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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

2 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (131)

 

Jesucristo (7)

 

 

La historia del cristianismo primitivo se ha de incardinar en la historia del pueblo judío a partir de la vida y muerte de ese personaje fascinante, divinizado por millones de seres humanos, llamado Jesús de Nazaret. Hay un antes y un después de su nacimiento, aunque las fechas estén trabucadas en unos pocos años. Lo cierto es que en Occidente contamos el tiempo ‘antes de Cristo' y ‘después de Cristo', sin que nadie se haya decidido a corregir los malos cálculos de Dionisio el Exiguo (Antonio Piñero, Israel y su mundo cuando nació Jesús, Laberinto, 2008). Pero ese mundo es singular, alterado por las luchas políticas y la incertidumbre del futuro. A partir del año 64, cuando Pablo es asesinado, el Imperio vivió momentos difíciles: el emperador Nerón se suicidó en el año 68 y en pocos meses le sucedieron tres nuevos emperadores. Mientras tanto, en Israel se exacerbó el nacionalismo: en el 66 estalló la primera Gran Revuelta contra Roma, que fue sometiendo poco a poco a las ciudades rebeldes, hasta acabar en el año 70 con la destrucción de Jerusalén y el incendio de su famoso Templo.

En consecuencia, el grupo de seguidores de Jesús hubo de huir al destierro, quizás a Transjordania, pero enfrentándose al dilema de seguir fieles a la sinagoga o escoger entre los reclamos, a veces contradictorios, de los ‘líderes' cristianos, a saber, Santiago, el hermano del Señor, Pedro o Pablo. Así lo ve Antonio Piñero en su Guía: "La primera reacción al Apóstol (Pablo) son los Evangelios sinópticos, que se apartan conscientemente del punto de vista paulino, que sólo consideraba la muerte y resurrección de Jesús como hechos pertinentes del cristianismo; a su vez, el Evangelio de Juan y su ‘escuela', las llamadas ‘epístolas johánicas', pueden considerarse una reacción a los Evangelios, una relectura crítica del material contenido en los Sinópticos y un apoyo a la doctrina paulina de la encarnación y del predominio de la ley del amor".

Pensando sin prejuicios, el Evangelio de Mateo propone una oposición radical y directa a Pablo y su doctrina sobre la justificación por la fe y la predicada derogación de la Ley de Moisés.  En definitiva, el apartamiento progresivo de la Sinagoga judía obligaba a la recapitulación y sistematización de la doctrina netamente ‘cristiana', basada en los escritos existentes de Pablo, pero también de los que muy pronto iban a aparecer con el nombre de "Evangelios", obras del final de un proceso de fijación de los ‘dichos' de Jesús,  las tradiciones orales, proceso que Piñero calcula en unos cuarenta años.

Cada uno de estos grupos produjo su propio ‘evangelio', aunque hubo otros muchos grupos marginados, también con ideas propias, aunque no quedasen reflejadas por escrito. Esta misma diversidad proclama su falacia. ¿Cómo es posible que todas esas ideas y textos pudieran defenderse como' inspirados por el espíritu Santo'? ¿Tan ruin y engañoso era ese Jesús resucitado, Mesías, Maestro, Señor y Dios para los suyos, que no dudaba en abandonarlos a la incertidumbre, al error y al desvarío en tantas corrientes  de pensamiento? ¿No hubiera sido más fácil y digno que el ‘Espíritu Santo', tan desocupado, ‘revelase' la única verdad, sin permitir tantas tergiversaciones? ¿Cómo predicar una sola fe con semejantes divergencias?  Asombra que sean los datos históricos, contrastados y verídicos, los que obliguen a escribir a un catedrático tan ecuánime como Antonio Piñero sobre Los cristianismos derrotados (Edad, 2007), es decir, que la doctrina vencedora se impuso a otras de la misma simiente, que fueron vencidas en combate intelectual y dialéctico. ¿Es así como el Dios de Amor se comporta con sus fieles y amados hijos? Lo veremos, ampliado, en el capítulo siguiente.

En las comunidades primitivas, ‘evangelio' era simplemente el ‘mensaje' doctrinal, las ‘buenas noticias' que se comunicaban entre sí, recordando las palabras de Jesús. A mediados del siglo II ya se usó como equivalente a ‘libro', ‘dichos y hechos de Jesús', que no se llegó a formalizar hasta el siglo V. El paso de la tradición oral a los primeros escritos duró muy pocos años, pero supuso la (inevitable) deformación del mensaje, en sus múltiples desviaciones. A la cultura rural de Palestina sucedió la urbana de los nuevos núcleos de fe en las grandes ciudades, como Antioquía, Éfeso, Corinto y Roma. A la cultura semítica de las primeras recopilaciones se superpuso la griega primero y la latina después. Además, los ‘dichos' de Jesús sufrieron los ‘retoques' o ‘reelaboraciones' de los escribas o ‘profetas' encargados de trasladar esos dichos al papel. Lo reconoce Piñero cuando dice que "hay que admitir que los ‘profetas' sí gozaban de la función de transportar o acomodar a su realidad presente las sentencias del Maestro. Es difícil aceptar que ellos ‘inventaran' dichos o hechos de Jesús absolutamente nuevos...pero a la vez es imposible negar que esos profetas, y los maestros cristianos no sólo conservaron la tradición de las enseñanzas de Jesús...sino que también la alteraron y reelaboraron, a veces profundamente" (Guía para entender el Nuevo Testamento).

El propio Piñero, en esta y otras obras, explica con sencillez y convicción histórica cómo se formó el canon o registro oficial de los textos sagrados del cristianismo, una vez que el ‘hereje' Marción fuese excomulgado de la Gran Iglesia en el año 144. Para entonces, la Iglesia de Roma era ya la principal de la cristiandad, constituida en su mayoría por paganos conversos incircuncisos, a los que aglutinaba el recuerdo de Pablo, el apóstol ‘mártir', el único que había dejado una notable herencia literaria y cuya lengua oficial era el griego, no el latín. El criterio de la ‘inspiración' divina para limitar a cuatro el número de evangelios admitidos oficialmente no es válido, por la sencilla razón de que se rechazaron otros muchos también considerados ‘inspirados' por el Espíritu Santo, y existen conocidas divergencias entre el de Juan y los sinópticos. El resultado final fue que "nunca, ni siquiera hoy día, han estado las diversas iglesias cristianas de acuerdo en afirmar cuáles son las obras que forman el canon del Nuevo Testamento", según Piñero, que califica de ‘bulo' la leyenda que considera ‘milagrosa' la selección de libros canónicos en el concilio de Nicea (325). Es más, asegura con firmeza que la Iglesia católica "no formuló una lista oficial de libros canónicos hasta el concilio de Trento, en el siglo XVI".  En consecuencia, "la historia del texto del Nuevo Testamento no da pie a un fundamentalismo de la letra, ni a una creencia en la inspiración palabra por palabra, sino que induce más bien al ‘relativismo'. Se trataba más del sentido que de la letra".  (Continuará).

 

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1 Noviembre 2009

OJOS QUE NO VEN (130)

 

Jesucristo (6)

 

La obra de Pablo, completada después por Juan, consistió en la elaboración de una doctrina mística que permitiera parangonar la ‘nueva religión' con los ‘misterios paganos' que dominaban entonces en el Imperio Romano. Según Loisy, "el cristianismo es una economía de salvación totalmente análoga a los cultos de misterios a los cuales disputó la conquista del mundo pagano, y venció". Ya hemos visto por qué. Veremos ahora las similitudes y las diferencias, las dificultades y las consecuencias de ese éxito en la consolidación del cristianismo como la religión del Imperio. Pablo siguió siendo un judío, pero buscaba una ampliación del Israel bíblico con el ingreso de los gentiles, contra la opinión de los demás apóstoles. Murió en Roma en el año 64 d.C. pero sus discutidas tesis no murieron con él. Los paganos convertidos por él, y las comunidades por él fundadas en países extranjeros, mantuvieron la fe en la salvación por Jesucristo y dieron forma y vida al cristianismo como nueva religión.

El libro de la profesora universitaria Elena Muñiz Grijalvo, La cristianización de la religión pagana (Actas, 2008) nos introduce en el amplio campo de la  investigación humanística sobre las sutiles relaciones doctrinales entre los incipientes cristianos y las diversas religiones paganas, que estudia en cuatro apartados: el sacrificio, la oración, los ritos funerarios y la conversión personal. "Podría decirse que la religiosidad pagana sobrevivió a la muerte del paganismo, integrada en el seno del cristianismo, a veces de manera irreconocible". El enfoque es, pues, el la "cristianización" de los ritos paganos, algo que hace con autoridad y buenos argumentos. Concluye diciendo que "la elaboración de estos cuatro fenómenos en las primeras comunidades cristianas supuso, al menos en parte, el éxito de la cristianización del sentimiento pagano".

En el Imperio Romano en el que se disputaban la primacía dioses extranjeros, como Isis o Mitra, la intención paulina de añadir un nuevo aspirante, también extraño a Roma, al que llamaba Jesucristo, tuvo que superar, como es lógico, muchos inconvenientes. La estrategia era de propaganda ("ningún elogio era excesivo para elevarlo por encima de los dioses de los panteones clásicos"), pero así como entre los paganos las imágenes de los dioses ocuparon siempre un lugar de preferencia, entre los cristianos de los tres primeros siglos se prohibieron todas, porque levantaban sospechas de magia. Tampoco se construyeron templos hasta el siglo III d.C. siguiendo las consignas de Pablo: "que los varones recen en cualquier lugar" (1Tim 2:8) o "el que es Señor de cielo y tierra no habita en templos construidos por hombres" (Hch 17:24). Sabemos que los primeros cristianos tenían sus reuniones en casas particulares de algún miembro de la comunidad.

La mayor originalidad de la doctrina cristiana respecto a las paganas fue, sin duda, la creencia firmemente asentada en la resurrección de la carne, algo que, a partir del siglo II d.C. se vivió como la ‘comunidad' de los muertos, con la creación de cementerios propios, donde aguardaran reunidos en la tumba los que fueron hermanos en la fe. La palabra ‘cementerio' equivale a ‘dormitorio', idea que enfrentó a la pagana ‘cremación' con la victoriosa ‘inhumación' cristiana. Pablo insistía, por su parte, en la resurrección como algo ‘nuevo', inexistente en el mundo terrenal, "cuando lo corruptible se revista de incorruptibilidad y lo mortal de inmortalidad" (1Cor 15:54).

El cambio de la mentalidad de ‘secta' judía propia de los primeros cristianos, pasó a ser la mentalidad de ‘iglesia' de Cristo en ese atormentado siglo II, cuando la nueva religión se siente ya como ‘comunitaria' y en alguna forma, ‘selecta', ya que, a pesar del necesario proselitismo para crecer, "se prohíbe el acceso a la ‘comunidad' a proxenetas y prostitutas, escultores y pintores de temas religiosos, actores, maestros de escuela, aurigas, gladiadores y sacerdotes. Se podía ser soldado pero no matar, magistrado sin gobernar, y estaba terminantemente prohibida la práctica de la magia" en el siglo III. (Elena Muñiz, La cristianización de la religiosidad pagana, Actas, 2008). Al siguiente siglo ya estaba consolidado el cristianismo ortodoxo, frente al paganismo y a los demás ‘cristianismo derrotados', como estudió Piñero (Los cristianismos derrotados. Edaf, 2007).

No puede hablarse, por tanto, de una deseada "derrota del paganismo", ya que lo que ocurrió, en realidad, fue una absorción, una asimilación, una reinterpretación cristiana de los ritos paganos, que fueron desapareciendo como tales para volver a la vida en el cristianismo. Esta idea es la que ha llevado a Xavier Musquera, investigador incansable, a proclamar El triunfo del paganismo (Espejo de Tinta, 2007).   Como han demostrado hasta la saciedad los historiadores no comprometidos, el cristianismo, como sistema doctrinal, carece de originalidad, ya que ha tomado y ‘retocado' a su gusto cuanto ha creído conveniente para sus intereses, a lo largo de toda su convulsionada historia. Desde los ritos, ya estudiados, hasta los símbolos de las comunidades vecinas. Así, el báculo de los obispos, que ya era usado por los sacerdotes paganos; el anillo episcopal, que procede de los consagrados del dios Mitra; la tiara papal, que ya existía en la Babilonia del ‘culto solar'; el título papal de "Pontifex Maximus" que fue adoptado en el año 378 por el obispo de Roma; el obelisco, que preside la plaza ante la basílica de san Pedro, en Roma, aunque sea un expolio egipcio, es un símbolo fálico que alude a la leyenda de la diosa Isis, en memoria del falo perdido de Osiris. El mismo nombre del Vaticano no es sino la adopción del que los romanos daban a esa colina, donde los ‘magos', ‘adivinos' o ‘vates' adivinaban el futuro por unas cuantas monedas. Tanto se incardinó la nueva religión en las sociedades precedentes que consiguió hacerlas desaparecer ante la pujanza de su credo y la habilidad de sus sacerdotes.  

Algo parecido cabe decir de la influencia de la filosofía griega, sobre todo de Platón, con su sistema ‘espiritualista', la defensa del alma individual y del mundo de las ideas, propagado por todo el Imperio mucho antes del nacimiento de Jesucristo. El ‘platonismo', como después el ‘neo-platonismo', han constituido la base de la doctrina cristiana sobre lo sobrenatural y la moralidad de las acciones, con una visión ‘idealista' de la vida que impregnará la predicación posterior de la Iglesia. (Continuará).

 

 

 

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31 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (129)

 

Jesucristo (5)

 

Jesús el Nazareno nunca pudo pensar en sí mismo como el Dios que habría de ser adorado durante más de veinte siglos por millones de fieles creyentes en su divinidad como la Segunta Persona de un Dios trinitario, idea herética para el judaísmo que profesaba. Ni en la posibilidad de perdonar los pecados de nadie, ni en fundar ninguna Iglesia (palabra, por cierto, que no aparece en los evangelios), ni en ser el Sumo Sacerdote de ningún rito nuevo (recordemos que los ‘sumos sacerdotes' lo enviaron al patíbulo). Ni nunca oyó la palabra mágica, inventada por Pablo: Jesucristo. Lo que sí fue creciendo en su mente, una vez bautizado, era la convicción de ser el Mesías esperado por los hombres de Israel. Sin esta creencia no se podrá entender ni la entrada triunfal en Jerusalén ni la crucifixión, ni su posición política, que no se puede separar de su mesianismo religioso. Jesús creía firmemente que su generación sería la última (Mc 13:30), idea incompatible con la adscripción a una organización de larga andadura, porque el "Reino de Dios" estaba ya cerca.  

Se vio a sí mismo como ‘mensajero' de Yahvéh. "Sólo siete textos, asegura Piñero en su Guía, afirman que Jesús es Hijo de Dios, pero en ninguno habla de sí mismo". Es más, con modestia, enseña que "sólo Dios es bueno" (Mc 10:18). Tampoco es él, en su supuesta condición de Hijo de Dios, quien reparte los lugares en el Reino, sino el Padre (Mc 10:40), a quien invoca en diez ocasiones, y a quien se entrega con una confianza absoluta, la misma que pide a quienes le escuchan. El apóstol Pedro, llamado a la jefatura de la Iglesia, expone en su primer discurso a los judíos: "Tenga por cierto toda la Casa de Israel que Dios ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado" (Hch 2:32-36).

No son las palabras que se dirían si realmente Pedro tuviera conciencia de estar hablando del mismo Dios-Yahvéh, Creador y Omnipotente dueño de todo lo creado. El proceso de ‘reinterpretación' de la figura humana de Jesús para transformarla, por medio de la ‘resurrección', en la divina de Jesucristo, es obra indudable de Pablo, como es sabido. Pero este proceso no es pacífico ni sencillo, como también sabemos. La cierta escisión de los primeros cristianos en "hebreos" y "helenistas", según la nomenclatura de Antonio Piñero, dividió la fe entre quienes querían seguir fieles al judaísmo esencial de Jesús y quienes, adoctrinados por Pablo, eran gentiles, que veían a Jesús con ojos muy distintos. Entre estos se hallaba el diácono Esteban, que cuestionaba la validez de la Ley de Moisés como vía exclusiva de salvación y dudaban de la necesidad de un templo para rezar.

El linchamiento de Esteban se enmarca en la primera gran persecución contra los cristianos por parte de las autoridades de Jerusalén (Hch 7:56). "Esteban, lleno de gracia y de poder, reza el texto sagrado, realizaba entre el pueblo grandes prodigios y señales" (Hch 6:8). Es decir, era un discípulo del ‘mago' Jesús Nazareno, que obraba supuestos ‘milagros' y hablaba a las masas con autoridad. Ante el Sumo Sacerdote "miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios" (de nuevo, un ‘visionario'). Así lo dijo, y "entonces, gritando fuertemente se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una sobre él; le echaron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle...Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo" (Hch 7:55-58). Para que no quedara ninguna duda, el escriba denuncia que "Saulo aprobaba su muerte" (Hch 8:1). "Entretanto Saulo hacía estragos en la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía en la cárcel" (Hch 8:3).  Por tanto, el primer mártir de Cristo, sin lugar a dudas, lo fue por mano de Pablo,  el despiadado criminal y después converso, ‘fundador' y primer teólogo de la nueva religión cimentada sobre el recuerdo de Jesucristo.

Pablo, según Piñero, intenta lograr la "cuadratura del círculo": respetar la Ley de Moisés, por un lado, como predicaba Jesús, y por otro su tesis radical de que la Ley no importa, ya que lo único que justifica la salvación es la fe (Gál 3:17-22). La segunda gran aportación de Pablo a la doctrina cristiana fue la transformación del mensaje de Jesús sobre la inminencia del Reino (sólo para los judíos observantes) en un mensaje de salvación universal. La tercera es la divinización absoluta de Cristo, como Hijo de Dios Padre, pre-existente como él: "Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos todos nosotros" (1Cor 8:6). No está de más repetir estas ideas, ya que son consustanciales con la historia del cristianismo.

Como lo son, en distinta medida, las del evangelista Juan, que tanto se diferencia de Pablo y de los otros tres evangelios sinópticos. Su evangelio, escrito medio siglo después de las cartas de Pablo, está empapado de la doctrina gnóstica, que vuela muy alto sin apegarse a lo terreno, en una filosofía de carácter místico, para la cual Jesús ya no es el  hombre divinizado sino el Logos, o Palabra de Dios. Como dice Piñero, "El autor del cuarto evangelio, como más conspicuo representante de una escuela teológica diferente, se vio obligado a difundir una visión modificada de la vida y obra de Jesús, ‘corrigiendo' así el punto de vista más superficial, más corpóreo de la tradición sinóptica" (Orígenes del cristianismo. Antecedentes y primeros pasos, El Almendro, 1991). En la época de este evangelio, la nueva institución estaba ya bastante organizada, aunque, al no existir ninguna instancia superior que controlase la doctrina, la variedad era la nota dominante en la dispersión, a veces incluso con enormes contradicciones (José Monserrat Torrens, La Sinagoga cristiana, Muchnick, 1989). El ‘consenso' no llegará hasta la definitiva formación del "canon" sagrado del cristianismo, es decir, el ‘expurgo' de la Escritura.

"El giro paulino, dice Puente Ojea en el citado libro, transmutaría radicalmente todas las categorías que el propio Nazareno -hasta donde las dejan filtrar los sinópticos- empleó y difundió antes de su involuntario sacrificio pascual". Las palabras de Pablo lo transforman todo, es decir, lo desvirtúan a causa de la manipulación. El primer relato en que se habla de la resurrección de Jesús lo hace Pablo, sin mencionar a la Magdalena y demás mujeres: "Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras...fue sepultado...resucitó al tercer día, según las Escrituras...se apareció a Cefas, luego a los doce...y después de todos, como a un aborto, se me apareció a mí".

Esta declaración paulina, cínicamente modesta, esconde lo que Puente Ojea llama "falacia conativa" (se cree lo que se desea creer, porque se supone que el deseo de algo implica la existencia real de ese algo), puesto que las ‘visiones' no tienen nada que ver con la ‘resurrección' del cuerpo, ni lo que digan las Escrituras puede ser ‘causa' de lo sucedido, sino vaticinia ex eventu, profecías forjadas tras los hechos". El cambio de mentalidad ha de comenzar por el hecho inevitable de la muerte, vista antes como término de la vida y después de Cristo como continuación sin final. Pero fue Pablo quien "estableció la singular visión de la discontinuidad de la muerte como ‘transformación' del cuerpo" (James P. Carse, Muerte y existencia, FCE, 1967).

Lo que Pablo defiende es una nueva religión, desvinculada del mesianismo judío, con una divinización que Jesús nunca hubiera aprobado, dado su estricto ideario monoteísta. A la idea ‘revolucionaria' político-religiosa del Nazareno sucede una idea ‘conservadora' del orden social. El Jesús de Pedro, de Santiago, de Juan, no tiene gran parecido con el Jesucristo de Pablo.  Ahora bien, "cuando pasamos del Evangelio de Jesús al de Pablo, lo primero que nos llama la atención es que el Dios del Apóstol no se contenta con recordar a Israel su sentimiento de fidelidad; él mismo elige soberanamente a los suyos y los elige en todas partes" (Alfred Loisy, Los misterios paganos y el misterio cristiano, Paidós, 1990). El Dios de Pablo es misericordioso con quien le parece bien, "se muestra duro con quien quiere" (Rom 9:18), ya no es el de la primera comunidad, el de los primeros discípulos. Para Pablo, el verdadero Cristo es el Cristo espiritual, aquel que, muerto en la cruz, resucitó como espíritu, quien cumple el mismo papel de los ‘dioses sufrientes' en los cultos paganos. Cuando Pablo habla del Cristo crucificado no habla del hombre que sufre, sino del redentor divino, que se entrega por los pecados del mundo (del pasado, del presente y del futuro). Algo que nunca dijo Jesús. (Continuará).

 

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30 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (128)

 

Jesucristo (4)

 

El médico y pastor presbiteriano Levi H. Dowling, en su obra El Evangelio  Acuario de Jesús el Cristo (Eyras, 1978) con más de cincuenta ediciones durante el siglo XX, sostiene que durante los años de su ‘vida oculta' Jesús viajó por la India, Tibet y Nepal, donde habría aprendido las bases doctrinales de las enseñanzas de Buda, teniendo conocimiento también de la religión de Zaratustra a su paso por Persia y Asiria. Lo más notable es que asegura este pastor ‘visionario' que Jesús aprendió filosofía en Grecia y que ingresó en una ‘fraternidad secreta' durante su estancia en Egipto. Marginando el supuesto 'ingreso' en dicha fraternidad, muchos comentaristas dan por buena la estancia de Jesucristo en Egipto, país vecino cuya influencia sobre la Palestina antigua nadie debe ignorar si quiere entender algo de la mentalidad hebrea. En el Museo Arqueológico de Palestina se conservan muchos amuletos egipcios y fenicios, que demuestran la realidad de esa influencia de tipo religioso.

Recordemos que Jesucristo fue admirado y aplaudido por las masas, más que por su predicación, por los prodigios que hacía para corroborar la verdad de sus palabras o para el beneficio de los más necesitados. Pero, como sabemos, no era el único ‘hacedor de milagros' en su época, considerados ‘magos', como Simón Mago (Hch 8:9-24), que tendría un gran predicamento en Samaría y en Roma, donde se proclamó un ‘dios'. Como ya hemos visto, también lo fue el griego Apolonio de Tiana, a quien, incluso, el emperador Caracalla ordenó consagrar un templo. Parece ser que fue el escritor Porfirio el primero en comparar a Apolonio con Jesús. Ambos con el calificativo de "mago", pero sin la consideración divina, ya que, como dijo el cristiano Eusebio "ningún hombre puede hacer milagros", para respaldar la condición divina de Jesucristo. Sin embargo, uno y otro tenían en común, según sus defensores, que habían aprendido en Egipto las artes mágicas, y que por ellas habían sido perseguidos.  Aunque los dos se diferenciaban de la mayoría de los magos, que utilizaban sacrificios de animales, conjuros complicados, trabajaban por dinero y eran tramposos, sus ‘milagros' eran ilusorios, intrascendentes y de corta duración, basados en trucos al alcance de cualquiera que los hubiera aprendido.

No enseñaban la virtud, siendo ellos mismos inmorales y tramposos, sin ofrecer nada que significara un camino de salvación. Por otra parte, "los cristianos insistían en que, a diferencia de cualquier mago, Jesús y su vida habían sido predichos por los profetas del Antiguo Testamento, y sus proclamaciones habían sido confirmadas por su resurrección de entre los muertos, apariciones después de su muerte y ascensión al cielo. Los seguidores de Apolonio no tenían profecías que presentar, pero tenían el gran ‘milagro' de su escapatoria de la muerte e invocaban su ascensión y apariciones después de su muerte" (Morton Smith, Jesús el Mago, Martínez Roca, 1988). Si Jesucristo era Dios ¿por qué no lo podía ser Apolonio de Tiana?

El hallazgo reciente, en un pecio del puerto de Alejandría, de una ‘vasija' o ‘taza' de una sola asa, de cerámica, datada a mitad del siglo I d.C., ha venido a revolucionar el mundo académico de la arqueología. Porque en su costado, con letras griegas de fácil lectura, se puede ver una inscripción que, traducida, podría decir: "Por Chrestos el mago". Si hiciera referencia a Jesucristo, en lo que no están de acuerdo todavía los estudiosos, vendría a confirmar la valoración popular de Jesús como "mago" y vendría a ser la primera referencia conocida de Jesucristo, unos pocos años antes de que Pablo escribiera su primera carta a los Tesalonicenses. El recipiente, que he podido contemplar de cerca, puede ser una simple taza de uso común, o quizás una vasija ritual. Pero es un indicio más de que Cristo y la magia no estaban tan distanciados. El retrato popular del Jesús itinerante era principalmente el de un ‘hacedor de milagros', por lo que Celso, enemigo de los cristianos, comenzó su ataque diciendo que hacía sus milagros mediante la magia, aprendida en Egipto. Continúa vertiendo acusaciones sin más fundamento que su odio a Jesucristo, llamándole, entre otras cosas, "bandido", "embustero" y "jactancioso", pero "lo que no se discute, añade Morton Smith, es que el nombre de Jesús continuaba utilizándose en la magia como el de un poder sobrenatural por cuya autoridad podían ser conjurados los demonios".

Hay constancia de que el nombre de Jesús aparece en conjuros paganos, tanto como en los exorcismos cristianos, y su figura aparece, incluso con una ‘varita mágica' en una placa de vidrio dorado del siglo IV de la Biblioteca Vaticana. Numerosos actos de ‘magia' se suceden en la vida de Jesús, desde el bautismo a la eucaristía ("un rito mágico inconfundible"), pasando por la expulsión de los demonios y las curaciones más o menos sensacionalistas. Le acusaban de obrar estos prodigios "por obra de Belcebú", el mismo ‘espíritu' que lo condujo al desierto (Mc 1:12). Pero también otros expulsaban demonios sin que fueran acusados como él. No es fácil deslindar las líneas divisorias del retrato ‘oficial' de Jesucristo, según las tradiciones conservadas en los evangelios. Jesús el "mago", Jesús el "Hijo de Dios" o Jesús simplemente "Dios", Segunda persona de la Trinidad cristiana. "Cada uno de ellos, escribe Morton Smith, es intrínsecamente increíble, ya que los tres explican los fenómenos de la vida de Jesús según los términos de un mundo mitológico de demonios y divinidades que no existe". ¿Sería una plausible explicación la ‘magia blanca' sustentada en ‘trucos' y habilidades del mago?

Los evangelios nos dicen que algunos de sus seguidores primeros creían que era un ‘profeta' antiguo, como Elías (Mc 6-15; 8:28), Jeremías (Mt 21:11, 46) o quizás Moisés (Jn 6:14; 7:40; Hch 7:35-40). Pero después corrigen la apelación, para dejar bien establecido que es el Mesías (Mc 8:28-30; Lc 24:19-26; Jn 4:19-25). Sabemos, sin embargo, que si los profetas hicieron ‘milagros' no era por su propio poder, sino por invocación a Yahvéh. Tampoco tenían poder para expulsar los demonios, ni para perdonar los pecados, ni para profetizar el fin del mundo aunque algunos, como Elías y Eliseo pudieran leer los pensamientos ajenos, cosas que sí hizo Jesucristo. Las diferencias son notables. Pero es comprensible que los evangelistas quisieran presentar la figura del Maestro como superior a cualquier personaje del Antiguo Testamento, ya que uno de sus propósitos era, precisamente renovar y superar la Ley mosaica, aunque predicando su cumplimiento (Mt 5:17).

La ciencia, que no puede admitir ningún tipo de milagro por ser contrario a las leyes inmutables de la naturaleza, no se preocupa del tema, abandonado en manos de las religiones, aunque ninguna de ellas puede presumir de tener el dominio exclusivo sobre los prodigios inexplicables. Ni siquiera Jesucristo y su Iglesia, que amparan la existencia -múltiple y variopinta- del milagro, que consiste en la ruptura con las leyes naturales, pero que exige a sus más fieles para ser canonizados como escogidos, en posesión ya de la vida eterna. ¿Hay mayor contradicción? De san Juan Bosco se dice que poseía poderes paranormales; a san José de Copertino se le llama "el fraile volador" por sus continuas bilocaciones, que también tienen un ejemplo en la monja española María de Ágreda. El cristianismo cuenta entre los suyos a unos doscientos santos que ‘levitaban' con facilidad, como santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, san Felipe Neri, santo Tomás de Aquino, y otros menos conocidos. En todo caso, no sirven para gran cosa en la invocación a los dioses,  pues "sería inútil afirmar que los milagros de Jesús y de los santos demuestran la supremacía de la cristiandad" (D. Scout Rogo, El enigma de los milagros. Una investigación paracientífica de los fenómenos portentosos,  Martínez Roca, 1990).

Algo parecido ocurre en religiones orientales, como el hinduismo, donde existen  muchos faquires y santones con poderes espirituales, lo mismo que los chamanes de Africa, Mongolia o Alaska, entre indios de religiones primitivas, todos ellos con facultades especiales para realizar prodigios inexplicables. Aunque la mayoría de las personas sensatas creen imposible el milagro, y piensan más en hábiles ‘trucos' de magia, el mundo de los hechos milagrosos puede parecer un poco menos enigmático y exasperante si lo consideramos a la luz de la parapsicología,  la ciencia de lo paranormal, o incluso a la luz de las nuevas ciencias neurológicas. "La mente humana -concluye Rogo- es la responsable de la creación de los milagros".Por otra parte, los más recientes estudios sobre el cerebro admiten como causas de estos ‘supuestos milagros' la hipnosis, las alucinaciones colectivas, o las extrañas conexiones neuronales, todavía en estudio. En ello están empeñados los científicos de varias universidades, como la de Copenhague o la de Johns Hopkins en EE.UU. Todo cambiará cuando la ciencia llegue al más sensacional de sus descubrimientos dentro de la física cuántica, la comprobación de la teoría de cuerdas, que unificará todas las teorías conocidas y dará la explicación a todos los que hoy consideramos ‘misterios' de la naturaleza.  (Continuará).

 

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29 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (127)

 

Jesucristo (3)

 

Sobre la biografía del apóstol converso Pablo, san Pablo para los cristianos, no hace falta profundizar mucho, porque es bastante conocida. Sobre todo su condición de fariseo devoto, perseguidor de los primeros cristianos y después convertido en el más firme defensor de la creencia en Jesús Nazareno como verdadero Hijo de Dios, Salvador y Redentor del género humano. Tendría unos quince años más que Jesús, a quien no conoció personalmente (2Cor 5:16) y sabía de memoria las Escrituras. Según Piñero, la ‘conversión' (o ‘llamada' según sus palabras), tuvo lugar unos tres años después de la muerte de Jesús. Esa ‘visión' o ‘revelación', propia según los psicólogos, de una grave enfermedad epiléptica,  lo transformó de tal forma que sus palabras y sus obras no sólo fueron determinantes para el futuro del cristianismo (Gál 1:13-14 y Hch 9:28-29), sino que sentaron las bases de una teología nueva, la que sustituye el mensaje de Jesús sobre la inminencia del Reino (judío)  en un mensaje de salvación universal. Sustituye al "Hijo del Hombre" por "Hijo de Dios", y sobre todo por el título de "Señor", reservado antiguamente a Dios. "La salvación debía ser abierta, comenta Piñero, para todos, porque por ese tiempo era doctrina ética muy difundida por los estoicos la sustancial unidad e igualdad del género humano". Pablo evita los títulos de "Mesías", "Ungido" o simplemente "Cristo", para usar, como hemos visto, el de Señor y el combinado que ha prevalecido con los tiempos: Jesucristo.

El catedrático Antonio Piñero, tan buen conocedor de la época, expone una brillante idea para explicar la rápida y amplia difusión de las nuevas doctrinas paulinas en las tierras bañadas por el Mare Nostrum. Los paganos "temerosos de Dios", pero que no se habían circuncidado ni tenían intención de hacerlo, constituían el campo virgen de la actividad apostólica de Pablo, que tuvo que ingeniárselas para convencerlos. "Su esfuerzo, dice Piñero, puede compararse al de un buen vendedor que intenta colocar su producto en un mercado nada fácil...donde pululaban otros vendedores de ideas religiosas: seguidores de los Misterios, filósofos que buscaban adeptos para sus escuelas, predicadores ambulantes de religiones orientales, etc. A todos ellos opuso Pablo un mensaje denso pero simple a la vez: todo lo que aquellos prometían lo ofrecía Jesucristo mejor, más sencillo y...gratis". Todos buscaban la salvación futura, la inmortalidad, que es anhelo congénito de todo humano. Pero las religiones paganas exigían la "iniciación en los Misterios" de las diversas divinidades ‘salvadoras' (Isis, Deméter, Adonis, Mitra, Serapis...) y estos rituales eran muy costosos, a veces duraban meses (por ejemplo, en Eleusis) y había que pasar mucho tiempo fuera del hogar en casas de huéspedes, teniendo que pagar, además, los gastos del santuario. Pero llega Pablo y ofrece la salvación sin moverse de casa y gratis, con extrema facilidad.  El éxito estaba asegurado.

Situándose en el polo opuesto del judaísmo, Pablo asegura que la Ley de Moisés no tiene ya ninguna eficacia salvadora. Jesucristo ha venido para sustituirla por la "ley del amor", la circuncisión por el bautismo, que perdona los pecados, y los ritos paganos por la eucaristía. El Salvador se ha encarnado y sacrificado para expiar todos los pecados, pasados, presentes y futuros: "Cristo murió por nuestros pecados" (1Cor 15:3). (¿Hay mayor comodidad?). La contrapartida es sencilla, para las almas simples: basta creer con ‘fe ciega' que Jesucristo es Dios, que nos ama y que nos llevará a la eterna felicidad si le somos fieles. Ya la "alianza" no es de obediencia sino de fe y de amor (Gál 2:15-21; 5:13-14; Rom 3:21-31). Este Salvador es de naturaleza sustancialmente divina (1Cor 2:8), Flp 2:6-9; Gál 4:4-6) que, aun siendo el Mesías, no completó su labor redentora hasta después de la resurrección. "La doctrina de la ‘justificación por la fe', dice Piñero, fue una gran revolución teológica en su tiempo".

A pesar de todo, Pablo no piensa que está fundando una nueva religión; pues sigue siendo fiel a la Escritura sagrada. Para él, el cristianismo es solamente una ‘renovación' del judaísmo bíblico. La Ley antigua cumplió su función hasta que vino Jesucristo, el  Salvador, que nunca se propuso liquidar la antigua Ley. El cristianismo es el único judaísmo posible, pero, de hecho, a partir de la predicación de Pablo, y quizás sin él ser consciente de ello, aparece una ‘nueva religión'. Entonces, ¿quién es el fundador del cristianismo, Jesús o Pablo? Según Piñero, "no hubo, ni pudo haberlo, un único fundador", la doctrina ‘se fue haciendo' entre todos y duró varias generaciones. Aunque Pablo, desde luego, es el primer gran teólogo del cristianismo, porque antes de la cruz no hay cristianismo: Jesús no "pudo ser el fundador del cristianismo, ya que éste nace más tarde que él" (Piñero). Saulo-Pablo fue el hombre que "creó a Jesucristo",  el "fundador" del cristianismo, con varios ‘secretos' en su haber, como su parentesco con el rey Herodes el Grande (nieto por parte de padre) y su participación en el martirio de Esteban y presuntamente en el más luctuoso recuerdo de la historia de Roma, ya que fue "el verdadero responsable del incendio de Roma, obra de cristianos fanáticos", que inculparon a Nerón (Robert Ambelain, El hombre que creó a Jesucristo. La vida secreta de san Pablo (Martínez Roca, 1985).

Además, la doctrina varía. La de Pablo supone un "corte radical" con la de Jesús. Para empezar, siguiendo en esto a Piñero, "Jesús se veía a sí mismo como un ser humano normal, aunque con una relación especialísima con Dios; Pablo, por el contrario, hace de Jesús un ser divino pre-existente... El personaje que comienza a poner los cimientos de la nueva religión es Pablo de Tarso y no Jesús de Nazaret". El estudio del entorno social y político, religioso y escatológico en el que se desarrollan los acontecimientos evangélicos hace concluir al insobornable catedrático que "una de las grandes tareas que tiene ante sí la teología del siglo XXI es encarar el problema del hiato entre lo que fue Jesús y lo que de él se dijo.

El ‘credo' de la Iglesia tiene poco que ver con el ‘credo' del Jesús histórico y eso debe ser explicado claramente en las clases de teología". Es un torpedo dialéctico en la línea de flotación de la Iglesia católica, que deberá afrontar en el futuro.  Sobre todo si, como dicen algunos estudiosos, los Evangelios, sean canónicos o apócrifos, no cuentan toda la verdad. Existen, al parecer,  otros evangelios ‘secretos', doctrinas misteriosas guardadas celosamente y hace poco desveladas y comentadas por la Gran Logia Suprema de los Rosacruces, que se creen los depositarios, a través de sucesivas sociedades secretas, de las ‘verdaderas' enseñanzas de Jesucristo (H. Spencer Lewis, Las doctrinas secretas de Jesús, 1979, y Martin W. Meyer, ed. Las enseñanzas secretas de Jesús, Crítica, 1986). Por lo visto, no es suficiente el enredo doctrinal de los textos ‘oficiales' del cristianismo y se necesitan algunos más para terminar de aniquilar en los humanos el deseo, nunca satisfecho, de saber con exactitud qué sentido tiene la vida y cuántas doctrinas ‘salvadoras' ha conocido la historia, en especial,  la de Jesucristo-Pablo.

No obstante, el secretismo, que acompaña siempre al hombre intrigante, no se para en la mera salvaguardia de una doctrina de salvación. A lo largo de toda la historia del género humano han existido ‘sociedades secretas' que, relacionadas o no con el poder político, han pretendido no sólo suplantar sino casi siempre exterminar todo vestigio de los dioses y de las religiones, muy en especial las establecidas en Occidente sobre la fe y la moral del cristianismo. Pienso, por ejemplo, ahora tan de moda, en los Illuminati del siglo XVI o en el  Priorato de Sión, tan relacionado con la descendencia carnal de Jesucristo (Luis Miguel Martínez Otero, El Priorato de Sión. Los que están detrás, Obelisco, 2004). Según otros autores, se trataría de una "religión secreta" que nació en el antiguo Egipto y que ha llegado hasta nuestros días, a través del gnosticismo, el hermetismo, el catarismo, la Orden de los Templarios,  Illuminati, Francmasones y Rosacruces, a los que se deben responsabilizar de las grandes catástrofes sociales,  que han intentado cambiar el rumbo de la historia (Robert Bauval y Graham Hancock Talismán, Martínez Roca, 2008). Para estos autores, el ‘sello' de estas ‘sociedades secretas' ha dejado su huella incluso en las grandes urbes como Washington, Nueva York, Filadelfia o París. La fantasía no tiene límites.  (Continuará).

 

 

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28 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (126)

 

Jesucristo (2)

 

A la luz de tan autorizados comentarios protestantes, en las antípodas de la teología católica, no puede quedar duda del abismo doctrinal en que vive inmerso el cristianismo de hoy, que encierra la semilla de su destrucción desde sus orígenes. La ‘invención' de Jesucristo, por muy bienintencionada que esté, no puede ocultar su fragilidad al tratarse de un fraude, que, a la larga, se alzará contra su misma existencia. Estos ‘inventores', llámense profetas, como en el Antiguo Testamento,  evangelistas o apóstoles, como en el Nuevo, no idearon nada original. Hay quien, como la egiptóloga Claude-Brigitte Carcenac, encuentra sus huellas en el Egipto faraónico (Jesús, 3.000 años antes de Cristo, Plaza-Janés, 1987), algo normal, ya que "una idea común a todos los sistemas teológicos establece que en la época prehistórica gobernó un dios" y los paralelismos se pueden encontrar con facilidad entre las doctrinas egipcias y las judías, "hasta el punto de que los rasgos divinos que los egipcios atribuían a los faraones, fueron aplicados por los israelitas al rey de Justicia que esperaban". Los aspectos más sobresalientes del nacimiento de Jesús, de la circuncisión (rito judío tomado de los egipcios), las ideas egipcias sobre la resurrección y la vida eterna, la filiación divina de los faraones, el descenso a los infiernos (tema extraño al judaísmo, pero presente entre los egipcios), la resurrección simbólica, todos son lugares comunes entre ambas doctrinas. Osiris, muerto y resucitado, es el antecedente más citado de la historia mistérica de Jesucristo.

Según el gran psicoanalista Carl Jung, discípulo de Freud, "Cristo no es tanto un hecho histórico como un hecho psicológico que tiende a ocurrir por sí mismo". La universalidad del mito se debe a que es un arquetipo de la psique profunda, impreso en el inconsciente colectivo, ente invisible y universal del que Jung se preguntaba si no sería lo mismo que la palabra Dios para los místicos. En su obra Los misterios de Jesús (Grijalbo, 1998), Timothy Freke y Meter Gandy, estudian las asombrosas coincidencias de la vida de Jesucristo con el mito básico de los dioses sacrificados. Todos ellos se presentan como el ‘Salvador' de los hombres; todos nacen de una ‘madre virgen', casi siempre en fecha única (el 25 de diciembre, solsticio de invierno); su nacimiento fue anunciado por una estrella: recibieron la visita de unos magos que les rindieron honores con los mismos presentes simbólicos: oro, incienso y mirra; fueron bautizados en un rito iniciático; realizaron el prodigio de convertir el agua en vino; asombraron por sus ‘milagros', curación de enfermos, calmar las aguas tempestuosas, multiplicación de los alimentos; tuvieron un grupo escogido de seguidores; fueron aclamados por la multitud como reyes; murieron asesinados o sacrificados y resucitaron al tercer día; sus discípulos celebran un ágape ritual de unión; y finalmente, esperan su vuelta ‘para juzgar a los hombres' y fundar una Edad de Oro de la Humanidad. Recomiendo la lectura de este libro de mitología comparada, que hará ‘abrir los ojos' a más de un crédulo supersticioso.

Existe, por tanto, un modelo básico que se repite en cada caso. La primera Sagrada Familia es egipcia (Osiris, Isis y Horus); la Inmaculada Concepción es una variante del mito de Isis y Osiris (Horus es procreado sin intervención del sexo); la primera Eucaristía fue la comunión de Osiris con pan y cerveza; el primer Dios Hijo, Salvador de los hombres  fue Osiris, fundido en un único ser con el Dios Padre (Ra). Naturalmente, también existen mensajes de originalidad en la doctrina de Jesucristo, que dejan en la mente de los oyentes o lectores una atractiva esperanza de felicidad, sobre todo cuando es retomada y ‘reinventada' por Pablo. La verdad es que nada sabemos con certeza sobre lo que Jesús de Nazaret dijo realmente, porque todas las frases que se le atribuyen, tanto en las fuentes canónicas como en las apócrifas, son reinterpretaciones y modificaciones, traducciones y copias interesadas. La "Buena Nueva" es el resultado final de una reelaboración constante de cuantos creyentes tuvieron en sus manos la posibilidad de ‘adornar', ‘explicitar' y ‘pulir' el mensaje inicial de Jesucristo. Un teólogo nada sospechoso, como Julio Trebolle, Director del Instituto de Ciencias de las Religiones de la Universidad Complutense, no tiene reparo en escribir que "Pablo hace una interpretación escatológica y cristológica del Antiguo Testamento...Acude a la Escritura para encontrar explicación al misterio que se ha revelado en Cristo...Más que citar o comentar textos, Pablo elabora una nueva formulación teológica de las antiguas tradiciones bíblicas...y establece el ‘modelo' de interpretación cristiana del Antiguo Testamento" (La Biblia judía y la Biblia cristiana, Trotta, 1993).

Lo mismo ocurre en los  textos posteriores, como el evangelio de Marcos, que "otorga autenticidad a lo que no es sino una impresionante ficción legendaria...que distorsionó radicalmente y adulteró tanto la figura como la andadura del Nazareno, al sustituir al Jesús de la historia por el Cristo de la fe" (Gonzalo Puente Ojea, El Evangelio de Marcos, Siglo XXI, 1992). Entre otras aclaraciones, el autor precisa que: "Lo distintivo de este género es que subordina y adapta el soporte historiográfico aducido, a un molde dogmático preciso. No se propone simplemente dar a conocer, como es lo propio de un historiador que controla sus fuentes, sino sólo dar a conocer ciertas cosas de cierta manera... las cuales altera en virtud de un trabajo de selección, adición, interpolación y redacción orientado en función de una interpretación teológica...no se trata, en rigor, de dar a conocer, sino de enseñar o inculcar una tesis teológica que se profesa como verdad revelada".  Con mucha más razón puede decirse lo mismo de los ‘escriptorios' medievales, todavía carentes de los escrúpulos científicos de los teólogos modernos. Aún así, quede constancia, por mi parte, de lo que he afirmado en otras ocasiones: La teología no puede ser una verdadera ciencia, ya que está sometida a una doctrina y carece de la necesaria libertad para exponer teorías contrarias, o simplemente diferentes.

La idea de un ‘hombre divino' resucitado no era tan extraña en un mundo tan ideologizado y supersticioso, que creía a pies juntillas en ‘otro' mundo invisible, con ángeles y demonios, viajes celestes y apariciones de seres sobrenaturales, donde los ‘milagros' estaban ‘a la orden del día', con santones curanderos y milagreros, como Apolonio de Tiana y Simón el Mago. Unos decían que Jesús resucitado podía atravesar las paredes (Lc 24:36-37), pero otros lo vieron comer (Jn 21:12). A pesar de las contradicciones, la fe era inconmovible: Gracias a la ‘resurrección', Jesús, el Hombre-mesías fracasado, iba a cumplir su misión, porque Dios-Padre lo había salvado de la muerte. Poco a poco, la actividad misionera de los discípulos ‘helenizados', expulsados de Jerusalén (Hch 8:1-2) consiguió extender la Buena Nueva por otras regiones: Samaría, Joppe, Lida, Cesarea, Fenicia, Chipre y finalmente Damasco y Antioquia, todas habitadas por hablantes de lengua griega. "Precisamente en una de estas comunidades judeo-helenísticas se produjo el cambio de nombre de la nueva secta judía: de "nazarenos" empezaron a ser llamados "cristianos" o "mesianistas" (Antonio Piñero, Guía para entender el Nuevo Testamento, Trotta, 2007).

Recuerda Piñero que este ‘extraño' proceso misionero de incorporación de gentiles a una Alianza propia del pueblo judío, estaba ya anunciada y proclamada por los profetas de Israel desde la época del exilio (Is 58:1-8; 60:3-7;66:18-24 y Miq 4). Para los cristianos gentiles Cristo era el mismo Apolo, y como a tal le rindieron culto. El papa Silvestre I, en el Concilio de Nicea (325 d.C.), ordenó cambiar algunos textos evangélicos para que el cristianismo fuera acepado por los romanos (como la abstinencia de carne y bebidas alcohólicas) por medio de ‘correctores' que acomodaran la doctrina al mundo pagano (Xavier Musquera, El triunfo del paganismo, Espejo de Tinta, 2007). "De este modo algunos, quizás muchos gentiles participarían también de la gloria futura del Israel mesiánico". Esta idea motriz es la que explica toda la labor de Pablo de Tarso, consagrado por entero a la predicación entre los gentiles. Nombre éste , Saulo (después Pablo) de Tarso, absolutamente imprescindible para el conocimiento cabal de la ‘nueva doctrina' que cambiaría el rumbo de la historia. (Continuará).

 

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27 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (125)

 

 

VI

Jesucristo

 

Cuando muere Jesús, nace Jesucristo. Jesús es hijo de su espacio y de su tiempo, Jesucristo es intemporal y universal. Cuando acaba la vida del Jesús de la historia, comienza la del Jesús resucitado, divinizado y adorado por millones de creyentes como la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. "Son sus discípulos quienes, tras su desaparición física, lo convierten en un héroe y en un dios", en palabras de Antonio Piñero. El nombre de Jesús le fue impuesto por sus padres, siguiendo las órdenes de un ángel (Mt 1:21; Lc 1:31). El sobrenombre de Cristo fue usado por los suyos, al ser tratado como el ‘Ungido', el ‘Mesías', el ‘Señor' en las páginas de los Evangelios. A la pregunta de Jesús: "Y vosotros, quién decís que soy yo?" Pedro responde: "Tú eres el Cristo" (Mc 8:27-30). Pero, "Cristo no nació porque Cristo no es el nombre de una persona, sino una dignidad", afirman los autores de Jesús contra Jesús. Cristo es un concepto teológico, primero egipcio y después bíblico, que hace referencia a un líder victorioso, a un Mesías enviado por Yahvéh para la liberación del pueblo judío. Pero la decepción de los discípulos es real y comprensible tras la crucifixión: "Nosotros esperábamos que sería él quien iba a librar a Israel" (Lc 24:21). La victoria no llegaría hasta pasadas cinco o seis generaciones. En el cementerio del Vaticano se conserva el mosaico cristiano más antiguo (mediados del siglo III) que es una representación del Cristo-Sol subido al carro triunfal del ‘Sol invicto', el dios solar asirio, adorado por Caracalla y otros emperadores, ahora cristianizado.

Al percatarse del doloroso mentís de la cruz, sus discípulos, el converso Pablo, y más adelante los evangelistas, se empeñaron en sustituir al Cristo vencido por el Cristo vencedor. Para ello no había más remedio que falsificar la realidad, ‘inventando' otra que diera esperanzas a los desanimados fieles. Como dice Pablo, "Si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación, vacía es también vuestra fe" (1Cor 15:14). La resurrección era, pues, de absoluta necesidad para predicar la nueva religión. En los Hechos de los Apóstoles, el ardiente Pablo porfía con los tesalonicenses tres sábados consecutivos para convencerles de que Jesús es, efectivamente, el Cristo: "es Jesús, a quien yo os anuncio" (Hch 17:3-4). "El lastre del muerto va aligerándose, se desvanece ante el prestigio del Resucitado, se engalana con títulos, se corona de gloria. Y puesto que Cristo ha resucitado, Jesús se retira al arcano de la historia", dicen poéticamente Gérard Mordillat y Jérôme Prieur en Jesús contra Jesús. Una polémica visión de la figura de Cristo a partir de las contradicciones de los evangelios (Algar, 2002). 

El nombre completo de Jesucristo no se encuentra hasta las cartas conocidas de Pablo de Tarso, escritas hacia la mitad del siglo I, que comienzan siempre con una salutación: "Gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo" (1Cor 1:3; 2Cor 1:2; Gál 1:3; 2Tes 1:2). A los Romanos se presenta como "Pablo, esclavo de Jesucristo" (Ro 1:1). A los Gálatas les confiesa la "revelación" que le convirtió en predicador del Evangelio. "pues ni siquiera yo lo recibí ni aprendí de un hombre, sino por revelación de Jesucristo" (Gál 1:11-12). A los Tesalonicenses los saluda con la expresión "La gracia de Nuestro Señor Jesucristo (esté) con vosotros" (1Tes 5:28). Para los Corintios, en fin,  reserva una bendición: "Bendito el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo" (2Cor 1:3), sugiriendo que el Padre y el Hijo son dos personas distintas. Veinte años después, el nombre aparece en el primer versículo del evangelio de Marcos: "Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios" (Mc 1:1). El último evangelista, Juan, finaliza el suyo diciendo: "Estas (cosas) se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre" (Jn 20:31). Juan, aunque escribe medio siglo después de Pablo, relata los hechos y dichos de Jesús, sin mencionar nunca la palabra Jesucristo.

Con este proceso de transformación del Jesús de la historia en el Cristo de la fe, nace la "cristología". Los primeros cristianos dan una vuelta a la historia: el pobre galileo crucificado va a ser, en adelante, el Cristo, el Señor (kiryos), el Hijo de Dios, que no puede morir. "De este pasmoso sofisma, dicen Mordillat y Prieur, nació una verdad eterna". La confirmación comienza con una ‘visión' o ‘alucinación', cuando un presunto ángel dice a las mujeres en el sepulcro: "Jesús el Nazareno, el crucificado; ha resucitado; no está aquí" (Mc 16:6).  Las ideas enfrentadas sobre la divinidad de Jesucristo en esos primeros años quedan magníficamente resumidas por Antonio Piñero, en  Los cristianismos derrotados.¿Cuál fue el pensamiento de los primeros cristianos heréticos y heterodoxos?   (Edaf, 2007). Primera teoría: Era un hombre normal, que Dios Padre  elevó a la gloria y lo sentó a su lado, después de resucitarlo. Así lo manifiesta Pedro en su primer discurso, conservado en los Hechos: "Jesús Nazareno, hombre a quien Dios resucitó..."(Hch 2:22-24). Segunda teoría: Jesús fue un hombre ‘adoptado' por Dios y capacitado para su misión salvadora en el momento de su bautismo (Mc 1:9-11). Tercera teoría: La filiación divina ocurre en el momento mismo de la concepción (Lc 1:30-33). Cuarta teoría: Jesús es Dios antes de ‘encarnarse', vive desde toda la eternidad (Jn 1:1-14), que fue la que, finalmente, venció a las demás teorías sobre su divinidad.

A este respecto, la mención evangélica más explícita sobre la vida eterna la transcribe Juan, (aunque puede ser interpolación posterior; pensemos que ha pasado casi un siglo y nadie asistió a esta conversación entre Jesús y Marta) al responder el Maestro a las dudas de la hermana de Lázaro: "Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás" (Jn 11:25-26). Idea muy acorde con el ideario gnóstico del evangelio de Juan, y que remite a un simbolismo místico de difícil encaje en el realismo de los evangelios sinópticos. El suceso mismo de la resurrección no está recogido en ningún texto del Nuevo Testamento. No hay más constatación que las ‘apariciones' posteriores. No podemos saber, en realidad, siguiendo los evangelios, qué sucedió realmente. El cotejo de los diferentes relatos, por otra parte, no añade más luz, sino que lo oscurece aún más. Las opiniones del erudito profesor Gerd Lüdemann, Director del Instituto de Estudios Cristianos antiguos de la Facultad de Teología en la Universidad de Göttingen, quedan recogidas en su libro más reciente, La resurrección de Jesús. Historia, experiencia, teología (Trotta, 2001). Teorías sorprendentes, que contradicen los textos evangélicos.

Primera: "La marcha de María Magdalena con las otras dos mujeres hasta la tumba de Jesús el día siguiente al sábado difícilmente se puede calificar de histórica. Su fuente es una leyenda surgida tardíamente y encaminada a hacer frente a los ataques de los adversarios, una leyenda que sin una fe ‘cristiana' ya presente de antemano no habría podido existir".  Segunda: "La visita de Pedro a la tumba...es una creación posterior, y por consiguiente, sin valor histórico". Tercera: "De la historia de Emaús como tal no podemos aprender casi nada en absoluto sobre lo históricamente especial de la fe cristiana".  Cuarta: "El saldo histórico es igual a cero". Quinta: "Sobre el momento cronológico de la resurrección no se puede dar históricamente ninguna indicación. El momento cronológico ‘al tercer día' se eligió para cumplir una profecía veterotestamentaria". Sexta: "El rumor sobre el robo del cadáver de Jesús es históricamente cierto, pero no el robo como tal....Los discípulos, debido a su inmensa decepción, no habrían sido capaces de una impostura así". Séptima: "La tradición del soborno de los guardias del sepulcro no se puede tomar históricamente en serio". Octava: "Los relatos de la resurrección...son composiciones tardías que intentan satisfacer la exigencia relativa al ‘cómo' de la resurrección de Jesús. Carecen, por tanto, de todo valor histórico". Novena: "El encuentro entre Jesús resucitado y Tomás no es histórico". 

Según las investigaciones teológicas más recientes, como las del mismo profesor alemán, ya citado, de la resurrección de Jesús sólo se tienen noticias por las apariciones, cuando existe la controversia sobre si el cuerpo era ‘real' o mera ‘apariencia'. Lo que sí parece cierto es que  Magdalena, Pedro y los demás discípulos tuvieron ‘vivencias' de Jesús resucitado. Pero nada tienen que ver con el acontecimiento histórico ‘real'. La posible ‘aparición' de Jesús a Pedro es diferente a la de Pablo, ya que éste no lo conocía previamente, y el primero sí. Los sucesos de Pentecostés y la ‘aparición' a ‘más de quinientos' (1Cor 15:6) como fenómeno histórico se puede justificar como un éxtasis colectivo que tuvo lugar en la época primitiva de la comunidad, tal como ha sucedido después en tantas ocasiones, en especial en las ‘apariciones marianas'. Desde el punto de vista de la psicología de masas, los desencadenantes de dicho éxtasis pudieron ser diferentes personas o una sola. Lüdemann habla de una "embriaguez religiosa" que origina las visiones, pero sin intervención divina, sino como expresión exaltada de un proceso psíquico. En consecuencia, "una perspectiva de cosmovisión moderna consecuente debe decir adiós a la resurrección de Jesús como acontecimiento histórico".

Psicológicamente, sin embargo, "Pedro experimentó ‘en una visión' a Jesús vivo, y este acontecimiento condujo a una reacción en cadena sin igual....El círculo de los doce, fundado por Jesús durante su vida, se vio arrastrado por Pedro y ‘vio' igualmente a Jesús...Hoy en día ya no  podemos tomar literalmente las afirmaciones sobre la resurrección de Jesús...No fue un hecho histórico, sino un juicio de fe. Digámoslo, por tanto, de forma totalmente concreta: la tumba de Jesús no estaba vacía sino llena, y su cadáver no se esfumó, sino que se descompuso...Con la revolución de la cosmovisión de las ciencias de la naturaleza, las afirmaciones de la resurrección de Jesús han perdido definitivamente su sentido literal". Afirmaciones taxativas del profesor Gerd Lüdemann que, dejando en mal lugar las del apóstol Pablo ("Si Jesús no ha resucitado, vana es vuestra fe") promueve un nuevo sentido cristiano de entender el dogma, "una liberación que lleva en sí la semilla de lo nuevo". Es una teoría similar a la expuesta por el obispo episcopaliano de Nueva Yersey John Shelby Spong en su obra La Resurrección ¿mito o realidad? (Martínez Roca, 1996). Fue el evangelista Lucas quien "transformó radicalmente el relato de la tumba", ‘inventando', además, el episodio que sólo él relata, de la  ascensión de Jesús, necesario para completar la victoria de Jesucristo. (Continuará).

 

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26 Octubre 2009

OJOS QUE NO VEN (124)

 

Jesús el Nazareno (10)

Aunque se pudiera hallar alguna evidencia arqueológica sobre los restos de Jesús, queda en pie el ‘enigma' de la Magdalena. ¿Por qué esa saturación de imágenes de la santa en la iglesia de Rennes-le-Chateau? ¿Por qué los nombres de "Betania" y "Torre Magdala"? Son varias las leyendas medievales sobre la suerte que corrió María Magdalena después de la desaparición terrena de Jesús. La más antigua la sitúa en Éfeso (Turquía) en compañía de María, la madre de Jesús, que, para la Iglesia católica desde hace bien poco, ‘subió' en cuerpo y alma a los cielos, por privilegio de su Todopoderoso Hijo. La supuesta tumba de la Magdalena fue muy venerada en Éfeso a partir del siglo VI. El Patriarca de Jerusalén, Modesto, que murió en el año 634, afirma que allí estuvo y murió martirizada. Otra leyenda la muestra en desacuerdo con los apóstoles, quienes la abandonaron en una barca sin vela ni remos, condenada a morir ahogada, por ‘gnóstica' y ‘feminista'. Un milagro la salva y la hace desembarcar cerca de Marsella, al sur de la Galia romana, donde no sólo fue bien acogida sino que consiguió la santificación haciendo penitencia, como la suelen pintar casi todos los artistas, porque el arrepentimiento es básico en la moral de los cristianos.

Francia es el país que más reliquias conserva de María Magdalena, y donde se conserva su (pretendida) cabeza, que todos los años sacan en procesión en el pueblo marítimo de Les Santes Maries de la Mer, por suponer que fue allí donde desembarcó la santa, acompañada por Maxime, futuro obispo de Aix-en-Provence y por su hija  Sara, la Kali (negra) hoy patrona de los gitanos, nacida en Alejandría, según san Gregorio de Tours, obispo de Vézelay en el siglo VI, en su obra De miraculis. Del padre de Sara no dice ni palabra. Lo cierto es que también en la capilla románica de la catedral de Vézelay se veneran los últimos restos (según dicen) de María Magdalena. Pero no hay que asombrarse. Las reliquias de los santos se multiplicaban en la Edad Media y eran motivo de rivalidades, más que supersticiosas, ingenuas y absurdas. Casi todas en Francia, donde el culto a la discípula amada de Jesús se evidencia en los iglesias puestas bajo su advocación, durante el siglo XI, en Verdún (1004), Bayeux (1027), Bellevault (1034), Le Mans (1040), Reims (1043) y Besançon (1049). Son bellísimas las vidrieras de la románica catedral de Chartres (siglo XII), una de las cuales refleja la leyenda del desembarco de la santa en Provence, su muerte y entierro presididos por el obispo Maximin.

En el siglo XIII eran cinco las tumbas que se disputaban los restos de la Magdalena, a los que hay que añadir los innumerables trozos pequeños de ‘dudosa' procedencia. Pero en Roma también se venera, en San Juan de Letrán, el (supuesto) cuerpo descabezado de la santa. Un dedo se exhibe en la catedral de Exeter (Gran Bretaña) y un mechón de su cabello en la catedral española de Oviedo (Juan Arias,  La Magdalena. El ültimo tabú del cristianismo, Aguilar, 2005). No sería posible un culto tan extendido si no hubiera tenido una ‘especial' relación con Jesús de Nazaret. ¿Prostituta, como dijo de ella el papa Gregorio Magno en el siglo VI? ¿Virgen y mártir? ¿Esposa o amante de Jesús? ¿Quizás La novia olvidada (Zenit, 2007) como sugiere Margaret Starbird? Hay tantas apuestas que no sería sensato inclinarse por una, aunque persiste la tradición de ser la madre de una hija de Jesús, cabeza del linaje merovingio de Francia, descabellada tradición cuya llama se mantiene viva a través de los siglos. Su descendencia sería, según J.L. Gutiérrez, El legado de María Magdalena (2005).

El ‘secreto', sin embargo, aún no ha sido desvelado, aunque los investigadores se van acercando cada vez más, dando una explicación coherente a la insólita devoción de Francia por la Magdalena, especialmente en el sureño Languedoc. Hace escasos meses, el investigador británico Ben Hammot y el director de cine Bruce Burgess, dieron a conocer  un revelador documental, con el título de Bloodline ("Línea de sangre"), en el que exponían los sensacionales hallazgos realizados en una gruta de Rennes-le-Chateau. Provistos de una cámara fotográfica adecuada hicieron fotos del contenido de esa cavidad: una gran cruz de madera, un saco con una estrella de David, pergaminos, cofres y cajas que contenían cálices y monedas, además de una tumba con restos de una mujer. Para Hammot, se trata de una cavidad usada por los templarios como escondite, antes de ser arrestados en 1307. En otro escondrijo (en el ‘Sillón del Diablo', en Rennes-le-Bains) se encontraron cuatro botellas verdes, en cuyo interior había varios documentos del siglo XIX, escritos por el propio abad Saunière, según confirmaron los análisis grafológicos pertinentes.

En otra oquedad, cercana al Château de Blanchefort, un baúl, datado en el siglo XV por la Universidad de Oxford, con una redoma de vidrio en cuyo interior se halló la más sorprendente confesión del abad: "La resurrección de Jesús es una broma; fue María Magdalena la que sacó su cuerpo de la tumba. Sus discípulos lo encubrieron con la mentira. Más tarde, el cuerpo de Jesús fue hallado por los templarios y escondido por tres veces. La tumba está aquí. Algunas partes de su cuerpo están a salvo...Los enemigos no son los herejes, sino la Iglesia de Roma. He abandonado mi falsa iglesia, he renunciado. He hecho lo que he hecho para preservar el secreto. En el futuro tal vez llegue el momento de revelarlo". Nada pongo ni quito de mi cosecha. Como lo leí lo transcribo. Estoy a la espera de la última ‘revelación'. La que cambiaría de un solo golpe la historia de la cristiandad. ¿Está aquí la tumba de la ‘familia sagrada', Jesús, Magdalena y Sara?

Porque la importancia es extrema si nos referimos a Jesús de Nazaret, a su relación sexual con la Magdalena y a su desconocida hija. No sólo para la religión cristiana, sino también para la historia política francesa. Prescindiendo de la fe en la resurrección, Jesús pudo haber muerto en Jerusalén, en el Extremo Oriente, en Egipto o en cualquier otro lugar, hasta hoy no localizado. Pudo haber acompañado a la Magdalena en su periplo por el Mediterráneo, con sus cenizas en una urna, o bien fallecer de muerte natural en Francia.  En cualquier caso, Magdalena, según la leyenda, llegó embarazada a las costas de Marsella, llevando en sus entrañas el ‘fruto' de Jesús de Nazaret, una niña que, según la tradición, llegó a emparentar con la dinastía francesa de los merovingios. Su vientre sería, pues,  el "Santo Grial", la "Sang- Real" que estaría destinada a ocupar el trono de Francia. Esta es la inverosímil tesis de la novela, y posterior película, de Dan Brown, El código da Vinci, que tanto ha dado que hablar en estos últimos años.

Aquí queda recogida porque es una salida más, sin duda, al secreto de la tumba y de la supuesta descendencia de Jesús. Que sería, por tanto, para Brown, el auténtico ‘secreto' de los Templarios, constructores de la mayoría de las basílicas dedicadas a la Magdalena, que después conservarían como propio algunas sociedades secretas, como la masonería o el Priorato de Sión. Por ello, afirman Picknett y Prince, "la clandestinidad herética del sur de Francia era y es, primordialmente, un culto a la Magdalena, que no a Jesús" (La revelación de los templarios, Martínez Roca, 1998). Para esta pareja de investigadores, la extrañeza del visitante de Rennes-le-Chateau se esfuma en cuanto comprendamos que Juan el Bautista era el "santo patrono tanto de los caballeros templarios como de los francmasones" y que "lejos de ser una obsesión personal, la devoción especial de Saunière por la Magdalena se revela efectivamente como parte de la Gran Herejía Europea".

Esta herejía enlazaría los nombres del Bautista y de la Magdalena: el primero como el principio, bautizando a Jesús, y la segunda, ungiéndolo con el aroma de nardo ("Alfa y Omega" del gnosticismo). Según este libro, Jesús vivió y aprendió en Egipto las artes de la magia, como veremos, y la Magdalena era "una sacerdotisa de Isis, que fue compañera sexual de Jesús". Lo predicado por Jesús no sería sino una reedición de la mitología egipcia. Los primeros caballeros templarios procedían todos del Languedoc francés, eran devotos de la Magdalena, y postularon por Europa el culto a Juan Bautista. El hallazgo del abad Saunière no haría sino confirmar que Rennes-le-Château era el centro de la ‘nueva espiritualidad' europea, contraria a la doctrina cristiana.  La imaginación trabaja, pero es la ciencia la que tiene la última palabra, si fuese posible llegar a ella. (Continuará).

 

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