asesinados o se suicidaron en sus posesiones del sur de Francia, desde Bézier hasta Carcassonne y Montségur. En el año 1318 fueron quemados varios "fraticelli" (franciscanos) en Marsella por predicar la pobreza y contra la corrupción de la Iglesia. La hipocresía de la Curia Romana, al entregar a los reos al brazo secular para ejecutar la sentencia, llegaba al extremo de ordenar el fuego y no la decapitación habitual para que no hubiera derramamiento de sangre ("sine sanguinis effussione").

La hoguera fue también el destino de célebres ‘disidentes' católicos, como el fraile dominico Savonarola en 1498 o Ghiordano Bruno, quemado públicamente en Roma de orden del cardenal Belarmino (en los altares desde 1930) por defender que la Tierra gira alrededor del Sol, tesis que le valió también la condena a Galileo Galilei durante el papado de Urbano VIII (1623-1644). Tanto la doncella Juana de Arco como el inglés Hugo Latimer, murieron también en la hoguera y en 1553 lo fue el español Miguel Servet, aunque en esta ocasión la orden era del protestante Calvino, rehabilitado hace unos meses por el Vaticano, en el colmo del cinismo oportunista. El protestante Juan Hus, Rector de la Universidad de Praga, fue quemado también en la hoguera en 1415.

Son hechos contrastados, de los que nadie puede dudar. Pero estos datos, con ser escandalosos en la Iglesia de Jesucristo, no pueden hacer olvidar otros realmente increíbles, capaces de quitar la fe a cualquiera que no la siga con fanatismo y ceguera espiritual. Pocos pero distinguidos ejemplos de una costumbre inhumana que ha manchado de sangre las manos y el corazón de los más fanáticos inquisidores de la Iglesia católica, para los que no hay posibilidad de perdón. La doctrina monoteísta nunca puede permitir la libertad de pensamiento, pero al menos pudiera respetar la vida de los que  piensen algo distinto. Son datos históricos que la Iglesia ha intentado borrar por todos los medios, porque "Ojos que no ven, corazón que no quiebra". (Continuará)

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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