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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

14 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (143)

 

La cristiandad (9)

 

 

Las luchas y rivalidades de la jerarquía eclesiástica dieron lugar a rupturas cismáticas y a enfrentamientos físicos, a veces con derramamiento de sangre. La ambición podía más que el amor a Jesucristo. Se pueden contabilizar hasta 37 antipapas, porque las elecciones dependían del pueblo en los primeros tiempos y ninguno de los elegidos quería dar su brazo a torcer. La historia nos conserva los nombres de estos ambiciosos ‘luchadores' por Cristo, deseosos de poder más que de hacer el bien a los humanos: Cornelio contra Novaciano, san Hipólito contra san Calixto en el siglo III (¡los dos santos!); Marcelo I, Milcíades y Silvestre I, Liberio y Félix II en el siglo IV. En el año 378 un sínodo romano habla ya de obispos que amenazan de muerte a otros obispos, que les persiguen y les ‘roban' su obispado. El papa español Dámaso  I (366-384) mediante el terror y  el soborno venció a su oponente, el diácono Ursicino, con altercados sangrientos en la basílica de Santa María la Mayor, donde "con la tiara en la cabeza y la maza de armas en la mano" al frente de sus partidarios causó una terrible matanza. El emperador Graciano fue testigo del golpe de efecto que produjo el encumbramiento de Dámaso, el primer papa que hizo de Roma la única "Sede Apostólica".

Pero las barbaridades sangrientas fueron en aumento. El patriarca de Alejandría Proterio fue asesinado durante la misa del Jueves Santo, "por una furiosa turba de cristianos, cuyo cadáver despedazaron y quemaron", naturalmente, por motivos ideológicos. El papa Gelasio dejó en paz a los invasores godos, pero arremetió duramente contra las iglesias cismáticas de Oriente. Siempre por motivos políticos, bajo el pontificado de Anastasio II (496-98) tuvo lugar la conversión al catolicismo de Clodoveo, rey de los francos, y bajo el de Pelagio II (578-590) la de Recaredo, rey de los visigodos. La gran conmoción en el mundo cristiano, en este siglo VI, fue el asesinato del papa Silverio (536-537) por el que fue su sucesor, el criminal papa Vigilio (537-555), que fue encarcelado durante ocho años por el emperador Justiniano, y según cuenta su biógrafo, era tan colérico que "mató a bastonazos a un niño que no quiso acceder a sus infames caricias", siendo  apedreado por el pueblo de Roma. También dice que los obispos africanos lo excomulgaron por "apóstata". Un brevaje "emponzoñado" la causó la muerte.

No obstante estos hechos delictivos, el emperador Justiniano (527-565) supuso el triunfo definitivo de la Sede de Roma, siempre que se doblegara a los deseos imperiales. A partir del papa Pelagio (556-561) se debía contar con la confirmación del emperador para la consagración papal. Se consolidaba así la sumisión de la Iglesia al poder civil, la fusión de política y religión, fundidos el Altar y el Trono, para eliminar de la faz de la Tierra a cuantos enemigos se alzaran contra la Iglesia católica, tanto doctrinal como administrativamente. Durante  los siglos VII y VIII, a pesar de la invasión árabe en Europa, no cambiaron, antes bien empeoraron las bárbaras costumbres de la jerarquía católica, algunos de cuyos prelados no sabían ni leer ni escribir. Así, el papa Constantino (708-711) mandó arrancar la lengua al antipapa Félix, lo mismo que hizo Esteban III (768) con el arzobispo Teodoro y con el antipapa Constantino, al que ordenó sacar los ojos con un hierro candente, como hacía con todos sus opositores. ¡Así se comportaban los jerarcas eclesiásticos en esta verdadera Edad del Hierro del pontificado!

En su historia La santidad del Pontificado (El Museo Universal, 1986) el español Enrique Rodríguez-Solís suma hasta veinte pontífices que murieron envenenados, siendo uno de los primeros Sixto III (432-440) que consagró la primera basílica dedicada a la "Virgen María", cuya advocación de "Madre de Dios" fue sancionada en el Concilio de Éfeso del año 431, convocado por el emperador Teodosio II. El papa León I, el "Magno" (440-461) es figura destacada en el papado por ser el primero que se ensalzó a sí mismo con el Nos mayestático, que revela una arrogancia insuperable porque "Dios le había encumbrado a lo más alto". Ya no había diferencia entre el emperador y el obispo de Roma, que era ya, en el siglo V, "el mayor latifundista de todo el Imperio romano". Consecuente con sus ideas de dominio absoluto, tan contrarias al mensaje de Jesús, León cimentó y amplió las pretensiones del poder papal. Dejó escritos casi cien sermones y el doble de cartas, donde queda reflejado como un "déspota espiritual" y "señor feudal", que pretende elevar la condición sacerdotal por encima de la social, prohibiendo la ordenación, no sólo de esclavos sino de los que carezcan de un "linaje adecuado", al mismo tiempo que se humilla ante el emperador, halagándole su inerrancia en materia doctrinal, porque está iluminado por el Espíritu Santo, "que mora en Vos, y no hay error que pueda confundir a Vuestra fe". 

La gloria más esplendorosa la alcanzó León en el año 452, cuando los hunos, con Atila a su cabeza, irrumpieron en Italia y se presentaron a las puertas de Roma. Presidiendo una comisión de legados imperiales, el papa León consiguió la retirada del invasor, lo cual le valió en la posteridad el honroso título de "salvador de Europa". La Iglesia católica le recompensó incluyendo a este tenaz ‘inquisidor' entre sus papas más insignes, elevándolo a los altares y reconociéndolo como "Doctor de la Iglesia" en el año 1754. A este título hay que sumar el de "Magno", que sólo comparte con Gregorio I (590-604), el primer papa benedictino, arrogante como el que más, ‘endiosado' en su condición de ‘pontífice máximo', que inició la costumbre de hacerse besar los pies por todos, incluso los monarcas. A su muerte fue objeto de un  culto insólito que le condujo no sólo a la santificación sino, naturalmente sin pretenderlo, a la ridícula creencia en las reliquias, ‘milagrosamente multiplicadas', ya que, su cabeza, según piadosas tradiciones, se conserva en cuatro lugares: Constanza, Praga, Sens y Lisboa.

El rey Carlomagno, que volvió a Roma en el año 774, se quejó al papa, según dicen los cronistas, "de la horrible conducta del clero italiano, que compraba esclavas, vendía doncellas a los sarracenos y sostenía casas de juego y lupanares". Caso insólito en el papado fue lo ocurrido con Pascual I (817-824) que ordenó sacar los ojos y decapitar (algo muy común en la política de auellos ‘tiempos oscuros', pero incompatible con la ‘santidad' predicada por el Papado) en el mismo palacio de Letrán a dos funcionarios de la curia romana. Este suceso, que se repitió tantas veces en la historia, no tendría más relevancia si no fuera porque este papa fue declarado santo por obra del historiador César Baronio (finales del siglo XVI) pero borrado del santoral en 1963, cuando se hizo evidente a la Santa Sede la maldad intrínseca del papa Pascual.

En esta época comenzó la agria polémica sobre el culto cristiano a las imágenes, que terminaría por dividir al clero, enemistado entonces con el emperador, que se oponía a ese culto, pero que había sido admitido como dogma por la Iglesia en el año 795, siendo papa Adriano I. En represalia, el emperador de Oriente, León Isáurico, hizo destruir todas las imágenes de las iglesias, lo que agravó el cisma de Oriente, aumentado cuando el papa Martín I (882-884) excomulgó al patriarca Focio. Su sucesor, Adriano III (884-85) de quien se dice que "compró" el pontificado, fue el primero que cambió de nombre, pues antes se llamaba Agapito. El papa Esteban IV (896-97), que era hijo de una prostituta, fue destronado y encerrado en un calabozo. De él dice el cardenal Baronio que "nunca los papas cometieron tantos crímenes" en tan poco tiempo.

El papa Benedicto III (855-858) fue el primero que usó el título de Vicario de San Pedro, continuado por sus sucesores hasta el siglo XIII, en que se sustituyó por Vicario de Jesucristo. Del papa Juan VIII (872-882) dicen las crónicas de la abadía de Fulda que "murió a martillazos por los parientes de una dama romana, cuyo marido era el amante del papa" y deseaba sucederle. Los diez años de su ‘reinado' fueron particularmente belicosos ("furor bélico" dicen las crónicas) para defender y agrandar las posesiones pontificias, en especial contra los sarracenos, que vieron cómo el papa de Roma se ponía al frente de la primera flota papal y les arrebataba 18 naves en el Cabo de Circe. No invento nada. Estos escandalosos sucesos están narrados por los historiadores no comprometidos con la Iglesia, y que todos pueden consultar. Pero aún no había llegado el siglo X, cuando la podredumbre de Roma alcanzó su mayor hedor, mientras en Córdoba brillaba en todo su esplendor la cultura musulmana. (Continuará).

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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