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La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

13 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (142)

 

La cristiandad (8)

 

Algunas "mentiras" de la Iglesia, tanto doctrinales como morales, han sido recogidas en el libro de P. Rodríguez, Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica (Ediciones B, 1997), que recomiendo por su claridad expositiva y su exhaustiva y documentada bibliografía. Una de las ‘mentiras' que se estudian en el libro es, precisamente, la que otorga al apóstol Pedro la "primacía" de la Iglesia, base teórica de la infalibilidad pontificia declarada casi veinte siglos después de nacer la religión cristiana, y cuyo lema publicitario, tomado del evangelio, figura en la grandiosa cúpula del primer templo de la cristiandad, la basílica romana de San Pedro: Tu es Petrus et super hanc petram aedificabo ecclessiam meam et tibi dabo claves regni caelorum ("Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y te daré las llaves del reino de los cielos").

Ambas metáforas están tomadas del evangelio de Mateo (Mt 16: 18-19) pero según los obispos orientales fue un texto intercalado en el siglo IV por los partidarios del obispo de Roma, rivales del obispo de Constantinopla. Texto clave para la doctrina del pontificado que sólo aparece en Mateo, mientras que lo ignoran los demás evangelistas, como se debe recordar,  ausencia que no se pueda explicar más que por la falsificación intencionada. Son palabras que Jesús nunca pronunció, según Deschner, o hay que interpretarlas, según la mayoría de los teólogos imparciales. Ni Jesús instituyó el papado, ni Pedro fue obispo de Roma. Hay más argumentos en su contra: en la iglesia de Jerusalén, los primeros cristianos obedecían a Santiago, el hermano de Jesús, no a Pedro. Por su parte, Pablo, el ‘apóstol de los gentiles', acusa públicamente a Pedro de hipócrita, impensable si lo considerase la máxima autoridad de la Iglesia. Además, el mismo Pedro en sus Epístolas nunca se pronuncia como máxima autoridad, cosa absurda si de verdad lo fuese. Aunque rehabilitado, Pedro tenía que sentirse avergonzado de haber negado cobardemente a Jesús, algo que sí relatan los cuatro evangelios sin excepción. Para mayor evidencia, el concilio de Jerusalén, del año 58, en el que Pedro tomó la palabra, no fue presidido por él, sino por Santiago, el hermano de Jesús, según las Actas (15: 13-22).

Los historiadores ponen en duda, incluso, que Pedro hubiese estado en Roma, ni que allí fuese martirizado, siendo su obispo, como dice la tradición. Ni de esto ni de nombramiento de sucesor se dice nada en ningún texto paleocristiano. En consecuencia, la comunidad cristiana de Roma fue fundada por desconocidos judeocristianos, aunque según ‘piadosas tradiciones' de la Iglesia primitiva (no antes del año 200) Pedro fue martirizado en la Via Apia y Pablo en la Via Ostiense, creencias aprovechadas por el emperador Constantino para engrandecer  la capital del Imperio con la construcción en ambos lugares de sendas basílicas: San Pedro, en la colina Vaticana, y San Pablo "extramuros", en la Via Ostiense. La primera, iniciada en el año 324, fue bendecida por el papa Silvestre dos años más tarde. La segunda, muy reformada, fue consagrada por el papa Siricio en el año 390. Otras dos grandes basílicas, como se sabe,  debe la cristiandad romana a Constantino: San Juan de Letrán, llamada también Constantiniana, y San Lorenzo Extramuros, dedicada por el emperador a la memoria del subdiácono español Lorenzo, de enorme popularidad, que gobernó a la Iglesia durante tres años de sede vacante (303-306) y fue cruelmente martirizado. Fallecido Constantino, aún se levantó una quinta basílica, Santa María la Mayor, en el Esquilino, gracias a una ‘visión' nocturna del papa Liberio (352-66).

La iglesia primitiva estuvo dirigida en Jerusalén por un ‘consejo' o ‘sanedrín', al estilo judío, presidido por Santiago, a quien tras su ejecución en el año 62 sucedió Simeón, hijo de Cleofás y primo de Jesús. En esos años la iglesia de Roma no era más que una pequeña sinagoga, sin  mayor trascendencia, pero pronto se fueron perfilando los diversos grados en la jerarquía eclesiástica, a imitación de la burocracia imperial: diáconos,  presbíteros, y obispos, que en Oriente se denominaban patriarcas, título que, a partir del siglo V se reservó para las cinco sedes principales: Alejandría, Antioquía, Constantinopla, Jerusalén y Roma, que fue la última en tener ese rango, en la cuarta generación cristiana.

La lista más antigua de los obispos romanos la facilitó Ireneo, obispo de Lyon, en su obra Adversus haereses, entre los años 180 y 185, sin mencionar la primacía de Pedro. Por su parte, el Liber Pontificalis, que es el libro oficial de los papas, mencionaba a un tal Lino como el primer obispo de Roma, pero una ‘modificación' en el siglo VI lo traslada a un segundo lugar, para dejar sitio a Pedro. El primado apostólico de Roma no fue sino una ‘acomodación' de la Iglesia para que su sede principal coincidiera con la capital del Imperio. En la Biblioteca Vaticana, como afirma Castro Zafra, se conservan 19 códices en los que aparecen las series o catálogos de los Papas. Ninguno de ellos ha sido escrito antes del siglo X. En el año 381 el Concilio de Constantinopla, convocado por el emperador Teodosio, decide y proclama que "el Obispo de Constantinopla tiene la dignidad de Primado, después del Obispo de Roma". El embrollo aumenta cinco siglos después, cuando en el IV Concilio de Constantinopla se proclama que los cinco Patriarcas orientales son también Papas. Así hasta el siglo XI, en el que se produce la ruptura definitiva entre la Iglesia de Roma y la de Constantinopla.

La denominación de papa (padre) no es tampoco original, ya que la usaban hacía tiempo los patriarcas de Oriente. Esta designación aparece por primera vez referida al obispo de Roma en una lápida del siglo IV, aunque su uso no se generaliza hasta el siglo VIII, y no se convierte en privilegio exclusivo de los obispos de Roma, dice Deschner, "hasta el segundo milenio". Por su parte, el título de Sumo Pontífice, que tiene reminiscencias del código civil, se aplicó a todos los obispos hasta la Alta Edad Media. Además, es rigurosamente histórico que ninguno de los "Santos Padres" de la Iglesia (Cipriano, Ambrosio, Atanasio, Basilio el Grande, Jerónimo, Agustín) reconoce en sus escritos la primacía de Roma. Lo mismo hay que decir de los primeros sínodos o concilios, que no eran convocados por ningún papa (¡como que no existían!) sino por el emperador, que se comporta como la máxima autoridad eclesiástica. La oposición a Roma fue especialmente intensa en África, donde la cristiandad era más numerosa, ya que, a comienzos del siglo V se contaban allí 470 sedes episcopales. Al llegar el siglo XV las disputas sobre la primacía se sustanciaron en un nuevo dogma, al decretar el concilio de Basilea (1439) que por encima del Papa está siempre el Concilio general. (Continuará).

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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